Llegó un nuevo día, y yo ya había calculado todo lo relacionado con Matt.
No era curiosidad ni obsesión. Era estrategia. Sabía sus pasatiempos, sus rutinas, con quién hablaba y por dónde solía caminar. Cada movimiento suyo encajaba en un esquema claro. Nada quedaba al azar.
Llegué al colegio y pasé justo por su lado, tal como lo había previsto.
—Hola, Luisa —dijo—. Qué casualidad que nos encontremos.
—Hola, Matt —respondí—. Es verdad… debe ser el destino.
Destino.
Qué palabra tan conveniente.
Caminamos unos segundos en silencio. Sentía su mirada de reojo, intentando descifrarme.
—¿Vas a entrenar? —pregunté, como si no supiera la respuesta.
—Sí. ¿Y tú?
—Tengo clase… aunque no tengo prisa.
Sonrió.
—¿Te molesta si camino contigo un rato?
—Claro que no —dije—. Me agrada la compañía.
No necesitaba pensar en lo que él sentía. Eso no importaba.
Lo importante era lo que yo provocaba.
Sabía cuándo acercarme y cuándo detenerme. Yo marcaba el ritmo. El silencio hacía el resto.
—¿Siempre caminas por aquí? —pregunté.
—Casi siempre. Me despeja.
—Es un buen lugar para perderse… o para encontrarse.
Me miró.
Lo sentí.
Me detuve de golpe.
—Aquí me quedo. Tengo clase.
Pareció sorprendido.
—Entonces… nos vemos luego.
—Seguro que sí, Matt. Este campus no es tan grande.
Me fui sin mirar atrás. No quedarme era parte del plan.
Durante el día aparecí solo lo necesario. A veces cerca. A veces lejos. En el receso pasé frente a él y su novia. No los miré, pero supe que él sí me había visto. Ella, en cambio, me observó con desconfianza.
Yo seguí caminando tranquila.
Al final del día, escuché mi nombre.
—Luisa.
Me giré despacio.
—¿Te gustaría estudiar algún día juntos? —preguntó, fingiendo casualidad.
—Tal vez —respondí—. Depende de qué tan interesante sea la compañía.
Sonreí y me fui.
El pasillo estaba casi vacío.
Lo había calculado.
Sentí sus pasos detrás de mí.
—Luisa.
Me detuve y chocó suavemente conmigo. Los libros cayeron. Otra casualidad ensayada.
Nos agachamos al mismo tiempo. Nuestros dedos se rozaron al tomar el mismo cuaderno. No retiré la mano de inmediato.
—No pasa nada —murmuré—. A veces hay choques inevitables.
Nos levantamos. Estábamos demasiado cerca. Yo di un paso atrás cuando quise.
—Gracias —dije—. Siempre apareces justo a tiempo.
No era un halago.
Era una afirmación.
—¿Vas a entrenar?
—Sí…
—Yo tengo planes.
Él era uno de ellos.
—Nos vemos, Matt.
—Nos vemos.
Di unos pasos y añadí, sin girarme del todo:
—No todo el mundo merece saberlo todo de mí.
—Solo los que saben observar.
Sonreí y me fui.
Porque no necesitaba apresurar nada.
Ni competir.
Ni demostrar.
Ella podía llamarse su novia.
Podía tomarlo de la mano.
Podía besarlo en público.
El control no está en quien grita “es mío”.
Está en quien no necesita decirlo.
Y ese…
ya era mío.