Volviendo a casa, sentí una mirada demasiado insistente.
No era normal. No era casual.
Un escalofrío me recorrió la espalda y, al fondo de la calle, lo vi. Un chico apoyado en la sombra, como si la noche misma lo hubiera reclamado. Era inquietantemente hermoso. Sus ojos, de un extraño color perla, se clavaron en mí con una intensidad que me dejó sin aire. Sonreía como si aquello que llevaba tanto tiempo buscando, por fin, lo hubiera encontrado.
Aceleré el paso y pasé a su lado sin mirarlo.
Error.
De pronto, su mano atrapó mi muñeca.
—¿Quién eres? —pregunté, intentando zafarme.
—Veo que has cambiado —dijo con una calma que me irritó.
—No sé de qué me hablas.
Se acercó a mi rostro, quedando a apenas unos centímetros. No me tocó, pero su cercanía fue suficiente para desestabilizarme. Sentí su respiración, su atención completa sobre mí.
—Yo creo que sí sabes de qué te hablo.
Lo empujé con fuerza.
—¿Quién carajos te crees?
Su sonrisa se ensanchó, lenta, peligrosa.
—No lo sé —respondió—. Dime tú quién crees que puedo ser… y quizá te satisfaga la respuesta.
Soltó mi muñeca y dio un paso atrás, sin dejar de mirarme.
Algo en mi pecho se tensó.
—Espera —dije sin pensarlo.
Se detuvo. No se giró de inmediato, como si disfrutara saber que lo había llamado.
—Sabía que no ibas a dejarme ir —murmuró.
—No te creas tan importante. Solo quiero respuestas.
Ahora sí se volvió. La luz de la farola marcó su rostro, sus facciones perfectas, esa mirada que parecía desnudarme. Avanzó hasta que mi espalda chocó con la pared.
—Las respuestas siempre tienen un precio —dijo, apoyando una mano a mi lado, sin tocarme—. Y tú… ya empezaste a pagarlo.
—¿Pagando qué?
Sus ojos bajaron a mis labios apenas un segundo.
—Tu atención. Tu miedo. Tus ganas de huir… y de quedarte.
Rozó mi muñeca de nuevo, lento, casi cuidadoso. Mi pulso se disparó.
—Aún no —susurró, apartándose—. Pero pronto.
Y desapareció entre la gente.
Esa noche no pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, su mirada regresaba. No como un recuerdo… como una presencia.
Entonces soñé.
La misma calle, más oscura, más silenciosa. Las farolas parpadeaban. Yo no tenía miedo. Estaba esperando.
—Siempre finges que no me recuerdas —dijo su voz a mi espalda.
Me giré. Estaba ahí. Más cerca.
—Esto no es real —susurré.
—Los sueños nunca lo son —respondió—. Pero dicen la verdad.
Se acercó sin tocarme. Su mano levantó mi mentón con dos dedos.
—Me prometiste que no volverías —dije, sin saber por qué.
—Y tú prometiste no olvidarme.
Se inclinó hasta quedar a un suspiro de mis labios. No me besó.
—Despierta —susurró—. Aún no estás lista.
Abrí los ojos de golpe.
Mi corazón latía desbocado. En mi muñeca, justo donde él me había tocado, la piel ardía. Me levanté y fui al espejo: una marca tenue, casi invisible.
—Yo no te conozco —me dije.
Una corriente de aire movió las cortinas.
—Mientes muy mal.
Me giré.
Estaba en mi habitación, apoyado en la pared, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Sus ojos perla brillaban bajo la luz de la luna.
—¿Cómo entraste aquí?
—Nunca me fui —respondió—. Solo estabas dormida.
Se acercó despacio, deteniéndose frente a mí.
—Dime la verdad —exigí—. ¿Quién eres?
Rozó mi mejilla con los nudillos. Su contacto fue suave… íntimo.
—Soy el error que enterraste —susurró—. El nombre que olvidaste para poder seguir viva.
—Entonces dime por qué volviste.
Su sonrisa fue lenta, peligrosa.
—Porque tú me llamaste…
aunque aún no lo recuerdes.
Y en ese instante supe que nada, absolutamente nada, volvería a ser igual.