Ethan condujo a toda velocidad por las calles de la ciudad, con el viejo auto rugiendo como si compartiera su furia. El tráfico parecía abrirse a su paso, o tal vez era solo la adrenalina que lo hacía sentir invencible. Cada semáforo en rojo le parecía una eternidad; cada bocinazo de los demás conductores, una burla más a su orgullo herido.
No sentía por Dahia más que repulsión y asco.
Al llegar a la torre corporativa de los Smith —un edificio imponente de vidrio y acero que dominaba el perfil de la ciudad—, estacionó en el sótano privado reservado solo para él. Subió en el ascensor exclusivo, ignorando las miradas curiosas de los empleados que aún quedaban en el piso ejecutivo. Entró a su oficina dando un portazo tan fuerte que los cuadros de la pared temblaron.
Su secretaria, una mujer menuda de unos cincuenta años llamada Clara, que ya se preparaba para salir, se sobresaltó y dejó caer el bolso.
—Señor Smith… —¿Se le ofrece algo antes de que me retire? —preguntó con voz temblorosa al ver la tormenta en sus ojos.
Ethan respiró hondo, obligándose a calmarse. No era justo descargar su rabia en ella. No en esa pobre mujer.
—No pasa nada, Clara. Puede irse. Buenas noches —dijo con tono más suave de lo que sentía.
La mujer asintió rápidamente, tomó sus cosas y salió casi corriendo. No quería ser el blanco de lo que fuera que estuviera consumiendo a su jefe.
Ethan se dejó caer en el sillón de cuero detrás del escritorio, se aflojó la corbata y se pasó las manos por el cabello. Cerró los ojos un momento, intentando ordenar el caos en su mente. La imagen de Dahia riendo en brazos de Dael se repetía una y otra vez, como un bucle cruel.
Pasó casi una hora en silencio, mirando por el ventanal la ciudad iluminada. Las luces de los edificios le recordaban que, aunque había fingido ser pobre durante años, su verdadero mundo seguía ahí afuera, esperándolo.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo sin entusiasmo.
Entró Nikolay Nokavo, su abogado, amigo de la infancia y uno de los pocos que conocía toda la verdad sobre su identidad. Alto, de complexión fuerte, con el cabello corto y una sonrisa que siempre parecía saber más de lo que decía.
—Llegó por quien llorabas, mi rico bombón blanco —bromeó Niko al cerrar la puerta.
Ethan soltó una risa cansada. Esa forma de tratarlo era un ritual entre ellos desde los tiempos de universidad.
—Gracias por venir tan rápido —dijo Ethan, señalando la silla frente al escritorio.
Niko se sentó, abrió el maletín y sacó una carpeta delgada.
—¿Ahora qué pasó con Dahia? —¿Por qué pediste los papeles con tanta urgencia? —preguntó, directo al grano.
Ethan se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el escritorio.
—Esa perra me engañó en mi propia cama con Dael Jones. Los encontré juntos esta tarde. Ella me dijo cosas… —hizo una pausa, tragando saliva—. Me dijo que estaba cansada de la miseria que le daba, que no me comparaba con él, que su familia tenía todo lo que yo no.
Niko alzó una ceja, pero no interrumpió.
—Quiero el divorcio ya. Sin complicaciones, sin pensión compensatoria, sin nada que la beneficie más allá de lo mínimo legal. Y también quiero que canceles toda cooperación comercial con los Jones. Ellos pidieron terminar los contratos… pues que se jodan. Los voy a dejar en la quiebra.
La sonrisa que apareció en el rostro de Niko fue lenta y depredadora.
—Esto va a ser divertido —dijo, abriendo la carpeta—. Ya tengo el borrador del divorcio. Es blindado: separación de bienes total, cláusula de infidelidad probada y una indemnización simbólica para que no pueda alegar nada después. Si firma hoy, mañana mismo presentamos la demanda.
Ethan asintió.
—Perfecto. Vamos a su casa esta misma noche. Quiero terminar con esto de una vez.
Niko guardó los papeles y se puso de pie.
—Te espero abajo en quince minutos. Traje el Bentley. Nada de ese cacharro viejo que usas para disimular.
Ethan sonrió por primera vez en horas.
—Gracias, hermano. — Sabia que siempre podía confiar en Niko, era su mejor amigo y quien estuvo divirtiéndose mientras cumplía todo mi proceso del hombre pobre. Mientras Niko salía, Ethan se levantó y miró por última vez la ciudad desde su ventana. Las luces brillaban como joyas falsas. Pronto, muy pronto, todos sabrían quién era realmente Ethan Smith.
Y Dahia sería la primera en arrepentirse de haberlo subestimado. De saber que su matrimonio siempre fue una burla para ella, hace mucho tiempo se hubiera divorciado. Era un pendejo con todas sus letras, un gran ¡pendejo! Se repetía constantemente. Cómo el gran Ethan Smith podría haber permitido que una mujer como ella jugara con él por tanto tiempo, cómo no lo supo antes.
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Editado: 31.01.2026