La mañana siguiente comenzó con una pesadez sofocante. Salí de mi habitación cuando la luz del sol penas comenzaba a filtrarse por las persianas. No quería cruzarme con nadie.
En la barra de la cocina, Sebastián leía el periódico con una taza de café entre las manos. Al verme, dejó el diario a un lado y me ofreció una sonrisa tibia, llena de culpa y cansancio.
—Buenos días, isabela—dijo con voz suave—. Lamento mucho lo de anoche. No debí permitir que las cosas se salieran de control. Ya hablé con Gabriel y le dejé muy claros los límites.
—No te preocupes, tío —respondí mientras tomaba una manzana de la canasta—. Tengo claro a qué vengo a Nueva York. No voy a dejar que él ni nadie me desvíe de graduarme.
Justo en ese momento, Gabriel salió del pasillo principal. Vestía un traje gris impecable, pero la sombra ligera bajo sus ojos delataba que tampoco había dormido bien. Por primera vez desde que lo conocí, no dijo una sola palabra sarcástica. Tampoco me miró a los ojos. Simplemente tomó su maletín, le hizo un leve gesto con la cabeza a Sebastián y salió del departamento cerrando la puerta con una delicadeza casi extraña.
El ambiente en el salón 402 horas más tarde no fue muy distinto.
Durante las dos horas de cátedra, Gabriel mantuvo una postura impecablemente profesional, pero la dinámica entre nosotros cambió de forma drástica. No volvió a atacarme en público, pero tampoco me ignoró. Cada vez que lanzaba una pregunta compleja al aire y nadie respondía, su mirada terminaba posándose en mí, en un desafío mudo.
Y yo no cedí ni un solo milímetro. Respondí cada una de sus cuestiones sobre la estructura narrativa y el análisis literario con una precisión helada, demostrando que había leído el temario entero la noche anterior.
Al terminar la clase, los alumnos empezaron a desalojar el aula. Me tomé mi tiempo guardando los cuadernos, esperando a que Sophie saliera primero para evitar sospechas. Cuando estuve a punto de cruzar la puerta, la voz de Gabriel me detuvo desde el escritorio.
—Señorita —llamó, sin levantar la vista de los papeles que revisaba.
Me detuve en seco, apretando la correa de mi bolso.
—Dígame, profesor Vance —respondí con frialdad.
Gabriel dejó el bolígrafo sobre la mesa y se levantó lentamente. Caminó hacia el frente del aula y se apoyó contra el borde de la madera, mirándome con una expresión indescifrable. La arrogancia desmedida de las noches anteriores parecía haber dado paso a una compostura mucho más seria y analítica.
—Tengo que admitir que su intervención sobre el texto de hoy fue acertada —comenzó a decir, midiendo sus palabras—. Es evidente que tiene capacidad analítica.
—No necesito sus elogios, profesor —contesté de inmediato—. Solo cumplo con los estándares que usted exige.
Gabriel entornó los ojos y dejó salir un corto suspiro por la nariz.
—Lo de anoche... —hizo una pausa, como si la palabra le pesara en la garganta—.Sebastián me hizo entender que cruzó una línea que no me correspondía. Mis exigencias académicas se quedan en este salón. Lo que ocurra fuera de aquí es asunto de tu tío.
Me quedé helada por un segundo. No esperaba una disculpa —o lo más cercano a una disculpa que un hombre como él podía pronunciar—. Sin embargo, el recuerdo de sus palabras hirientes en la cena aún me quemaba por dentro.
—Aprecio que lo reconozca —respondí sosteniéndole la mirada—, pero eso no cambia nada. Usted dejó claro lo que piensa de mí, y yo dejé claro que no me importa su opinión. Si me disculpa, tengo que irme.
Di medio paso hacia la puerta, pero su voz, esta vez más baja y sin el tono rígido de profesor, volvió a detener el aire del salón.
—Aceptó el ensayo opcional de fin de mes, ¿verdad? —preguntó.
Me giré levemente. —Sí. ¿Por qué?
Gabriel cruzó los brazos, y por una fracción de segundo, una chispa de auténtica curiosidad iluminó sus ojos oscuros.
—Porque es un análisis comparativo de cien páginas y requiere un tutor asignado para las revisiones semanales en biblioteca. Y dado que soy el titular de la materia... tus mañanas de los viernes me pertenecen.
El corazón me dio un vuelco. Trabajar a solas con él cada semana en la biblioteca central de la universidad no estaba en mis planes.
—¿Es una orden o un castigo, profesor?
Gabriel esbozó una sonrisa lenta, pequeña y casi imperceptible, que hizo que un escalofrío extraño me recorriera la espalda.
—Es una oportunidad para demostrarme que no me equivoqué contigo anoche —dijo, dando la vuelta hacia su escritorio—. Nos vemos el viernes a las ocho en punto, señorita. No llegue tarde.
El viernes a las siete cincuenta y cinco de la mañana, la Biblioteca Central de la universidad estaba prácticamente vacía. La luz matutina se filtraba por los ventanales gigantescos, iluminando las hileras interminables de estanterías de madera oscura y las mesas de roble.
Llegué cinco minutos antes de la hora acordada, dispuesta a demostrarle a Gabriel que la puntualidad no sería una excusa para atacarme. Me acomodé en un rincón apartado del segundo piso, saqué mis fichas de lectura, mi computadora y una taza de café que humeaba suavemente.
A las ocho en punto, el sonido de unos pasos firmes retumbó sobre el suelo de madera.
Gabriel apareció entre los pasillos. Llevaba una camisa azul oscuro sin corbata, con las mangas enrolladas hasta los antebrazos y una carpeta de cuero bajo el brazo. Se le veía visiblemente cansado; una sombra de tensión marcaba su mandíbula y su ceño estaba fruncido en un rictus de evidente mal humor.
Sin decir una sola palabra de saludo, dejó caer su maletín sobre la mesa con un golpe seco, jaló la silla frente a mí y se dejó caer en ella con un largo suspiro.
—Buenos días, profesor —dije en voz baja, arqueando una ceja ante su actitud.
Gabriel me dedicó una mirada de pocos amigos desde el otro lado de la mesa. Se frotó el puente de la nariz con dos dedos antes de mirarme.