La puerta pesada del salón terminó de cerrarse, dejando el eco del seguro al encajar. El silencio en el aula era absoluto, denso y cargado de una tensión que se podía cortar con las manos.
Me quedé quieta a mitad del pasillo central, abrazando mi cuaderno contra el pecho como si fuera un escudo. Gabriel se tomó su tiempo: guardó un par de plumas en su maletín, acomodó las carpetas sobre el escritorio y solo cuando terminó se giró hacia mí. Caminó despacio, subiendo los dos escalones del estrado hasta quedar a un par de metros de distancia.
—Así que este es tu "espacio de libertad" —comenzó a decir con voz baja, pausada, sin el tono elevado que había usado durante la clase, pero con el mismo veneno latente.
—Profesor Vance —dije, remarcando la palabra con evidente sarcasmo—. Si me retuvo para darme otro de sus discursos sobre disciplina, le sugiero que se lo ahorre. Tengo otra clase en diez minutos.
Gabriel soltó una breve risa amarga, cruzándose de brazos mientras me observaba detenidamente.
—Ayer por la noche te dije que no toleraba las irresponsabilidades ni las actitudes infantiles en casa de sebastian. Hoy me doy cuenta de que el problema es peor: el universo decidió ponerte en mi salón de clases. Y quiero que dejes algo muy claro en esa cabeza tuya.
Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia. Su presencia era abrumadora; el aroma de su loción amaderada mezclado con el ambiente antiguo del salón hacía que todo se sintiera absurdamente íntimo y sofocante a la vez.
—En este edificio no soy el amigo de tu tío, ni el sujeto que vive bajo el mismo techo que tú. Soy tu profesor. Tu calificación final, tu carta de recomendación y tu graduación de este semestre pasan directamente por mis manos.
—¿Y eso te da el derecho de acorralarme en la primera clase frente a todos? —le espeté, dando un paso hacia él sin dejarme intimidar—. Te escuché pasar lista. Sabías perfectamente quién era antes de llamar mi nombre. Fue una provocación barata.
—Fue un aviso —corrigió de inmediato, entornando los ojos—. Tus compañeros no saben que vives en el mismo departamento que yo, y quiero que se mantenga exactamente así. Ni una palabra a tu amiga, ni un comentario en los pasillos, ni una muestra de confianza. Si alguien en esta facultad llega a sospechar que hay algún tipo de relación o convivencia entre nosotros, el escándalo de favoritismo o conflicto de interés arruinará mi reputación... y a ti te costará el año lectivo.
Sostuve su mirada fría. El miedo a perder mi último año flotó un segundo en el aire, pero el orgullo me ganó por completo.
—No tienes de qué preocuparte —respondí con una sonrisa glacial—. No tengo el más mínimo interés en que la gente sepa que comparto techo con un ser tan insoportable como tú. Para mí, fuera de esa casa, eres completamente un desconocido.
Gabriel ladeó la cabeza, con una leve chispa de burla bailándole en la mirada.
—Me parece perfecto. Es un trato. Pero no te confundas: por el hecho de ser la sobrina de sebastian no voy a ser suave contigo. Al contrario. Te voy a exigir el doble que a los demás. Cada ensayo, cada examen y cada participación tuya va a estar bajo la lupa. Si quieres graduarte, vas a tener que ganártelo sin fallar un solo coma.
—Ponme las pruebas que quieras, profesor —contesté apretando los dientes—. No te voy a dar el gusto de ver que me rindo.
—Eso espero —dijo él, dando un paso al lado para dejarme el camino libre hacia la salida—. Puedes retirarte, señorita. No llegue tarde a su próxima clase.
Giré sobre mis talones y caminé a pasos firmes hacia la puerta. Mi mano temblaba ligeramente al sujetar la manija, pero no me permití mirar atrás. Al salir al pasillo, me encontré con Sophie, quien me esperaba apoyada contra la pared con una bolsa de gomitas en la mano y la curiosidad reflejada en el rostro.
—¡Por fin! —exclamó Sophie mientras me ofrecía una gomita—. ¿Qué fue todo eso? Te juro que ese profesor te estaba clavando la mirada como si te conociera de toda la vida. ¿Qué te dijo?
Me tragué el nudo en la garganta y tomé aire fresco, recordando la amenaza implícita de Gabriel y la promesa que acababa de hacerme a mí misma.
—Nada importante —mentí, esbozando una sonrisa tranquila—. Solo me dejó claro que su clase va a ser un infierno.
—Pues qué lástima, porque está como quiere —suspiró Sophie mientras caminábamos hacia la salida del edificio—. Pero bueno, si quiere guerra académica, se la vamos a dar. ¿Nos vemos en la noche para estudiar?
—Hoy no puedo —respondí con una punzada de pesadez al recordar a dónde tenía que volver—. Tengo que llegar temprano a casa... a cumplir las reglas.
El aire en el departamento de Sebastián se sentía tan pesado como el del cementerio, pero esta vez la causa no era el duelo, sino la presencia de Gabriel.
La mesa del comedor estaba puesta de manera impecable. Mi tío había ordenado cena de un restaurante elegante de la zona con la única intención de reunirnos y celebrar el inicio del ciclo escolar. Sin embargo, lo que debía ser una noche familiar se transformó rápidamente en un interrogatorio simulado.
—¿Y cómo te fue en tu primer día de seminario,isabella? —preguntó Sebastián con una sonrisa cálida mientras me servía un poco de agua—. Sé que el cambio de profesor a última hora suele ser un desastre, pero estoy seguro de que sabrás adaptarte.
Antes de que pudiera tragar el primer bocado, la voz de Gabriel resonó desde el otro extremo de la mesa.
—En realidad, Sebastián, tu sobrina tiene mucho trabajo por delante si pretende mantener el nivel que exige esa materia.
Apreté el tenedor con fuerza. Levanté la mirada y lo encontré observándome con esa serenidad exasperante, vistiendo una camisa oscura con las mangas ligeramente arremangadas, luciendo tan impecable como en el aula.
—Gabriel es el titular de ese seminario —comentó Sebastián, mirando a su amigo con cierta complicidad—. Te lo dije anoche, él da cátedra en la facultad. Es exigente, pero sabe lo que hace.