Remedios le dijo que no se preocupara.
Lo dijo así, sencillo, sin preguntar a dónde iba ni a qué hora volvía. Sólo levantó la vista de la labor que tenía entre las manos, dijo que Luca estaba dormido y que ella se quedaría despierta, que Valeria podía irse tranquila.
Era la una de la mañana.
Valeria se puso el abrigo en el pasillo. Se tocó las orejas. Los aretes estaban ahí. Siempre estaban ahí. Salió sin hacer ruido.
El frío de Sigüenza en diciembre a la una de la mañana era otra categoría. No el frío de las tardes cuando todavía había luz y el pueblo tenía gente. Este era el frío de las piedras que llevan siglos enfriándose y que a esa hora ya llegaron a su temperatura más baja y no están dispuestas a ceder ni un grado.
Valeria lo sintió entrar por el cuello del abrigo y no se molestó en abrocharlo más.
Caminó rápido.
Elena la había llamado a las diez de la noche. Fuera de su horario habitual de las seis. Eso sólo ya decía algo. Atendió sin esperar el segundo timbre.
—Valeria. —La voz era la misma de siempre, directa, sin rodeos. Pero había algo debajo. El color de quien acaba de saber algo que no debería saber todavía y que no puede guardarse—. Mañana el juez va a fallar a favor del señor Reyes.
Silencio.
—¿Cómo lo sabe?
—No me pregunte cómo lo sé. —Una pausa brevísima—. Mañana a las once es oficial. Pero quería que usted durmiera esta noche.
—¿Nicolás sabe?
—Hablaré con él ahora. Quería que usted lo supiera primero.
Colgó.
Valeria procesó eso.
Se quedó parada en el centro de la cocina de Remedios con el teléfono en la mano y el fuego casi apagado. Era la resolución. No la esperanza de que saliera bien. La resolución misma, anticipada doce horas, en la voz de una mujer que no mentía y que había llamado fuera de horario porque sabía que algunas noticias no pueden esperar a la mañana.
Cuatro años. Un papel con sello de juzgado español que mañana a las once diría lo que la sangre ya sabía desde antes de que Luca abriera los ojos por primera vez.
Intentó quedarse quieta. Intentó irse a dormir.
No pudo.
La pensión de la calle del Humilladero tenía la ventana de la habitación de Nicolás dando a la calleja de atrás. Valeria lo sabía porque se lo había dicho Remedios sin que ella preguntara, con esa forma de darle a la gente exactamente lo que necesita antes de que lo pida.
La ventana estaba con luz.
Valeria se detuvo al fondo. Levantó la vista. La luz filtrada por una cortina fina. La sombra de alguien moviéndose dentro.
Despierto. Claro que estaba despierto. La noche antes de la vista.
Esperó.
No tardó.
La cortina se corrió. La ventana se abrió. Nicolás la miró desde arriba durante un segundo antes de bajar.
Salió por la puerta lateral de la pensión que daba a la misma calle. Abrigo sin abrochar, como si hubiera salido con prisa. Las manos visibles. Sin guantes.
Se paró frente a ella.
No dijo nada.
Valeria tampoco.
Eso era lo que había entre ellos ahora, después de semanas en el mismo pueblo sin poder estar cerca. Un silencio que no era ausencia sino todo lo contrario. El silencio de demasiadas cosas juntas buscando el orden en que salir.
—Elena me llamó —dijo Valeria.
—A mí también. —Pausa—. Hace diez minutos.
Valeria lo miró.
—¿Y?
—Y mañana es mañana. —Nicolás se apoyó en la pared de piedra. El frío no parecía afectarle de la misma manera que a ella—. Todavía puede pasar cualquier cosa.
—Nicolás.
—Lo sé. —Lo dijo diferente esa vez. Sin el escudo—. Lo sé.
La calleja estaba vacía. Una farola en la esquina. La piedra arenisca de las paredes volviendo ese amarillo particular que tenía Sigüenza de noche, ese color que no era cálido pero tampoco era frío, solo antiguo.
Valeria se acercó un paso.
—No puedo dormir.
—Yo tampoco.
—¿Piensas en él?
—Todo el tiempo. —Una pausa—. ¿Cómo estaba?
—Dormido cuando me fui. Abrazado al camión. —La voz le salió más blanda en esa parte—. Preguntó por ti antes de dormir.
Algo pasó por la cara de Nicolás. Ese movimiento involuntario que él nunca terminaba de controlar del todo.
—¿Qué preguntó?
—Si ibas a venir mañana.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí.
El frío seguía ahí. Los dos lo ignoraban de la misma manera. El aliento formando nubes pequeñas entre ellos cada vez que hablaban, condensándose en el espacio que los separaba.
Valeria lo miraba.
Cuatro años de haberlo mirado en sueños y ahora ahí, real, con la cicatriz en la ceja izquierda y las manos que no terminaban de estarse quietas aunque intentara que lo estuvieran y ese olor que había descrito sin querer en la cocina de Remedios una noche que creía que Luca no escuchaba.
Aceite. Jabón. Las dos cosas juntas.
—Nicolás.
—No. —Su voz salió ronca—. No digas lo que ibas a decir.
—No sé lo que iba a decir.
—Sí sabes.
Tenía razón.
Valeria lo sabía. Lo había sabido desde que salió de la casa de Remedios sin poder quedarse quieta. Desde que vio la ventana con luz. Desde antes, incluso. Desde que llegó a este pueblo de piedra fría siguiendo las instrucciones de una carta escrita con la V al revés.
Dio el último paso.
Nicolás no retrocedió.
Estaban tan cerca que Valeria podía sentir el calor que venía de él a pesar del frío. Ese calor que era específicamente de él, ese que no se había ido en cuatro años ni en tres mil kilómetros ni en ninguna de las distancias que habían construido entre los dos.
Le puso la mano en el pecho.
Sintió su corazón latir antes de que él dijera nada.
—Nos pueden ver…—murmuró él.
—Lo sé.
—Si Diego nos ve… puede presentar algo al juzgado antes del fallo que lo complique todo. Puede no cambiar el fallo, pero puede demorarlo.
—Lo sé.
—Valeria.
—Lo sé, Nicolás.
—¿Y?
Valeria no respondió de inmediato.
#4626 en Novela romántica
#1303 en Novela contemporánea
embarazo no planeado, segundas oportunidades para amar, matrimonio arreglado celos y tóxico
Editado: 24.04.2026