El Secreto Del Magnate

Capítulo 06: La Mansión Smith

El Bentley se detuvo suavemente frente a unas imponentes rejas de hierro forjado que se abrieron automáticamente al reconocer la matrícula. Detrás de ellas se extendía un camino de adoquines iluminado por faroles antiguos que conducía a una mansión de estilo neoclásico: columnas blancas, ventanales altos, jardines perfectamente cuidados y una fuente central que brillaba bajo las luces cálidas. Todo parecía sacado de una postal de lujo.

Emily sintió que el estómago se le contraía. Nunca había estado en un lugar así. Ni siquiera en sueños.

Ethan bajó primero y le ofreció la mano con naturalidad, como si llevara años haciéndolo. Ella la tomó, aunque sus dedos temblaban ligeramente. El aire de la noche era fresco y olía a jazmín.

—Respira hondo —susurró él cerca de su oído—. Solo sígueme la corriente. Nadie tiene que saber que es la primera vez que entras aquí.

Emily asintió, aunque el corazón le latía tan fuerte que temía que todos lo oyeran.

Un mayordomo de traje negro impecable los esperaba en la entrada principal. Se inclinó ligeramente.

—Bienvenido, señor Smith. Señorita… —dijo con voz serena, sin mostrar sorpresa alguna.

—Gracias, James —respondió Ethan—. Esta es Emily, mi esposa.

El mayordomo ni parpadeó.

—Un placer, señora Smith. La gala ya ha comenzado en el salón principal. ¿Desean que anuncie su llegada?

—No es necesario. Entraremos discretamente —dijo Ethan.

Cruzaron el vestíbulo de mármol blanco y oro. Techos altos con molduras, lámparas de cristal que colgaban como cascadas de luz, cuadros de maestros antiguos en las paredes. Emily intentó no mirar todo con la boca abierta, pero era imposible. Cada detalle gritaba riqueza, historia y poder.

Al llegar a las puertas dobles del salón principal, el sonido de una orquesta de cámara se filtró: violines suaves, un piano elegante, conversaciones en voz baja de. Gente acostumbrada a mandar. Ethan se detuvo un segundo antes de empujar las puertas.

—Recuerda: eres mi esposa. Sonríe, habla lo menos posible si no sabes qué decir y, si alguien pregunta, di que nos conocimos hace tiempo y que preferimos mantenerlo privado. Nada más.

Emily tragó saliva.

—Está bien.

Las puertas se abrieron.

El salón era enorme. Mesas redondas cubiertas de manteles blancos, centros de flores altas, copas de cristal que reflejaban la luz de las arañas. Hombres en esmoquin, mujeres con joyas que valían fortunas, risas discretas y conversaciones sobre acciones, fusiones y política. Todos parecían saber exactamente quién era Ethan Smith… y todos giraron la cabeza cuando él entró con Emily del brazo.

Ethan caminó con calma absoluta, saludando con inclinaciones de cabeza a algunos, ignorando a otros. Nadie se atrevió a acercarse de inmediato; el aura que proyectaba era de control total.

Emily sintió cientos de ojos sobre ella. Algunas miradas eran curiosas, otras evaluadoras, unas pocas abiertamente envidiosas. Intentó mantener la espalda recta y una sonrisa pequeña, pero por dentro se sentía como una impostora.

Llegaron a un grupo de hombres mayores, todos con trajes de corte europeo y relojes que costaban más que una casa.

—Señores —dijo Ethan con voz firme pero amable—, permítanme presentarles formalmente a mi esposa: Emily Smith.

Un murmullo recorrió el grupo. Algunos alzaron las cejas, otros sonrieron con genuina sorpresa.

—Un placer conocerte, querida —dijo uno de ellos, un hombre de cabello plateado y voz grave—. Ethan siempre ha sido muy reservado con su vida personal. Es un honor.

Emily inclinó la cabeza ligeramente.

—El placer es mío —respondió, sorprendida de que su voz saliera tan calmada.

Conversaron unos minutos. Ethan respondía con precisión a las preguntas sobre la empresa, los nuevos proyectos, los mercados. Emily se limitaba a sonreír y asentir Cuando era necesario. Nadie preguntó demasiado sobre ella; todos asumían que, si Ethan la había elegido, era suficiente.

Cuando el grupo se dispersó un poco, Ethan se inclinó hacia ella.

—Estás haciéndolo muy bien —susurró—. Nadie sospecha nada.

Emily soltó el aire que había estado conteniendo.

—Es aterrador —admitió en voz baja—. Todos me miran como si tuviera que demostrar algo.

—Tú solo sé tú misma. Eso es más que suficiente.

Se dirigieron hacia una mesa de bocadillos. Emily vio chocolate, frutas glaseadas, pequeños postres que ni siquiera sabía nombrar. Por un segundo, olvidó la tensión y tomó un pastelito de frambuesa.

—Siempre te ha gustado la comida dulce —dijo Ethan con una media sonrisa, recordando algo de los tiempos en que aún era “el cuñado”.

Emily se sonrojó.

—No sabía que lo recordabas.

—Lo recuerdo todo de ti —dijo él en voz baja, casi para sí mismo.

Antes de que Emily pudiera responder, el maestro de ceremonias tomó el micrófono en la tarima central.

—Damas y caballeros, por favor, recibamos con un aplauso al anfitrión de esta noche: el señor Ethan Smith.

Los aplausos estallaron. Ethan apretó suavemente el brazo de Emily.

—Vamos.

Subieron juntos a la tarima. Las luces los iluminaron como focos. Ethan tomó el micrófono con naturalidad.

—Gracias a todos por acompañarnos en esta noche tan especial —comenzó con voz firme—. Esta empresa, fundada por mis padres, ha crecido gracias al esfuerzo de cada uno de ustedes. Este aniversario no es solo una celebración… es un homenaje.

Hizo una pausa. Miró a Emily a su lado.

—Y también quiero presentar formalmente a mi esposa, Emily Smith.

Los aplausos volvieron a sonar, más fuertes.

Emily sintió que el mundo se detenía. Todos la miraban. Ella era, por ese instante, la señora Smith.

Entonces, desde el fondo del salón, un grito cortó el aire como un cuchillo.

—¡Ethan!

Todas las cabezas se giraron.

Dahia estaba allí, al pie de la tarima, con el maquillaje corrido y los ojos llenos de furia y lágrimas fingidas. Dael la seguía unos pasos atrás, con expresión arrogante.




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