El Secreto Prohibido

Muros de Hielo

El viernes a las siete cincuenta y cinco de la mañana, la Biblioteca Central estaba envuelta en un silencio sepulcral.

Llegué cinco minutos antes, tomé la misma mesa del segundo piso y coloqué sobre el roble mi computadora, una pila de carpetas perfectamente ordenadas y una copia impresa de mi borrador de cincuenta páginas. Mi estrategia era infalible: ni un solo gesto personal, ni un comentario fuera de lo estrictamente universitario, ni una mirada que durara un segundo de más.

A las ocho en punto, los pasos firmes de Gabriel resonaron por el pasillo de madera.

Se presentó con su impecable traje gris, pero su semblante delataba una tensión acumulada. Llevaba días intentando cruzarse conmigo en los pasillos del departamento o en la cocina, pero yo me había vuelto un fantasma profesional.

—Buenos días, profesor Vance —saludé en cuanto se acercó a la mesa, manteniendo la espalda recta y la voz limpia de cualquier emoción.

Gabriel se detuvo un instante antes de jalar la silla frente a mí. Me miró fijamente, buscando en mis ojos alguna grieta, una chispa del desafío de antes o un vestijo de la complicidad de aquella noche junto al ventanal. No encontró nada más que una frialdad educada.

—Buenos días, señorita —respondió en un susurro grave, dejando caer su carpeta con un golpe controlado.

—Aquí tiene el avance correspondiente al marco teórico —dije, deslizándole las hojas por la mesa sin que nuestros dedos llegaran a rozarse—. Incluí las correcciones que sugirió sobre el contexto histórico y sinteticé las citas de la nota al pie.

Gabriel tomó el documento en silencio. Sacó su bolígrafo de tinta negra y empezó a revisar página por página.

Durante cuarenta minutos, el único sonido fue el crujido del papel y el rasguño de su pluma marcando observaciones. Yo me dediqué a teclear en mi computadora, fingiendo una concentración absoluta, aunque podía sentir el peso de su presencia al otro lado de la mesa. Cada vez que pasaba una página, su mirada se desviaba hacia mí por encima de las hojas, esperando una reacción que no le iba a dar.

—El capítulo tres tiene un análisis de citas extraordinario —admitió finalmente, rompiendo el silencio sin levantar la cabeza—. Tu redacción ha mejorado de manera notable en pocos días.

—Gracias, profesor. Me he enfocado exclusivamente en la materia.

Gabriel dejó el bolígrafo sobre la mesa con una lentitud calculada. Apoyó los antebrazos sobre el roble y se inclinó levemente hacia adelante, reduciendo el espacio entre los dos.

—¿Te vas a pasar todo el semestre hablándome como si fuera un expediente judicial? —preguntó en voz muy baja, con un matiz de frustración rasposa que no pudo ocultar.

Ni siquiera parpadeé. Mantuve la mirada fija en su rostro, absolutamente serena.

—Le hablo como la alumna que soy y con el respeto que merece el titular de esta cátedra, profesor Vance —respondí tranquilamente—. Me parece que es la mejor manera de asegurar que no vuelvan a surgir rumores ni malos entendidos en el departamento de la facultad.

Gabriel entornó los ojos, apretando la mandíbula con fuerza. Mi respuesta era tan impecable que no le dejaba espacio alguno para protestar. Si intentaba derribar mi muro, estaría admitiendo abiertamente que quería algo más que una relación académica.

—Entiendo —murmuró, echándose hacia atrás en la silla y cruzándose de brazos—. Así que esa es tu estrategia. Distancia profesional absoluta.

—Es el estándar que usted mismo exigió el primer día de clases, si no me equivoco —rematualmente con una sonrisa helada.

Gabriel soltó un largo suspiro amargo y miró hacia el ventanal de la biblioteca durante unos segundos antes de volver a tomar sus papeles.

—Bien. Si así es como quieres jugar esto, nos apegaremos al reglamento al pie de la letra —dijo, firmando la hoja de revisión con trazos firmes y secos—. El trabajo está aprobado para la siguiente fase. Puedes retirarte.

—Muchas gracias, profesor. Con permiso.

Acomodé mis pertenencias en la mochila con movimientos tranquilos, me la colgué al hombro y me puse de pie. Le dediqué una cortes inclinación de cabeza y caminé hacia las escaleras con paso firme.

Desde la barandilla del segundo piso, antes de doblar el pasillo, eché un vistazo rápido hacia atrás. Gabriel seguía sentado a la mesa, solo, observando fijamente el espacio vacío que yo acababa de dejar, con el rostro ensombrecido por una mezcla de rabia e impotencia.

El juego había cambiado. Había logrado marcar la distancia, pero la tensión acumulada entre los dos amenazaba con estallar en el momento menos pensado.

El ambiente en el departamento durante el fin de semana se sentía como una calma chicha. Sebastian había pasado la mañana preparando la cena antes de su viaje de trabajo a Chicago, contento de ver que la convivencia en la casa finalmente parecía estable y sin discusiones acaloradas.

Al sentarnos a la mesa, el vapor del estofado llenaba el comedor. Gabriel vestía una camisa blanca casual con las mangas arremangadas, manteniendo una serenidad calculada. Durante toda la semana había tenido que tragarse la distancia profesional que le impuse en la universidad, pero en la casa mantenía una mirada atenta sobre cada uno de mis movimientos.

—Tengo un anuncio que hacer —dije en medio de la cena, dejando los cubiertos sobre la servilleta y mirando directamente a mi tío.

Sebastian levantó la vista, curioso. Gabriel suspendió la copa de vino a medio camino, fijando sus ojos oscuros en mí.

—Dime,Isabella. ¿Pasa algo? —preguntó sebastian con una sonrisa cálida.

—Conseguí un trabajo de medio tiempo para las tardes —anuncié con orgullo—. Es en una cafetería muy bonita a unas calles de Washington Square. Cubriré el turno de cuatro a ocho de la noche, de lunes a viernes.

El ceño de gabriel se frunció al instante. Bajó la copa a la mesa con un golpe seco.

—¿Trabajar? —intervino gabriel con tono severo—. Tu único compromiso este semestre debería ser terminar el borrador de tu ensayo. Trabajar cuatro horas diarias en tu último año solo va a restar tiempo a tus lecturas.




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