El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 78: La decisión

Nicolás miraba por la ventana que daba a la calleja de atrás de su habitación en la pensión de la calle del Humilladero. Las once de la noche. El frío de afuera filtrándose por el marco de madera vieja que nunca había terminado de ajustar bien. La lámpara del buró encendida. El overol doblado en la silla.

Le había dicho que sí a Luca.

¿Te vas a quedar?

Sí.

Tres letras que salieron antes de que pudiera pesarlas. Que sonaron a verdad porque en ese momento lo eran. Y que ahora, en el silencio de esta habitación de ciento cincuenta euros la semana, pesaban diferente.

Sacó el teléfono. Abrió el contacto de su madre.

No marcó.

Guardó el teléfono.

Se quedó mirando el techo con esa mancha de humedad en la esquina que le recordaba al techo de su cuarto en Guanajuato. No era la misma mancha. Pero tenía la misma forma de estar ahí. De llevar años siendo parte del lugar sin que nadie hiciera nada al respecto.

El taller de Aurelio era trabajo. Trabajo real, no el favor que le hacen a alguien porque Remedios lo manda. Aurelio ya le había dicho que si quería seguir en enero, la plaza era suya. Lo había dicho así, de lado, mientras calibraba algo, sin mirarlo. La forma en que Aurelio decía las cosas importantes.

Guanajuato tenía el taller.

Reconstruido. Lo suficiente. El Beto haciéndose cargo, que no era lo mismo que hacerse cargo bien, pero era lo que había.

Guanajuato tenía a su madre.

Eso era lo que pesaba más. Doña Rosa con su cuarto de la panadería y sus madrugadas y los nudillos que empezaban a ponerse gruesos. Que le había dado veintisiete mil pesos sin preguntarle si valía la pena porque ella ya lo había calculado antes que él.

Eso no se devolvía yéndose.

Se levantó.

Puso el abrigo. Salió.

La puerta de la calle de la Travesaña chirrió cuando Valeria abrió.

Lo vio en el umbral con el abrigo sin abrochar y esa expresión que ya reconocía. No era la cara de las crisis. Era la cara de antes de las crisis. Cuando algo estaba siendo decidido y todavía no había terminado de decidirse.

—¿Luca? —preguntó él.

—Dormido.

—¿Remedios?

—También.

Nicolás entró. Valeria cerró la puerta. No hicieron ruido.

Se sentaron en la cocina. El fuego bajo. La taza que ella siempre tenía puesta aunque no siempre tomara. Afuera, Sigüenza dormía con ese silencio de siglos que no distinguía entre martes y diciembre.

Nicolás puso las manos sobre la mesa.

Las miró.

Valeria esperó.

—Beto me mandó fotos del taller. —La voz le salió baja, como si no quisiera que las palabras ocuparan demasiado espacio—. Dejó la puerta norte sin sellar. Entró humedad.

—¿Cuánto daño?

—Manejable. Si llego antes de primavera.

Valeria no respondió.

Nicolás levantó la vista.

—No te estoy diciendo que me voy mañana.

—Ya sé.

—Te estoy diciendo que el taller existe y que si no lo cuido yo no lo cuida nadie.

—Ya sé eso también.

Silencio.

El fuego hizo su ruido pequeño. Afuera el viento movía algo, una persiana, un árbol. Sigüenza sonaba igual a la una de la mañana que a las cinco de la tarde. Esa era una de las cosas que Valeria había aprendido de este pueblo: que el tiempo aquí no tenía prisa por demostrarlo.

—¿Tú quieres volver? —preguntó Nicolás.

La pregunta llegó directa.

Valeria la sostuvo un segundo antes de responder.

—No.

—¿Nunca más?

—No lo sé. —Pausa—. A Guanajuato, no. A México, no sé. Ahora no.

Nicolás asintió. Sin insistir.

Eso era algo que Valeria todavía estaba aprendiendo a reconocer en él. Que cuando ella decía no, Nicolás lo dejaba estar. Que no construía argumentos encima. Que no le explicaba por qué debería sentirse diferente.

Diego siempre había tenido una respuesta para sus respuestas.

Nicolás tenía silencio. Y el silencio de Nicolás no era vacío.

—Aurelio me ofreció seguir en enero —dijo él.

Valeria miró la taza.

—¿Qué le dijiste?

—Que tenía que pensarlo.

—¿Y?

Nicolás se pasó la mano por la nuca. Ese gesto suyo de cuando el problema era más grande de lo que cabía en una respuesta corta.

—Que Beto no puede solo. Que el taller sin alguien encima se muere en seis meses. Que mi madre tiene setenta años y que aunque diga que está bien yo sé cómo está cuando no me ve. —Una pausa—. Y que Luca me preguntó si me quedo.

—Nicolás.

—Y yo le dije que sí.

Ahí estaba.

Valeria lo miró.

Él la miraba a ella. Sin la máscara del hombre que tiene todo resuelto. Con la cara real. La del hombre que lleva semanas en un país que no es el suyo, en un trabajo que no es el suyo, en una habitación de ciento cincuenta euros la semana, con el overol de otro mecánico y el dinero de su madre gastándose en tiempo prestado.

Que le había dicho que sí a un niño de cuatro años porque era lo único que podía decirle.

—¿Qué quieres tú? —preguntó Valeria.

Nicolás no respondió de inmediato.

Eso también lo conocía. Que Nicolás tardaba en nombrar lo que quería porque había pasado demasiados años pensando que querer no era argumento suficiente.

—Quiero que Luca sepa quién soy. —Despacio. Eligiendo—. No en un papel. En la cara. Que cuando vea una llave, piense en mí. Que cuando algo se rompa, sepa que se puede arreglar. —Otra pausa—. Quiero estar cuando eso pase.

Valeria no dijo nada.

—Y no puedo hacer eso desde Guanajuato. —Las palabras le costaron. Se notaba en cómo las soltaba, una por una, como si cada una tuviera peso propio—. Aunque el taller se muera. Aunque Beto la cague con la puerta norte. Aunque mi madre se quede sola.

El fuego.

La persiana afuera.

El silencio de piedra de Sigüenza que no tomaba partido por nadie.

—El taller lo puedo reconstruir otra vez. —Lo dijo sin drama. Como un hecho—. Ya lo hice una vez desde las cenizas. Puedo hacerlo desde la distancia si tengo que hacerlo.




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