A la mañana siguiente, el sol entraba a raudales por las ventanas del penthouse de Ethan, pero Emily apenas lo notaba. Estaba sentada en el sofá de cuero blanco con una taza de café que ya se había enfriado entre sus manos. El televisor estaba encendido en un canal de chismes matutino, y la pantalla mostraba una foto fija de Dahia: con ojos llorosos, expresión de víctima perfecta, y el titular en letras rojas: “La entrevista exclusiva que conmovió al país: la exesposa de Ethan Smith rompe el silencio”.
Emily sintió un nudo en el estómago. Sabía que esto iba a pasar. Después del escándalo en la gala, los medios habían caído sobre Dahia como buitres. Y ella, lejos de esconderse, había decidido jugar la carta de la víctima.
Ethan entró desde la cocina con una bandeja de frutas y pan tostado. Se detuvo al ver la pantalla.
—¿Quieres que lo apague? —preguntó en voz baja.
Emily negó con la cabeza.
—No. Quiero verlo. Necesito saber qué tan lejos va a llegar.
Ethan se sentó a su lado, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca para que ella sintiera su presencia como un escudo. Subió el volumen.
La presentadora del programa, una mujer de sonrisa profesional y maquillaje impecable, apareció en pantalla.
—Bienvenida, Dahia. Gracias por confiar en nosotros para contar tu versión de los hechos.
Dahia estaba sentada en un sillón blanco, con un vestido sencillo pero elegante, el cabello recogido en un moño bajo y los ojos rojos de tanto llorar… o de tanto fingir. Habló con voz suave, entrecortada, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme.
—Gracias a ustedes por darme esta oportunidad —dijo—. Creo que ya es hora de que la verdad salga a la luz.
La presentadora se inclinó hacia delante con expresión compasiva.
—¿Podrías contarnos qué sucedió realmente entre tú y Ethan Smith?
Dahia suspiró profundamente, miró directamente a la cámara.
—Ethan me engañó. No solo me fue infiel… también manipuló cada situación para hacerme ver como la mala. Durante años soporté sus mentiras, su comportamiento controlador, su frialdad. Me hizo creer que era un hombre humilde, que luchaba día a día, cuando en realidad era millonario y me tenía viviendo en una casa modesta, sin lujos, sin futuro. Me controlaba, me aislaba… y cuando por fin encontré a alguien que me valoraba de verdad, me dejó por mi propia hermanastra.
Emily sintió que la sangre se le helaba. Ethan apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Solo observó la pantalla con ojos entrecerrados.
La presentadora fingió sorpresa.
—¿Tu propia hermanastra? Eso debe ser muy doloroso.
Dahia asintió, dejando que una lágrima perfecta rodara por su mejilla.
—Emily siempre ha estado obsesionada con Ethan. Desde que éramos adolescentes. Yo lo sabía, pero nunca imaginé que él caería tan bajo como para usarla para vengarse de mí. Me reemplazó en cuestión de horas. Me humilló públicamente en esa gala, delante de toda la élite. Me hizo sentir como basura.
La presentadora puso cara de empatía absoluta.
—¿Y qué hay de los rumores de que tú lo engañaste primero?
Dahia negó con la cabeza lentamente.
—Mentiras. Ethan siempre fue celoso, controlador. Yo solo buscaba cariño, alguien que me viera como mujer, no como un trofeo. Dael fue eso para mí. Pero Ethan… él nunca me dejó ser feliz. Me manipuló emocionalmente durante dos años.
Emily no pudo más. Dejó la taza en la mesa con un golpe seco.
—Es mentira. Todo es mentira —susurró, con la voz temblando de rabia—. Ella lo engañó en su propia cama. Yo lo vi… bueno, no lo vi, pero él me lo contó. Y ahora lo pinta como el villano.
Ethan apagó el televisor con el control remoto.
—No vale la pena verlo entero —dijo con voz contenida—. Ya sabemos cómo termina: ella como víctima, yo como el monstruo rico y frío, y tú como la oportunista.
Emily se levantó, paseando por la sala con los brazos cruzados.
—¿Y qué hacemos? ¿La dejamos que diga lo que quiera? ¿Que toda la ciudad crea que tú eres el malo?
Ethan se puso de pie también. Se acercó a ella y le tomó las manos para que dejara de moverse.
—No. No la dejamos. Pero tampoco caemos en su juego. Responder con ira solo le da más combustible. Vamos a hacer lo que siempre funciona mejor contra gente como ella: la verdad, con hechos, con pruebas y con silencio estratégico.
Emily lo miró, buscando en sus ojos algo de duda. No encontró ninguna.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Niko ya está trabajando en una declaración oficial. Vamos a publicar los mensajes, las fotos del divorcio firmado por ella, los registros de las cuentas que ella gastó sin control. No vamos a atacar su vida personal… vamos a mostrar los hechos. Que la gente decida quién miente.
Emily respiró hondo.
—¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo en todo esto? Me nombró. Me llamó “la bastarda obsesionada”.
Ethan le apretó las manos.
—Tú no tienes que decir nada si no quieres. Pero si decides hablar… yo estaré a tu lado. No como un escudo. Como tu compañero.
Emily sintió que algo dentro de ella se aflojaba. Por primera vez desde la gala, no se sintió como una impostora. Se sintió como alguien que pertenecía a ese lugar, a ese momento.
—Está bien —dijo—. Si decides publicar algo… quiero que incluyan mi versión. Quiero que sepan que no soy la villana que ella pinta. Que solo… que solo quise ayudarte.
Ethan sonrió por primera vez esa mañana. Una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Entonces lo haremos juntos.
En ese momento, el teléfono de Ethan vibró. Era Niko.
—Amigo, los tabloides ya están explotando. Pero tengo algo mejor: un contacto en el canal rival. Quieren una entrevista exclusiva contigo y Emily. Dicen que puede cambiar toda la narrativa.
Ethan miró a Emily.
—¿Estás lista para esto?
Ella respiró hondo, enderezó la espalda.
—Sí. Estoy lista.
La venganza ya no era solo de Ethan. Ahora también era de ella.
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Editado: 05.02.2026