El penthouse quedó en silencio absoluto después de que la puerta se cerró tras Emily. No fue un portazo dramático; fue un clic suave, casi educado, como si ella todavía estuviera pidiendo permiso para existir en su vida. Ethan se quedó de pie en medio del salón durante casi diez minutos, mirando el punto exacto donde ella había estado. El collar de libro abierto que le había regalado seguía en su cuello cuando se fue. Eso, de alguna manera, dolía más que las fotos.
Se sirvió otro whisky. Esta vez, doble. Luego abrió el portátil y reprodujo de nuevo las imágenes que Niko le había enviado. Las miró una por una, buscando algún detalle que le permitiera decir “es un montaje”, “está siendo amenazada de verdad”, “no hay complicidad en su mirada”. Pero no encontró nada que lo salvara de la sospecha. En la cuarta foto —la mano de Dael sobre la de ella— Emily tenía los ojos bajos, pero no parecía asustada. Parecía… resignada. Como alguien que ya había aceptado pagar un precio.
Ethan cerró el portátil con fuerza suficiente para que el sonido rebotara en los ventanales.
Llamó a Niko.
—Necesito más —dijo sin saludar—. Quiero saber exactamente qué hablaron en esas reuniones. Grabaciones, si las hay. Transcripciones. Testigos. Todo.
Del otro lado se escuchó un suspiro largo.
—Ethan… ya te mandé lo que tengo. Las fotos las tomó un investigador privado que contraté yo mismo. No hay audio. El tipo no se acercó lo suficiente porque no quería arriesgarse a que lo vieran. Pero puedo intentar conseguir las cámaras de seguridad del hotel y del café. Va a costar dinero y tiempo. Y favores.
—Paga lo que sea. Usa lo que haga falta.
—Está bien. Pero escúchame un segundo: si Emily realmente está siendo extorsionada, lo más inteligente sería que viniera a ti y te lo contara todo desde el principio. El hecho de que no lo hiciera… eso es lo que más me preocupa.
Ethan no respondió de inmediato.
—Solo consígueme las grabaciones —dijo al fin—. Y averigua dónde está Dahia ahora mismo. Quiero saber si sigue con Dael o si ya se separaron de nuevo.
Colgó antes de que Niko pudiera contestar.
A las siete de la mañana recibió un mensaje de Emily. Solo tres líneas.
Estoy en el Hotel Boutique del Parque. Habitación 412.
No te estoy pidiendo que vengas. Solo quería que supieras dónde estoy.
Si decides no creer en mí… lo entenderé. Pero no me odies sin darme la oportunidad de explicarme del todo.
Ethan leyó el mensaje tres veces. No respondió.
En cambio, llamó a su asistente personal.
—Cancela todas mis reuniones de hoy y mañana. Di que es un asunto familiar urgente. Y reserva una suite en el mismo hotel donde está Emily Jaker. Habitación contigua a la 412, si es posible. Paga lo que pidan por el cambio.
La asistente no hizo preguntas. Solo confirmó.
A las nueve de la mañana, Ethan ya estaba en el lobby del Hotel Boutique del Parque, con una maleta pequeña y gafas oscuras. Pidió la habitación 413. La recepcionista le informó que la 413 estaba ocupada, pero la 414 estaba libre y tenía puerta comunicante con la 412 si deseaba usarla. Ethan firmó sin inmutarse.
Subió al ascensor solo. Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, caminó por el pasillo alfombrado en silencio. Se detuvo frente a la 412. Apoyó la palma en la puerta un segundo, como si pudiera sentirla del otro lado. Luego siguió hasta la 414, entró y cerró con llave.
Desde allí podía escuchar casi todo: el agua corriendo en el baño de al lado, pasos suaves sobre la alfombra, el sonido de una cremallera abriéndose y cerrándose. Emily estaba deshaciendo la maleta. Probablemente llorando. O tal vez no. Tal vez estaba enviando mensajes a Dael en ese mismo instante.
Ethan se sentó en la cama y esperó.
A las once de la mañana escuchó que ella salía. Pasos rápidos hacia el ascensor. Esperó treinta segundos y salió detrás. Bajó por las escaleras para no coincidir en el mismo ascensor. La vio cruzar el lobby hacia la calle. Llevaba gafas oscuras y un sombrero de ala ancha que no le había visto antes. Se dirigió a pie hacia el Malecón.
Ethan la siguió a distancia prudente.
Ella caminó casi veinte minutos hasta llegar a un pequeño café con mesas al aire libre frente al mar. Se sentó en la última mesa, la más apartada. Pidió un café negro y miró el reloj varias veces.
Cinco minutos después apareció Dael Jones.
Vestía ropa casual cara: camisa blanca impecable, pantalón chino, reloj que brillaba incluso a la sombra. Se sentó frente a ella sin pedir permiso. Emily se tensó visiblemente, pero no se levantó.
Ethan se quedó detrás de una columna de un puesto de artesanías, lo suficientemente lejos para no ser visto, lo suficientemente cerca para leer el lenguaje corporal.
Dael habló primero. Gestos amplios, sonrisa confiada. Emily escuchaba con la cabeza baja. En un momento sacó el teléfono y le mostró algo en la pantalla. Dael rio, una risa corta y cruel. Luego se inclinó hacia delante y le dijo algo que hizo que Emily se pusiera pálida. Negó con la cabeza varias veces. Dael insistió. Ella cerró los ojos un segundo, como si estuviera reuniendo fuerzas. Finalmente, asintió, muy despacio.
Ethan sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Dael se levantó, le dio una palmada en el hombro como si fueran viejos amigos y se fue caminando hacia el norte del malecón Emily se quedó allí, sola, con las manos temblando alrededor de la taza. No bebió. Solo miró el mar durante casi diez minutos. Luego se levantó y regresó por donde había venido.
Ethan no la siguió esta vez.
Volvió al hotel por una ruta diferente. Cuando entró a la habitación 414, el teléfono vibró. Era Niko.
—Las cámaras del café no tienen audio, pero tengo una toma clara desde un ángulo lateral. Y algo más: Dahia no está con Dael. Está en Bogotá desde hace cuatro días. Hospedada en un hotel de cinco estrellas pagado con una tarjeta que no está a su nombre… ni al de Dael. Está a nombre de una empresa pantalla que pertenece a… espera… a la familia de Dael. Pero la reserva la hizo ella misma. Sola.
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Editado: 24.04.2026