El Secreto Prohibido

Cenizas y Reglas

El frío de finales de verano en Nueva York se colaba a través de la tela de mi abrigo negro. Los últimos asistentes al funeral ya se habían marchado, dejando solo el murmullo distante del tráfico y el sonido de mis propios pasos sobre la hierba húmeda del cementerio. Mis padres ya no estaban. El vacío en el pecho era tan denso que casi me impedía respirar, un recordatorio constante de que mi mundo entero había cambiado en cuestión de días.

Una mano firme pero sumamente cálida se posó sobre mi hombro.

—Es hora de irnos, isabella —murmuró mi tío sebastian con voz suave—. Tienes que descansar.

sebastian, el hermano menor de mi padre y uno de los abogados corporativos más reconocidos de Manhattan, me guio amablemente hacia su auto. Durante el trayecto no hubo silencios incómodos; solo su mano apretando la mía de vez en cuando y palabras reconfortantes que buscaban darme un poco de paz. Al llegar a su impecable departamento en el Upper East Side, el ambiente olía a café recién hecho y maderas nobles.

—A partir de hoy, este es tu hogar —dijo sebastian mientras me acompañaba a la que sería mi habitación, un espacio amplio con un ventanal enorme hacia la ciudad—. Sé que nada va a reemplazar lo que perdiste, pero quiero que estés tranquila. Tu única prioridad este año es terminar la universidad y recuperar la fuerza. Yo me encargo del resto.

Por primera vez en días, sentí que podía soltar el aire que tenía contenido. Había un refugio para mí en medio de la tormenta.

Sebastian bajó a la cocina para traerme un té caliente, dejándome sola en la sala principal contemplando las luces de la ciudad. Apenas comenzaba a asimilar la paz del lugar cuando el sonido de una llave girando en la cerradura interrumpió el silencio.

La puerta se abrió y entró un hombre alto, de hombros anchos, vistiendo un abrigo impecable y portando un maletín de cuero. Tendría acaso unos treinta años, con una presencia imponente y una mirada fría que escaneó la sala hasta fijarse en mí.

—Ah, eres tú —dijo con una voz profunda, desprovista de cualquier calidez o rodeos.

Antes de que pudiera responder, sebastian regresó de la cocina con dos tazas en una bandeja.

—¡Gabriel! Llegaste justo a tiempo —dijo mi tío, sonriendo—. Ella es mi sobrina. Te hablé de ella. Y sobrina, él es gabriel, mi mejor amigo y prácticamente mi hermano menor. Se quedará un tiempo con nosotros mientras termina unos proyectos.

Gabriel no sonrió. Solo inclinó levemente la cabeza, analizándome de pies a cabeza como si fuera un expediente molesto en su escritorio.

—Un placer —mintió con absoluta frialdad.

En ese momento, el teléfono de Arthur comenzó a sonar. Vio la pantalla y suspiró con pesadumbre.

—Es del despacho, tengo que tomar esto. Vuelvo en un segundo. —Arthur se retiró hacia su estudio, dejándonos a solas en la penumbra de la sala.

El silencio que siguió no fue cómodo. Me giré para volver a la habitación, pero la voz de Ian me detuvo en seco.

—Es una pena lo de tus padres —comenzó a decir, aunque su tono no tenía un solo rastro de condolencia—. Pero dejemos algo claro desde esta misma noche para evitar malentendidos.

Se acercó un par de pasos, cruzándose de brazos. Su porte emanaba una autoridad arrogante que me erizó la piel por completo.

—Esto no es un hotel, ni un centro de vacaciones para universitarias consentidas —continuó, mirándome desde arriba con desdén—. Sebastian trabaja dieciséis horas al día y no tiene tiempo para andar lidiando con irresponsabilidades o dramas juveniles. En esta casa hay reglas estrictas: horarios de llegada, silencio a partir de las diez y cero visitas sin aviso. Si vas a vivir bajo este techo en tu último año, vas a tener que aprender a adaptarte y comportarte como una adulta.

El dolor y la tristeza que me habían acompañado todo el día se transformaron en una chispa instantánea de rabia. La condescendencia en su voz era insoportable.

Dando un paso al frente para encararlo, lo miré directamente a los ojos, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

—No sé quién te crees que eres para venir a darme órdenes en la casa de mi tío —respondí, bajando la voz pero cargándola de todo el veneno posible—. Pero no necesito que me cuides, ni a ti ni a tus reglas. Mantente fuera de mi camino y yo me mantendré fuera del tuyo.

Gabriel entornó los ojos, con una ceja ligeramente elevada, divertido por mi respuesta pero sin ceder un solo milímetro.

—Ya veremos cuánto te dura esa actitud cuando comiencen las clases —murmuró con una sonrisa fría antes de darse la vuelta y caminar hacia el pasillo principal.

Me quedé de pie en la sala, apretando los puños y sintiendo cómo la sangre me hervía. Odiaba a Ian con cada fibra de mi ser. Lo único que me consolaba en ese instante era pensar que solo tendría que tolerarlo por las noches en el departamento, porque al día siguiente comenzaba mi último año en la Universidad de Nueva York, mi único y verdadero espacio de libertad.

Lo que no sabía era que el destino tenía preparada la peor de las sorpresas para la mañana siguiente.

El despertador sonó a las seis de la mañana. Me levanté con el cuerpo pesado y la cabeza abrumada por los recuerdos, pero al ver mi mochila lista sobre la silla, sentí un chispazo de determinación. Mi último año en la Universidad de Nueva York comenzaba hoy. La carrera de Literatura y Arte era mi pasión, y ponerme de pie para ir a clases era la única forma que tenía de recuperar el control de mi vida.

Me vestí rápidamente con unos jeans oscuros, un suéter cómodo y mi abrigo largo. Al salir de la habitación, el departamento estaba en completo silencio. En la barra de la cocina encontré una nota con la caligrafía apresurada de mi tío Arthur junto a una taza de café recién hecho:

“Tuve que salir temprano a una audiencia urgente. Ten un excelente primer día de clases, estrella. Confío en ti. —Sebastian.”

Sonreí levemente. Al menos no tendría que cruzarme con el insoportable de Gabriel a primera hora de la mañana. Tomé el café, agarré mi bolso y salí hacia el metro.




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