El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 80: Lo que no cabe en una tuerca

Valeria había llegado pensando que el invierno castellano ya había dado todo lo que tenía y resultó que no. Enero llegó con otro grado de intención. Como si diciembre fuera el ensayo y enero el hecho consumado.

Pero la casa de Remedios tenía la chimenea. Y Remedios sabía hacer el fuego de una manera particular, con dos trozos gruesos en la base y uno fino encima, que lo hacía durar hasta la mañana sin que nadie tuviera que levantarse a añadir más.

Luca había aprendido a no tocar la rejilla de la peor manera. No le quemó los dedos, pero el calor fue suficiente para que el cuerpo sacara su propia conclusión antes de que Valeria pudiera decir nada. Desde entonces la miraba desde lejos con ese respeto que tienen los niños cuando han entendido que algo tiene límites reales.

—El taller ya tiene el nombre —dijo Nicolás.

Era sábado. La tarde de sábado, que en Sigüenza era una de las dos horas a la semana en que la gente salía aunque hiciera frío. Estaban en la mesa de la cocina. Remedios había ido a misa de cinco, que era una costumbre suya que no negociaba ni con el clima.

—¿Qué nombre? —preguntó Valeria.

—Taller Reyes. El mismo.

Lo dijo sin adorno. Sin nostalgia visible. Pero Valeria conocía ya la cara que Nicolás ponía cuando algo le costaba más de lo que iba a admitir. Esa línea en la mandíbula. Esa quietud que no era calma sino contención.

Aurelio le había cedido el taller la primera semana de enero. No con papeles todavía. Con el gesto de alguien que entrega las llaves y ya no hace más preguntas. Lo formal vendría después, cuando los plazos lo permitieran. Por ahora era trabajo, era espacio, era el lugar donde Nicolás pasaba al menos ocho horas al día con las manos en lo que sabía hacer.

—¿Y Guanajuato?

—Beto firma el traspaso en febrero. — Una pausa—. Ya está hecho.

Luca entró desde el pasillo. Traía el camión y una pregunta antes de llegar a la cocina.

—¿Puedo ver la tele de Remedios?

—Está en misa.

—¿Y no puedo verla igual?

—Sí puedes. Con el volumen bajo.

Luca fue. El sonido de la tele llegó desde la sala, bajito, exactamente en el límite de lo que Valeria había dicho.

Nicolás miraba las manos de Valeria sobre la mesa, que jugaban con la tuerca que le había dado en lugar de anillo de compromiso.

Lo tomó de sus manos y lo puso sobre la mesa.

—No me puedo casar contigo —dijo.

Valeria no respondió.

—Todavía. —Una pausa—. Mientras Diego siga en ese papel.

—Lo sé.

—Pero me quiero quedar. —Nicolás miró la tuerca. Después la miró a ella—. Y quiero que Luca sepa que me quedo. No mañana. Ahora.

El fuego de la chimenea desde la sala. La voz baja de la tele. El frío de afuera que no entraba porque Remedios había sellado los marcos en noviembre con ese pragmatismo silencioso que tenía para las cosas que necesitaban hacerse.

—¿Qué estás diciendo? —dijo Valeria.

Nicolás empujó la tuerca hacia ella.

—Que no quiero esperar más a tener algo mejor para decirte lo que ya sé.

Valeria miró la tuerca sobre la madera.

Una tuerca del taller. Oscurecida. Funcional. El tipo de cosa que no tiene ningún valor excepto el que le pone el contexto.

La tomó.

No pesaba casi nada.

Valeria lo miró. Esa cara que había pasado seis años aprendiendo de memoria y cuatro años intentando olvidar y que ahora estaba ahí, al otro lado de la mesa, con la cicatriz en la ceja izquierda y las manos que siempre tenían aceite en las grietas y esa quietud suya que no era indiferencia sino todo lo contrario.

—Sí —dijo.

Nicolás asintió.

No sonrió todavía. Lo hizo un segundo después, cuando ya no podía evitarlo, y aparecieron los hoyuelos. Los mismos de Luca. Los mismos que Valeria había visto en dos caras distintas y que ahora entendía que eran la misma.

Se puso la tuerca en el dedo.

No cerraba. Era demasiado grande. Lo sujetó con los dedos.

—Remedios tiene que estar —dijo Nicolás.

—Llega en veinte minutos.

Esperaron.

No en silencio. Con la tele de fondo y Luca preguntando desde la sala si podía subir el volumen un poco y Valeria diciéndole que no y Luca aceptándolo porque era sábado y los sábados tenía más paciencia que el resto de la semana.

Remedios llegó con el abrigo húmedo de neblina y esa expresión de quien viene de misa de cinco en enero y piensa que debería haber más calefacción en la iglesia pero no lo dice porque es lo que hay.

Vio a Valeria en la cocina.

Vio la tuerca en su mano.

Los miró un segundo.

—¿Ya? —dijo.

—Si no te importa —dijo Nicolás.

Remedios se quitó el abrigo. Lo colgó en el perchero. Entró a la cocina.

—¿Y el niño?

Valeria fue a la sala. Luca estaba tumbado en el suelo con el camión, la tele encendida en un programa de animales que seguía con atención moderada.

—Luca. Ven.

—¿Por qué?

—Porque quiero que estés.

Luca consideró eso. Apagó la tele sin que nadie se lo pidiera, que era señal de que la cosa le parecía suficientemente seria. Agarró el camión. Fue.

En la cocina, Remedios había encendido las velas del centro de la mesa. Dos, de las que usaba para los apagones. No las de la iglesia. Pero la luz era la misma.

Los cuatro alrededor de la mesa.

Remedios no dijo nada de protocolo. No era cura ni notaria ni nadie con autoridad de papel. Era la mujer que los había recibido cuando no tenían adónde ir y que había sellado los marcos de las ventanas en noviembre sin que nadie se lo pidiera.

Era suficiente testigo.

—Digan lo que quieran decir —dijo Remedios.

Nicolás miró a Valeria.

—Me quedo —dijo.

Sencillo. Sin elaborar. Esa era su manera.

Valeria sostuvo la tuerca entre los dedos.

—Yo también —dijo.

Luca los miraba.

Esa maquinaria interna. Esos ojos oscuros que no perdían nada.

—¿Se casan? —preguntó.

—Algo así —dijo Valeria.




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