El eco de las palabras de gabriel aún resonaba en el pasillo. La puerta del decanato permanecía cerrada mientras Mina explicaba la verdad al doctor Harrison.
Su mano finalmente soltó mi muñeca, pero el calor de su toque permaneció grabado en mi piel. Me quedé observándolo, intentando procesar el cambio drástico en su actitud. El hombre implacable, arrogante y distante acababa de defender mi permanencia en la universidad frente a todos.
—No tienes que retirarte de la materia —dijo gabriel en voz baja, rompiendo el silencio—. Tu expediente queda limpio y el decano archivará el reporte de Mina.
—Aun así, fuiste injusto anoche —respondí, dándole la espalda para caminar lentamente hacia las escaleras principales del edificio—. Asumiste lo peor de mí sin dudarlo un segundo.
Gabriel aceleró el paso para ponerse a mi lado. Bajamos los escalones en silencio hasta salir a la plaza central de la universidad. El aire fresco de la tarde neoyorquino movía las hojas secas del parque, y el ruido de la ciudad parecía distante.
—Lo sé —admitió, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo mientras caminábamos uno al lado del otro—. Cuando Harrison me llamó a su oficina, sentí que perdía el control de la situación. Trabajo duro para mantener una reputación impecable, y la sola idea de un escándalo me cegó.
—No eres el único que tiene cosas que perder, gabriel —lo detuve en seco en medio de la plaza—. Yo perdi a mis padres hace una semanas. Lo único que me queda es terminar esta carrera y demostrarme a mí misma que puedo salir adelante. No necesito que me facilites las cosas, pero tampoco voy a tolerar que me trates como si fuera un estorbo en tu vida o en la de sebastian.
Gabriel me miró fijamente. Por primera vez desde que lo conocí, la máscara de hielo que solía llevar se quebró por completo. Sus ojos oscuros reflejaban algo muy cercano a la culpa y un matiz de admiración contenido.
—No eres un estorbo —dijo con una firmeza silenciosa que me tomó por sorpresa—. De hecho... eres de las estudiantes más brillantes que he tenido en años. Y en la casa... solo intentaba mantener una distancia que claramente no supe manejar.
Guardé silencio, sorprendida por sus palabras.
—Vamos a casa —continuó gabriel, indicando con un gesto suave el camino hacia la avenida principal—.sebastian organizó una cena de verdad para disculparse por el desastre de anoche. Y esta vez prometo no arruinar la comida.
Una pequeña sonrisa involuntaria se me escapó de los labios. —Más te vale, profesor Vance.
Al regresar al departamento al anochecer, la atmósfera era completamente distinta. Sebastian nos recibió con un abrazo cálido y un alivio evidente al ver que la tormenta había pasado. La cena transcurrió en tranquilidad; gabriel se mantuvo sereno, participando en la conversación con modales impecables y dedicándome miradas discretas que ya no transmitían odio ni desafío, sino una complicidad nueva y peligrosa.
Tarde en la noche, cuando el departamento quedó en penumbra y sebastian ya se había retirado a descansar, salí a la cocina por un vaso de agua.
Gabriel estaba de pie junto al gran ventanal de la sala, observando las luces de Manhattan con una copa en la mano. Se había quitado el saco y llevaba los primeros botones de la camisa desabrochados.
—Pensé que ya estabas durmiendo —murmuró sin girarse, sabiendo exactamente que era yo por el sonido de mis pasos.
—No podía dormir —respondí, acercándome un par de pasos a la cristalera—. Gracias por lo de hoy. Por enfrentar a Mina y aclarar las cosas con el decano.
Gabriel se giró despacio, recortando la distancia entre los dos hasta quedar a solo unos centímetros. La luz de la ciudad dibujaba sombras en su rostro y el ambiente entre nosotros se volvió denso, sofocante, cargado de una tensión completamente diferente a la rabia.
—No tienes nada que agradecer, Isabella—dijo en un susurro profundo, pronunciando mi nombre por primera vez desde que lo conocí—. De ahora en adelante, las cosas van a ser distintas.
—¿Distintas cómo? —pregunté con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—En que ya no puedo fingir que eres solo una alumna más en mi salón —contestó, fijando su mirada en mis labios por un segundo eterno antes de dar un paso atrás—. Ve a descansar. Mañana tenemos clase.
Se giró y caminó hacia su habitación, dejándome a solas en la sala con el pulso acelerado y la certeza absoluta de que el verdadero conflicto entre nosotros apenas estaba comenzando.
La declaración implícita de gabriel en la sala se quedó grabada en mi cabeza durante todo el fin de semana. "Ya no puedo fingir que eres solo una alumna más". Esa frase flotaba en el aire como una advertencia. El problema era que yo no podía darme el lujo de ceder a esa tensión. No después de la muerte de mis padres, no tras haber acariciado el peligro de perder mi carrera por un chisme y, definitivamente, no viviendo bajo el mismo techo.
Tomé una decisión drástica: erigir una muralla entre los dos.
A partir del lunes, mi rutina cambió por completo. Me levantaba antes de que saliera el sol para salir del departamento cuando él apenas despertaba. Si gabriel estaba en la sala por la tarde, me limitaba a un asentimiento educado y me encerraba en mi habitación a estudiar. Cuando cenábamos junto a mi tío Sebastián, mantenía una amabilidad neutral, reservada y fría, respondiendo únicamente a las preguntas de mi tío y evitando cruzar la mirada con gabriel.
En la universidad, llevé la regla al límite y así seguí mi rutina durante tres semanas
Durante el seminario de los miércoles, me senté en la primera fila, con la postura erguida y la libreta abierta. Cuando llegó el momento de participar, levanté la mano con absoluta calma.
—Profesor Vance —dije, usando un tono formal, profesional y desprovisto de cualquier matiz de complicidad.
Gabriel se detuvo a mitad de su explicación. Al escuchar el título con el que me dirigía a él, apretó ligeramente la tiza entre sus dedos. Sus ojos oscuros me analizaron con atención antes de asentir de forma casi imperceptible.