El segundo latido

Capitulo 5:condiciones

No iba a hablarle de sentimientos.
Ni de nosotros.
Solo del plan de estudios.
Lo vi en el pasillo, caminando hacia mí, solo. Todo estaba calculado: la hora, el lugar, incluso el ritmo de mis pasos. Cuando abrí la boca para llamarlo, alguien más llegó primero.
Ella.
Lo tomó del brazo con fuerza, como si temiera que se le escapara, y lo besó delante de mí.
No fue un beso rápido ni inocente. Fue largo, apasionado, provocador. Uno de esos besos que no se dan por amor, sino por miedo a perder.
Matt tardó en reaccionar.
Ese segundo lo dijo todo.
Yo no bajé la mirada. No mostré sorpresa. No retrocedí.
-Luego te hablo del plan -dije con calma, cerrando mi cuaderno.
Me fui sin prisa.
Porque quien se queda mirando... pierde.
Esa tarde lo esperé donde sabía que iría.
La biblioteca estaba casi vacía. La lluvia golpeaba suavemente los ventanales y el silencio era exacto, incómodo, perfecto. Yo ya estaba sentada cuando lo vi entrar. Dudó un instante antes de acercarse.
-Pensé que no vendrías -dijo. -Yo sabía que sí -respondí.
Abrí mis apuntes, como si nada más importara.
-El plan de estudios es pesado -dije-. Si no sabes organizarte, te consume.
No respondió de inmediato. Sentí su presencia acercarse, lenta, cuidadosa. Cerré el cuaderno cuando lo tuve lo suficientemente cerca.
Entonces pasó.
Matt se inclinó despacio, como si me estuviera dando tiempo de detenerlo. No lo hice. Sus labios tocaron los míos con suavidad al principio, casi preguntando. Yo le seguí el beso. Sin apuro. Sin perder el control.
Fue él quien se dejó llevar primero.
Tomé su camisa y lo guié hacia atrás hasta hacerlo sentarse -no, acostarse- sobre uno de los sillones. Me moví con calma, colocándome sobre él, manteniendo su mirada fija en la mía. Toda su atención estaba ahí. En mí.
Seguí besándolo, marcando el ritmo, dejando claro quién decidía cada segundo.
Mientras me movía sobre él, despacio, me acerqué a su oído.
-No confundas esto -susurré-. Que te siga no significa que mandes.
Me incorporé apenas, lo suficiente para que me viera.
-Yo decido cuándo -continué-. Yo decido cómo.
Sus manos se movieron más de lo que yo había permitido.
Y entonces, paré.
Me levanté con la misma tranquilidad con la que había empezado. Me acomodé la ropa, serena, intacta, como si nada se hubiera salido de control.
Porque no se había salido de control.
Me incliné solo un poco y dejé un beso suave en su mejilla.
-Ahora sí -dije-. Seguimos con el plan de estudios... otro día.
Tomé mis cosas y me alejé sin mirar atrás.
Porque provocar es fácil.
Encender es sencillo.
Pero enseñar límites...
Eso requiere poder.
Y el poder, esa tarde, seguía siendo mío.




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