Sentí cómo la luz se apagaba dentro de mí.
No fue de golpe.
Fue lento. Cruel.
Como si alguien hubiera cerrado mis ojos desde adentro.
Lo último que recuerdo fueron esos ojos.
No gritaban.
No lloraban.
Solo miraban... como si supieran lo que iba a pasar.
Después, el vacío.
Desperté jadeando.
El techo blanco me resultó insoportable. El pitido constante de las máquinas se clavaba en mi cabeza como agujas. Quise moverme, pero mi cuerpo no respondió.
Entonces los vi.
Mis padres.
Llorando.
Fue ahí cuando lo entendí: algo estaba terriblemente mal.
-¿Papás...? -mi voz no sonaba como mía-. ¿Qué pasa?
Mi madre sonrió, pero sus ojos estaban rotos.
-Tranquila, hija... estás a salvo.
A salvo.
Esa palabra no significó nada cuando el médico habló.
Dos años.
Dos años dormida.
Dos años muerta para el mundo.
Mientras él hablaba, yo solo pensaba en una cosa:
¿Quién fui durante ese tiempo?
Lloré.
No por el dolor físico.
Sino porque sabía que la persona que se había ido... no había vuelto conmigo.
No podía caminar.
No podía sostenerme.
Dependía de todos.
Y odié eso.
Días después...
El espejo me devolvió una imagen que no reconocí.
Era hermosa.
Demasiado.
Pero mis ojos...
mis ojos estaban vacíos.
-Hija, ¿qué haces? -preguntó mi madre.
-Intento encontrarme -respondí sin dejar de mirarme.
No me encontré.
Solo vi a alguien nuevo ocupando mi lugar.
Las terapias fueron una tortura.
Cada paso dolía.
Cada caída humillaba.
Pero el verdadero dolor no estaba en mis músculos, sino en mi cabeza.
Porque mientras mi cuerpo sanaba, algo más crecía en mí.
Rabia.
Frustración.
Sed.
Recordaba risas.
Miradas.
Palabras que me hicieron sentir pequeña.
Y entonces nació una promesa silenciosa:
Nunca más.
No iba a volver a ser débil.
No iba a volver a suplicar.
Iba a devolver cada herida.
Meses después...
Caminaba erguida.
Sonreía mejor.
Aprendí a parecer perfecta.
Maquillaba mis inseguridades.
Vestía mi nueva piel como una armadura.
La universidad ya estaba decidida.
No por sueños.
No por futuro.
Sino por ellos.
Ahí estaban todos los nombres que aún me quemaban la memoria.
Y ahí iba a empezar todo.
A veces, antes de dormir, esos ojos regresaban.
No recordaba su rostro.
Solo la sensación.
Calidez.
Protección.
Era extraño...
En medio de tanta oscuridad, él era lo único que no me daba miedo.
Pero no confiaba en eso.
Porque incluso la luz puede mentir.