Al final, tanto esfuerzo dio sus frutos.
Entré a la universidad.
Y con ese paso, comenzó todo.
Desde el momento en que crucé la entrada del campus, sentí las miradas clavarse en mí como agujas. No sabía si me juzgaban o me admiraban, pero ya no me importaba. Algo había cambiado dentro de mí. El miedo que antes me paralizaba había desaparecido, reemplazado por una sensación peligrosa, deliciosa... de superioridad.
No era arrogancia.
Era certeza.
Caminé con calma, como si ese lugar me perteneciera, y entonces la vi.
A ella.
La chica que fingió ser mi amiga. La que me apuñaló por la espalda con una sonrisa dulce. Su apariencia había cambiado, sí, pero su esencia seguía intacta: falsa, desagradable, podrida por dentro.
Y a su lado estaba él.
No necesitaba describirlo demasiado. Bastaba verlo correr para entenderlo todo: atleta, fuerte, seguro de sí mismo. El capitán. El tipo de chico que todos admiran y todas desean. Y como si el destino quisiera burlarse de mí... era su novio.
Al verlo, una sonrisa imperceptible se formó en mis labios.
Sentí satisfacción.
Sentí poder.
En ese preciso instante tomé una decisión:
ese chico sería mío.
No por amor.
No por deseo.
Sino porque podía serlo.
Seguí caminando sin apartar la mirada de él, hasta que finalmente nuestros ojos se encontraron. Mi corazón no se aceleró; al contrario, se calmó. Me sentí cómoda. Segura. Y entonces noté que no solo él me observaba... ella también.
La miré directamente y le regalé una sonrisa lenta, macabra.
No hacía falta decir nada.
El mensaje era claro:
lo tuyo será mío. Todo.
Llegué al salón correspondiente, aunque estaba un año atrasada. No pasó mucho tiempo antes de que varios chicos se me acercaran con la excusa más predecible del mundo: querían ser mis amigos. Antes, los habría rechazado. Ahora no.
Los acepté.
Todos podían ser útiles.
Durante el receso, el destino volvió a sonreírme.
Lo vi caminando solo.
Ajusté el ritmo de mis pasos y, justo al pasar a su lado, fingí tropezar. Mis libros cayeron al suelo de forma dramática. Él reaccionó de inmediato, agachándose para ayudarme.
-¿Estás bien? -preguntó.
-Sí... estoy bien. ¿Y tú?
-Nunca había estado mejor.
-¿Por qué lo dices?
-Jamás había visto una obra de arte.
-Y yo nunca había visto a un chico tan guapo -respondí sin dudar.
Se sonrojó.
Perfecto.
-Jaja... mucho gusto, soy Matt.
-Luisa -dije-, mucho gusto.
-¿Ya te había visto antes, verdad?
-Sí, en el campus.
-Entonces no estaba equivocado.
-No lo estabas.
-Espero verte pronto, Luisa. Me voy.
-Está bien.
Lo observé alejarse con una sonrisa tranquila, calculada.
Lo que Matt no sabía...
era que desde ese momento su vida ya estaba entrelazada con la mía.
Mucho más de lo que él imaginaba.
Mucho más de lo que ella podría soportar.
Y el plan...
apenas estaba comenzando.