El grito de Dahia cortó el salón como un vidrio roto. Los aplausos se apagaron de golpe. Todas las conversaciones se detuvieron. Las copas quedaron suspendidas a medio camino hacia los labios. Cientos de ojos se clavaron en la mujer que avanzaba hacia la tarima con pasos rápidos y descontrolados, el maquillaje corrido por lágrimas que parecían más de furia que de dolor. Dael la seguía a unos pasos, con expresión entre divertida y alerta, como si disfrutara del espectáculo.
Ethan no se movió. Su mano seguía en la cintura de Emily, un gesto protector que nadie más notó en medio del caos. Mantuvo la voz baja pero firme cuando habló al micrófono.
—Dahia. Este no es el lugar ni el momento.
Ella se detuvo al pie de la tarima, respirando agitada, el pecho subiendo y bajando con violencia.
—¿No es el momento? —repitió con voz chillona que rebotó en las paredes—. ¿Cuándo era el momento entonces, Ethan? ¿Cuándo me ocultaste que eras millonario? —¿Cuándo me dejaste vivir como una miserable mientras tú tenías todo esto? —Hizo un gesto amplio hacia el salón, las luces, la gente elegante—. ¡Me engañaste! Me hiciste creer que eras un don nadie, un pobretón sin futuro, y ahora… ¿esto?
Un murmullo se extendió por la sala como una ola. Algunos invitados sacaron sus teléfonos discretamente. Otros intercambiaban miradas incrédulas. El nombre “Ethan Smith” ya era conocido en esos círculos, pero nadie imaginaba un drama tan personal y público.
Ethan bajó el micrófono un segundo y se inclinó hacia Emily.
—Quédate aquí. No te muevas —susurró.
Ella asintió, aunque sentía las piernas temblorosas.
Ethan devolvió el micrófono a su posición y miró directamente a Dahia. Su expresión no era de ira; era de una calma fría que resultaba más intimidante que cualquier grito.
—Lo hice porque buscaba a alguien que me quisiera por quien soy, no por lo que tengo —dijo con voz clara, sin elevar el tono—. Creí que eras esa persona. Me equivoqué.
Dahia soltó una risa amarga y temblorosa.
—¿Y ella? —señaló a Emily con dedo acusador—. ¿La reemplazaste tan rápido? ¿La bastarda de mi hermanastra? ¿Esa es tu “esposa” ahora?
Emily sintió que el aire se le escapaba. Las miradas se volvieron hacia ella: curiosas, juzgadoras, algunas con lástima. Quiso desaparecer, pero la mano de Ethan en su cintura la mantuvo en su lugar.
—No es de tu incumbencia —respondió Ethan—. Lo que tú quieras pensar es asunto tuyo. Esta noche es de la empresa. No de ti. No de mí. Y mucho menos de tus escándalos.
Las palabras fueron como un latigazo. Dahia retrocedió un paso, como si la hubieran golpeado físicamente. Sus ojos brillaron con lágrimas reales esta vez, pero no de tristeza: de humillación pura.
—Tú… tú me destruiste —susurró, aunque lo suficientemente alto para que los micrófonos lo captaran—. Me hiciste creer que no valía nada. Y ahora me dejas por… ¿ella?
Dael dio un paso adelante, poniéndose protectoramente frente a Dahia.
—Suficiente, Smith. Ya la humillaste bastante. Vámonos, Dahia.
Ella lo apartó con un gesto brusco.
—No. No me voy a ir sin que todos sepan la verdad. ¡Él me engañó! ¡Me usó! ¡Y ahora finge que es la víctima!
Ethan suspiró, cansado más que enfadado.
—La única verdad que importa aquí es que tú me engañaste en nuestra propia cama. Con él. —Señaló a Dael sin mirarlo—. Eso es todo lo que necesitan saber los que importan.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Algunos invitados murmuraron aprobaciones discretas; otros, desaprobación. Pero nadie intervino. Nadie se atrevía.
Dahia tembló. Miró a su alrededor, consciente ahora de que todos la observaban como a un espectáculo patético. El maquillaje corrido, el vestido arrugado, la voz quebrada… todo jugaba en su contra.
—Tú… pagarás por esto —dijo entre dientes—. No sabes con quién te metiste.
Ethan sonrió por primera vez: una sonrisa pequeña, fría y sin humor.
—Al contrario, Dahia. Sé exactamente con quién me metí. Y ya terminé.
Dio media vuelta hacia el micrófono.
—Gracias a todos por su comprensión —dijo con voz firme—. La vida nos pone pruebas difíciles, pero cada una nos lleva donde debemos estar. Gracias por seguir confiando en mí y en esta empresa.
Los aplausos regresaron, esta vez más fuertes, más solidarios. Algunos incluso se pusieron de pie. Dahia se quedó allí, congelada, mientras la ovación la envolvía como una marea que la ahogaba.
Dael la tomó del brazo.
—Vámonos. Ya perdiste.
Ella se soltó con violencia y salió corriendo del salón, casi tropezando con su vestido. Dael la siguió sin mirar atrás, lanzando una última mirada venenosa a Ethan.
El salón tardó varios segundos en recuperar la normalidad. La orquesta retomó la música suavemente, como si nada hubiera pasado. Algunos invitados se acercaron a Ethan para darle palmadas en la espalda o murmurar palabras de apoyo. Otros simplemente volvieron a sus conversaciones, aunque el tema principal de la noche ya no era el aniversario de la empresa.
Ethan bajó de la tarima con Emily aún tomada de la mano. La llevó a un rincón más tranquilo, cerca de una ventana que daba al jardín iluminado.
—Emily… lo siento —dijo en voz baja—. No debía haber pasado así. No quería que te vieras envuelta en esto de esta manera.
Ella negó con la cabeza, todavía temblando.
—No es tu culpa. Ella… ella lo provocó.
Ethan la miró fijamente.
—Gracias por quedarte. Por no huir.
Emily tragó saliva.
—No podía dejarte solo. No, después de todo lo que has pasado hoy.
Él le tomó ambas manos.
—Esta noche fue un desastre. Pero también fue el comienzo de algo diferente. No sé qué pasará mañana, pero… quiero que sepas que no fue solo una actuación para mí. No del todo.
Emily sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
Ethan dudó un segundo, buscando las palabras.
—Quiero decir que… tal vez no tenga que ser solo fingido. Si tú quieres.
#2498 en Novela romántica
#770 en Novela contemporánea
nuevaoportunidad, engaños amor dolor secretos pasión odio, engaño y mentiras
Editado: 05.02.2026