El ambiente en el campus parecía tranquilo, pero a media tarde, la biblioteca ya no era el único lugar cargado de tensión.
Mina, una de las estudiantes más competitivas de la generación y la permanente aspirante al primer lugar del seminario, llevaba días observando cada movimiento. No le había pasado desapercibido que yo respondiera a las preguntas más difíciles de Gabriel sin pestañear, ni que me hubiera quedado a solas con él al terminar la primera clase. Pero ver a Gabriel salir de la zona de estudio reservada por la mañana, apenas minutos después de que yo acomodara mis hojas, fue la chispa que encendió su rabia.
Para Mina, era inaceptable que una chica que acababa de reincorporarse tras una tragedia personal le quitara el protagonismo frente al profesor más exigente —y codiciado— de la facultad.
A las cuatro de la tarde, aprovechando que el decano de la Facultad de Literatura, el doctor Harrison, caminaba por el pasillo principal hacia su oficina, Mina se le acercó con una carpeta llena de borradores y una expresión de supuesta consternación.
—Doctor Harrison, disculpe que lo interrumpa —dijo Mina, bajando la voz de manera dramática mientras caminaban juntos—. Es sobre el seminario del profesor Vance. Tengo algunas dudas sobre los criterios de evaluación.
—El profesor Vance es impecable en sus métodos, Mina —respondió el decano sin detener el paso—. Pero dime, ¿cuál es el problema?
—Bueno... es que nos preocupa a varios en el grupo que los criterios no sean iguales para todos —comenzó a tejer la trampa, fingiendo preocupación académica—. El profesor Vance es sumamente estricto, excepto con una de nuestras compañeras. Ella tiene acceso a revisiones privadas en la biblioteca fuera del horario de atención e intervenciones preferenciales en clase.
El decano se detuvo en seco, arrugando el entrecejo. —¿A qué te refieres exactamente? ¿De quién estás hablando?
—De isabella—soltó Mina en un susurro cargado de veneno—. Es muy extraño, doctor. Pasa demasiado tiempo a solas con él y hay una familiaridad rara entre ambos. Varios compañeros han notado las miradas en el aula... Algunos insinúan que podría haber algo más que una simple relación entre alumno y profesor, o un favoritismo bastante sospechoso. Sería una lástima que la reputación del departamento se viera afectada.
El doctor Harrison ajustó sus anteojos, con la mirada ensombrecida por la gravedad de la acusación. —Las insinuaciones de ese tipo son sumamente graves, Mina. Investigaré el asunto de inmediato con el profesor Vance. Si hay alguna irregularidad o conflicto de interés, ten por seguro que tomaré cartas en el asunto.
Mina sonrió con satisfacción al ver al decano dirigirse a paso firme hacia el despacho de Gabriel
Mientras tanto, ajena al veneno que se esparcía por la facultad, llegué al departamento de mi tío al caer la noche. El lugar olía a comida casera y la luz cálida de la sala me dio una pequeña sensación de paz.
Sebastián estaba en el sillón revisando unos documentos, pero Gabriel no estaba por ninguna parte.
—Hola,isabella—saludó mi tío levantando la vista y sonriéndome—. ¿Cómo estuvo tu día en la universidad?
—Bastante largo, pero productivo —respondí, dejando mi bolso sobre la barra—. La sesión en la biblioteca no fue el desastre que esperaba.
—Me alegra escuchar eso —dijo Arthur suspirando con alivio—. Hablé con Gabriel esta tarde antes de que se fuera a su oficina. Me prometió que mantendría el profesionalismo.
En ese momento, la puerta principal del departamento se abrió de golpe. Gabriel entró, pero su semblante no era el del hombre agotado de la mañana: su rostro era una máscara de absoluta furia, su mandíbula estaba apretada y sus ojos oscuros echaban chispas.
Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y arrojó el maletín sobre la mesa del recibidor.
—¿Sucedió algo en el despacho? —preguntó sebastian levantándose de inmediato al notar la actitud de su amigo.
Gabriel no miró a sebastian. Su mirada se clavó directamente en mí, fría y acusadora, como si quisiera atravesarme.
—Sucedió que acabo de salir de una reunión de una hora con el decano Harrison —dijo Gabriel con una voz peligrosamente baja y rasposa—. Alguien en la facultad fue a poner una queja formal. Insinuaron que tenemos una "relación impropia" y que te estoy dando un trato de favor a cambio de... algo más.
El aire se congeló en la sala. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el color se me escapaba por completo del rostro.
—¿Qué? —susurré, incrédula.
—El decano está revisando mi expediente y amenazó con suspender el seminario si encuentra cualquier indicio de conflicto de interés —continuó Gabriel , dando un paso hacia mí con los puños apretados—. Te dije desde el primer día que esto no podía pasar. Te advertí que cualquier rumor arruinaría mi carrera y la tuya.
—¡Yo no dije nada! —estalló la rabia en mi pecho, dando un paso al frente para encararlo—. ¡Jamás le he dicho a nadie quién eres ni dónde vivo! ¡Ni siquiera a Sophie!
—¡Pues alguien nos vio en la biblioteca esta mañana y sacó sus propias conclusiones! —retumbó la voz de Gabriel por todo el departamento—. ¡Y ahora mi reputación profesional está en la cuerda floja por tu culpa!
—¡Basta los dos! —intervino Sebastián interponiéndose entre nosotros, mirando a Gabriel con severidad—.Gabriel , cálmate y piensa con cabeza fría. Isabela no haría algo así.
—¡No me pidas que me calme,sebastian! —espetó gabriel, rozando el límite de su paciencia—. Si la junta directiva abre una investigación formal, el escándalo nos va a arrastrar a todos. Y todo porque el destino decidió cruzarte en mi camino.
La acusación me dolió más de lo que quise admitir. Sentí la quemazón de las lágrimas rozando mis ojos, pero apreté los dientes y me rehusé a llorar frente a él.
—Tienes razón, profesor Vance —dije con la voz temblando de furia e impotencia—. El destino cometió un gran error. Pero no te preocupes por tu preciosa reputación: mañana mismo hablo con el decano y me doy de baja de tu maldita clase.