El Sello: La Rebelión De Los Caídos

Capítulo 3: La Reliquia Perdida

Año 9.595 N.E.

El aire en el interior del castillo de la Hermandad Adelfuns se había vuelto progresivamente más denso, no solo por la humedad marina que se filtraba por las antiguas piedras, sino por una tensión palpable que crecía con cada día que pasaba. Las decisiones de Ron, el nuevo Gran Maestro, antes meditadas y consultadas, ahora llegaban como edictos, a menudo emitidos desde la soledad de la biblioteca secreta, un lugar que se había convertido en su fortaleza y, para algunos, en su prisión autoimpuesta. Los ecos de su voz, cuando se dignaba a salir, resonaban con una autoridad que bordeaba la autocracia, y sus ojos negros, antes profundos y reflexivos, ahora a menudo brillaban con una intensidad febril que inquietaba a quienes lo conocían bien.

Markethe y Miachyv, los consejeros más cercanos a Ron junto con el ausente Valkano (quien había partido a una misión de reconocimiento en las costas de Epiro del Oeste por orden directa de Ron, una misión que a muchos les pareció innecesariamente arriesgada), intercambiaban miradas cada vez más cargadas de preocupación durante las escasas reuniones del consejo. Las nuevas directrices de Ron, centradas en un reforzamiento casi paranoico de las defensas de la isla y en la acumulación de recursos, comenzaban a generar fricciones con los preceptos tradicionales de equilibrio y discreción de la Hermandad.

—No lo entiendo, Miachyv —confesó Markethe una tarde, mientras ambos revisaban unos antiguos mapas estelares en una de las torres de estudio, lejos de la opresiva atmósfera que rodeaba los aposentos del Gran Maestro—. Ron siempre ha sido… intenso, sí, pero también justo. Ahora, parece que solo ve amenazas, que desconfía de todos. Las raciones se han reducido para los iniciados, los entrenamientos se han vuelto innecesariamente brutales… y esa obsesión suya con los textos del Sello…

Miachyv, alisando con cuidado un pergamino quebradizo que describía antiguas alineaciones celestiales, asintió lentamente, su rostro обычно impasible ahora marcado por una leve arruga de inquietud entre sus cejas blancas.

—La carga que ha asumido es inmensa, Markethe. El conocimiento del Séptimo Sello, incluso fragmentario como el que poseemos, es una espada de doble filo. El Gran Maestro anterior nos advirtió de su poder para perturbar la mente menos preparada. Y Ron… Ron siempre ha tenido una conexión con energías que otros apenas podemos percibir. Quizás esa conexión se esté volviendo… inestable.

—¿Inestable? —repitió Markethe, una sombra de temor en su voz—. O algo más. He intentado hablar con él, ofrecerle mi apoyo, pero es como hablarle a un muro de piedra. Sus ojos… a veces parece que no me reconoce, que ve a través de mí.

Impulsados por esta creciente alarma y por la sensación de que la información que les había proporcionado el Gran Maestro anterior sobre la verdadera situación del Sello Original había sido incompleta o deliberadamente velada por su enfermedad, Markethe y Miachyv decidieron emprender su propia investigación en los archivos más profundos y olvidados de la Hermandad, aquellos que ni siquiera Ron, en su actual reclusión, había explorado. Eran secciones de la biblioteca a las que solo se accedía mediante rituales de apertura que pocos conocían, lugares donde se guardaban los registros más peligrosos y las verdades más amargas de la larga historia de la organización.

Durante días, se sumergieron en legajos polvorientos, diarios de antiguos maestros, y crípticos anales que narraban la caída de Zalazar. Lo que descubrieron fue más perturbador de lo que habían imaginado. Zalazar no solo había creado una réplica; los textos más antiguos, aquellos que el Gran Maestro anterior quizás había querido protegerlos de conocer, sugerían que el propio Sello Original había sido arrancado de su lugar de custodia en una era remota, mucho antes de que la Hermandad Adelfuns tomara su forma actual, por una traición que había sacudido los cimientos mismos del orden cósmico. La Hermandad, en realidad, se había fundado sobre las cenizas de aquella catástrofe, con el juramento sagrado no tanto de "proteger" el Sello, sino de encontrarlo y asegurar que nunca más cayera en manos equivocadas. La Clave Sonora no era un medio para activarlo, sino una posible guía, una brújula en una búsqueda desesperada que había durado milenios. La revelación de que el Sello Original estaba verdaderamente perdido, y no simplemente "protegido de forma abstracta" como habían creído, los golpeó con la fuerza de un mazazo. Su misión, la misión de Ron, era infinitamente más vasta y peligrosa de lo que jamás habían concebido.

***

Mientras Markethe y Miachyv desenterraban estas amargas verdades, en los niveles superiores del castillo, un tipo diferente de descubrimiento estaba teniendo lugar, impulsado por la curiosidad juvenil y una serie de coincidencias que el destino parecía haber orquestado con esmero. El grupo más joven de la Hermandad –Valend, la resuelta hija de Ron, junto a su leal novio Ghon; el estudioso Quzury, con su mente siempre ávida de conocimiento; los temperamentales pero valientes hermanos Arnolf y Farani; y las recién llegadas pero ya integradas Citliali, Tina y Lys, las otras hijas de Ron, cada una con sus propios y emergentes poderes elementales– se encontraban a menudo juntos, compartiendo entrenamientos o simplemente buscando un respiro de la creciente tensión que emanaba de los altos mandos.

Mizarth Patmus, aunque no formaba parte de este grupo por edad o rango, a veces se cruzaba con ellos. Desde que habían identificado que había un artefacto antiguo y poderoso que podría ayudarlos, una extraña resonancia lo había perseguido. Era una vibración sutil, casi imperceptible para otros, pero para sus sentidos agudizados por la ceguera, era como un susurro constante en el borde de su percepción. Hoy, mientras pasaba cerca del pequeño arsenal donde Valend y Ghon practicaban, sintió esa resonancia intensificarse. Sus tambos, que llevaba siempre consigo, parecieron cobrar vida propia en sus manos, emitiendo un leve zumbido que solo él podía oír.




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