Dahia y Dael salieron del restaurante riendo, tomados de la mano. El lugar había sido caro, con vistas al mar y una carta de vinos que ella apenas podía pronunciar. Para Dahia, cada sorbo era una pequeña venganza contra los dos años de “miseria” que había soportado al lado de Ethan. Ahora, con Dael a su lado, sentía que por fin estaba donde pertenecía.
—Pronto seré libre —dijo ella mientras subían al auto deportivo de él—. Mi abuelo no podrá seguir obligándome a mantener esa farsa de matrimonio. Cuando firme los papeles, empezaremos de verdad.
Dael sonrió, pero su mirada era más calculadora que cariñosa.
—Claro, preciosa. Pero apúrate con ese divorcio. No me gusta esperar.
Llegaron a la modesta casa de los Jaker. El auto lujoso contrastaba tanto con el barrio que varios vecinos se asomaron a las ventanas. Dahia bajó con la cabeza alta, disfrutando las miradas curiosas.
Al entrar, encontró a casi toda la familia reunida en la sala: su madre Lourdes, su abuelo Caín y, en un rincón, su hermanastra Emily, que levantó la vista del libro que leía.
—¡Hola, familia! —anunció Dahia con voz cantarina—. Les presento a mi novio, Dael Jones. Él es el heredero de los Jones. Con él sí voy a tener la vida que merezco, no como con ese pobretón de Ethan.
El abuelo Caín, sentado en su sillón favorito con el bastón apoyado en la pierna, soltó un bufido. Sin previo aviso, tomó la taza de café que tenía en la mano y la estrelló contra el suelo. Los pedazos se esparcieron por la alfombra.
—¿Crees que el dinero lo es todo en la vida, cabeza de chorlito? —gruñó, usando una de las expresiones que le había oído a Emily.
Dahia se tensó. Odiaba cuando el viejo la confrontaba delante de todos, pero sabía que no podía enfrentarlo directamente. Aún necesitaba su aprobación para ciertas cosas legales relacionadas con la herencia.
—No empieces, abuelo —respondió con tono forzado—. Esto es serio. Ethan y yo vamos a divorciarnos. Dael me va a dar todo lo que necesito.
Lourdes, la madre de Dahia, se levantó del sofá con una sonrisa complacida.
—Mi hija por fin tomó la decisión correcta. Un hombre de verdad, con posición y futuro. No como ese… —Hizo un gesto despectivo con la mano— don nadie con el que la obligaron a casarse.
Caín miró a Lourdes con desprecio.
—No te atrevas a hablar así de Ethan delante de mí. Ese muchacho ha sido más decente de lo que cualquiera en esta casa merece.
Dahia puso los ojos en blanco, pero no respondió. En su mente ya estaba planeando cómo convencer al abuelo de que no se opusiera al divorcio. Mientras tanto, Emily seguía en silencio, con la mirada baja. Sus mejillas se habían teñido de un leve rubor al escuchar el nombre de Ethan.
De pronto, el sonido de un motor potente se oyó afuera. Un auto negro, elegante y silencioso, se detuvo frente a la casa. Bajó primero un hombre de traje oscuro que parecía guardaespaldas. Luego apareció Ethan, impecable en un traje hecho a medida, seguido por Nikolay con un maletín en la mano.
Dahia frunció el ceño.
—¿Ahora qué quiere este? —masculló—. Seguro viene a rogarme que no lo deje.
Lourdes soltó una risita ácida.
—Mírenlo, llegando en auto prestado para aparentar. Patético.
Emily, en cambio, sintió que el corazón le daba un vuelco. Nunca había visto a Ethan llegar así a la casa. Se veía… diferente. Más seguro. Más imponente.
Ethan entró sin tocar, usando la llave que el abuelo le había dado tiempo atrás “por si alguna emergencia”. Al cruzar el umbral, sus ojos barrieron la sala y se detuvieron un instante en Emily, que bajó la mirada rápidamente.
Caín fue el primero en hablar.
—Ethan, hijo. Ven, pasa.
Ethan entró a la sala con paso firme, como si la casa le perteneciera. El guardia se quedó en la puerta y Nikolay lo siguió a dos pasos, con el maletín en la mano y una expresión que mezclaba diversión y expectación.
Todos los presentes se quedaron en silencio absoluto. El aire se sentía espeso, cargado de tensión.
Dahia fue la primera en romperlo.
—¿Qué demonios haces aquí vestido como si fueras alguien importante? —preguntó con voz aguda, intentando sonar despectiva—. ¿Ahora vienes a rogarme que no te deje? Porque si es así, pierdes el tiempo.
Ethan no respondió de inmediato. Su mirada recorrió la sala lentamente: el abuelo Caín con el bastón temblando de rabia contenida, Lourdes con los labios apretados en una línea de veneno, Emily con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas, y finalmente Dahia y Dael, todavía tomados de la mano como si fueran una pareja de cuento.
—No vengo a rogar nada —dijo Ethan con voz baja pero clara—. Vengo a terminar lo que empezó esta tarde.
Nikolay dio un paso al frente y abrió el maletín. Sacó una carpeta delgada con documentos perfectamente ordenados.
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Editado: 31.01.2026