El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 74: Los días que pesan

La semana tuvo la textura del tiempo que no avanza.

Eso fue lo primero que Valeria aprendió sobre esperar una sentencia. Que los días no pasan. Se acumulan. Uno encima del otro, sin resolverse.

Elena Cortés llamaba cada tarde a las seis.

Puntual. Siempre a las seis. Con la misma voz de quien ha aprendido que la información dosificada es mejor que el silencio y que el silencio es mejor que las falsas promesas.

El primer día dijo: la prueba de paternidad está procesándose. El juez ha recibido los documentos. Mañana hay audiencia preliminar.

El segundo día dijo: la audiencia fue bien. El abogado de Vargas presentó la solicitud de retorno bajo el Convenio de La Haya. El juez la recibió pero no la admitió de forma automática. Hay elementos que considerar antes. La carta de su abuela fue aceptada como prueba documental.

El tercer día dijo: Sofía Rentería declaró por videoconferencia desde México. Declaró bien. Fue directa. No se dejó intimidar por el abogado contrario.

Valeria escuchó esa última parte parada en la cocina de Remedios con el teléfono en la mano y el fuego bajo la cazuela haciendo su trabajo en silencio.

—¿Sofía declaró?

—Esta mañana. —Una pausa breve—. Dijo que presenció una situación de control y coerción en el domicilio conyugal. Describió el tono del señor Vargas. Cómo la separó a usted de sus amistades. Fue específica. Eso vale.

Valeria no respondió de inmediato.

Sofía. Que la había visto con los ojos de quien ya había salido de lo mismo y sabía exactamente lo que buscaba.

—Dígale que gracias —dijo Valeria.

—Ella ya sabe —dijo Elena. Y cortó porque tenía otra llamada.

Nicolás había empezado a trabajar el lunes.

El taller estaba en la calle de San Roque. Treinta metros de largo, olor a aceite y a piedra fría, un mecánico mayor llamado Aurelio que llevaba cuarenta años en ese local y que cuando Remedios lo llamó por teléfono el domingo por la noche no hizo ninguna pregunta.

—Si Remedios lo manda, llega mañana a las ocho —fue todo lo que dijo.

Nicolás llegó a las siete y cuarenta y cinco.

Aurelio lo miró. Miró sus manos. Las manos de Nicolás decían más que cualquier currículum. Tenían la historia entera escrita en las grietas del aceite que no terminaba de salir aunque se lavara.

—Motor de un Seat de 2008. —Aurelio señaló hacia el fondo—. Empieza por ahí.

Nicolás empezó por ahí.

No hablaron mucho esa primera mañana. No hacía falta. El trabajo tenía su propio idioma y Aurelio era del tipo de hombre que respeta a quien sabe escucharlo.

A las dos, Aurelio calentó café en un hornillo eléctrico y le pasó una taza sin preguntar si quería.

—Remedios dice que eres mexicano.

—Sí.

—¿Y qué haces aquí?

Pausa corta.

—Resolver un asunto.

Aurelio bebió su café.

—Bien —dijo. Y no preguntó más.

La pensión estaba en la calle del Humilladero. Ciento cincuenta euros la semana. Una cama, una ventana con vista a una pared de piedra, un baño compartido con otros dos huéspedes que Nicolás no vio en toda la semana porque salían temprano y volvían tarde. La señora que la llevaba se llamaba Pilar y tenía la costumbre de dejar el calefactor del pasillo encendido por las noches aunque nadie se lo había pedido.

Era suficiente.

Era exactamente suficiente.

Nicolás llevaba semanas durmiendo en colchones prestados. Un colchón propio, aunque fuera pequeño y en una habitación sin ventilación, era una forma de territorio. Algo que sólo era suyo.

Desde el Parador, Diego los veía.

No todo el tiempo. No con prismáticos ni con el detective, que seguía enviando informes pero ya no tenía nada nuevo que decir porque en un pueblo de cuatro mil habitantes los movimientos de tres personas extranjeras eran visibles para cualquiera que quisiera mirar.

Diego miraba.

Desde la ventana de la habitación por las mañanas. Desde la mesa del restaurante del Parador donde tomaba el desayuno con vista a los tejados. Desde el banco de la Alameda donde se sentaba a las cinco de la tarde, que era la hora en que el pueblo volvía a la vida después del silencio de mediodía.

No se acercaba.

La orden judicial era clara. Distancia mínima de cien metros del menor. Del señor Reyes también, por la cuestión del contacto físico en la plaza. Valeria podía verlo si quería pero no tenía ningún motivo para querer.

Diego cumplía la orden.

Pero la cumplía desde los bordes.

Desde el exacto límite donde la ley dejaba de ser ley y empezaba a ser simplemente presencia. La presencia de alguien que espera. Que no tiene prisa. Que sabe que el tiempo trabaja para quien sabe usarlo.

Un mediodía Valeria lo vio desde la ventana de la panadería donde había entrado con Luca a comprar un bollo.

Estaba al otro lado de la plaza.

Parado. Abrigo gris. Las manos en los bolsillos.

No miraba hacia la panadería. O miraba hacia otro lado con esa habilidad suya de mirar sin mirar.

Valeria pagó el bollo. Tomó a Luca de la mano. Salió por la puerta de atrás que daba a la calle de la Travesaña.

Luca no preguntó por qué salían por ahí.

El jueves por la tarde, Elena Cortés llegó en persona.

Valeria la esperaba sentada en la mesa de la cocina de Remedios con las manos alrededor de una taza que ya no humeaba. Remedios había llevado a Luca al mercado. La casa estaba quieta con ese silencio de las cuatro de la tarde que en Sigüenza era absoluto.

Elena entró con la carpeta. Se sentó. La abrió.

—Los resultados de la prueba de paternidad llegaron esta mañana. —Directa. Sin preámbulos. Como siempre—. El señor Reyes es el padre biológico del menor con un noventa y nueve coma nueve por ciento de certeza.

Valeria ya lo sabía.

Lo había sabido desde el principio. Desde su primer síntoma de embarazo. Desde que Nicolás fue su primer y único amor. Desde el día que Luca nació y tuvo los hoyuelos. Desde la primera vez que Nicolás se agachó a su nivel en Guanajuato y el niño lo miró con los ojos que eran exactamente los suyos.




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