—¡Dael, date prisa! Pronto llegará el imbécil de mi esposo y no quiero que me encuentre en esta situación —decía Dahia desde el interior de la habitación matrimonial.
Ethan se encontraba justo afuera de la puerta. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que los nudillos se le pusieron blancos. Ese día había llegado a casa con una decisión tomada: contarle toda la verdad. Revelarle que no era el hombre humilde y de ingresos modestos que ella creía, sino el heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad. Quería llenarla de lujos, de comodidades, de todo lo que se merecía… o eso había pensado hasta hacía unos minutos.
Ahora, escuchando las palabras de su esposa y las risas cómplices de su amante, sentía cómo algo dentro de él se rompía de forma irreversible.
—¿Qué importa si llega ese don nadie? —respondió Dael con desprecio—. ¿Acaso es capaz de meterse conmigo y con mi familia? Más bien le tocará arrastrarse como el perro que es.
Ethan soltó una risa baja, amarga, casi inaudible. Sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros. Sin pensarlo dos veces, sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de su abogado de confianza y amigo.
—Niko, redacta el acuerdo de divorcio. Quiero que esté listo para firmar esta misma tarde —ordenó con una voz fría que no admitía réplica.
Guardó el teléfono y, sin más preámbulos, pateó la puerta con toda su fuerza. La madera crujió y se abrió de golpe.
Dahia y Dael se quedaron paralizados. Ella, semidesnuda sobre la cama revuelta; él, todavía con la camisa desabotonada y la chaqueta en la mano.
—Dahia… —¿Por qué me haces esto? —preguntó Ethan. Su voz temblaba, pero no de miedo ni de debilidad, sino de una furia contenida que amenazaba con desbordarse.
Al principio, un destello de pánico cruzó los ojos de Dahia. Pero rápidamente lo reemplazó una sonrisa burlona.
—¿Sabes quién es él? —dijo señalando a Dael—. ¡Dael Jones! El hijo de la familia Jones. Hemos estado juntos en secreto durante mucho tiempo. Si no fuera porque mi abuelo se empeñó en que no nos divorciáramos, te habría echado de esta casa hace meses.
Ethan sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, pero mantuvo la expresión impasible.
—Estoy cansada de esta vida de miseria que me das, Ethan —continuó ella, con asco en cada sílaba—. No te puedes comparar ni una cuarta parte con Dael. Su familia tiene dinero, prestigio y poder. Me ha dado más en estos meses que tú en dos patéticos años de matrimonio.
Dael terminó de abotonarse la camisa con parsimonia, como si no le importara en lo absoluto el hombre que estaba frente a él. Tomó su chaqueta y, delante de Ethan, se inclinó para darle un beso posesivo a Dahia. Luego sacó una tarjeta platino de su billetera y se la entregó.
—Es mejor que te divorcies de él lo antes posible si quieres seguir conmigo —le dijo a Dahia—. No pienso ser el segundo plato por mucho tiempo.
Le lanzó una mirada desafiante a Ethan y salió de la habitación sin prisa, como si acabara de ganar una partida que ni siquiera había sido disputada.
Ethan lo dejó pasar. No valía la pena ensuciarse las manos con alguien como él.
—¿Entonces, Dahia, esto es todo lo que significó para ti nuestro matrimonio? —preguntó con una calma peligrosa—. Está bien. No te preocupes. En la tarde enviaré los documentos de divorcio. Espero que no te arrepientas de la decisión que estás tomando.
—¿Arrepentirme? —rio ella con sorna—. No habrá nada de qué arrepentirme, más que de haber perdido dos años de mi vida contigo. Espero que cuando nos Volvamos a ver; no me dirijas la palabra. Nunca vas a estar a mi nivel ni al de los Jones. Pronto seré la señora Jones y dejaré esta pocilga atrás para siempre.
Ethan le sostuvo la mirada un segundo más. Vio en sus ojos el brillo codicioso, la satisfacción cruel. No había ni un ápice de remordimiento.
Sin decir una palabra más, dio media vuelta y salió de la habitación. Bajó las escaleras con paso firme, cruzó la sala y abrió la puerta principal. Afuera lo esperaba su auto viejo y destartalado —el que usaba precisamente para no levantar sospechas ante Dahia—. Subió, cerró la puerta y pisó el acelerador con fuerza.
Mientras conducía hacia su oficina, los pensamientos comenzaron a aclararse en su mente. No sentía la decepción abrumadora que había esperado. Había querido a Dahia, sí. Pero nunca había llegado a amarla profundamente. Siempre lo trató con desprecio, con impaciencia, con desdén. Ahora entendía el porqué.
Lo que no lograba comprender era por qué se había casado con él en primer lugar.
Pero recordando atras, la súplica y complicidad del viejo señor Jaker, había comprendido porque lo hizo. El viejo había pensado que con el pasar de los años su nieta podría cambiar su forma de ser y de ver la vida. Qué equivocado estaba.
De una cosa estaba completamente seguro: Dahia pagaría por esta humillación. Pronto toda la ciudad conocería al verdadero Ethan Smith, el heredero que había decidido ocultar su identidad para encontrar amor genuino… y había encontrado traición en su lugar.
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Editado: 31.01.2026