Año 9.595 N.E. (Dentro del Santuario de los Antiguos, en paralelo con la Prueba de Tierra)
Mientras Mizarth y Alcorth se enfrentaban a los enigmas de la tierra en la profundidad de su caverna de cuarzo, Alice Monërhalth y Ëadrail Adanahël cruzaron el umbral del portal que brillaba con una luz azul acuosa y fluctuante, como el reflejo del sol sobre la superficie de un océano insondable. La transición fue sutil pero desorientadora; el aire seco y frío de la cámara central fue reemplazado instantáneamente por una atmósfera cálida, húmeda y cargada con el aroma salobre del mar y el perfume dulzón y penetrante de una vegetación exótica y desconocida.
Se encontraron en lo que parecía ser el corazón de una vasta jungla subterránea. Una luz azulada y difusa, similar a la del portal que acababan de cruzar, se filtraba desde algún punto invisible en lo alto de la inmensa caverna, iluminando un paisaje de una belleza sobrecogedora y una amenaza latente. Árboles colosales, de troncos cubiertos de musgo fosforescente y hojas tan grandes como escudos, se elevaban hacia una oscuridad que el techo abovedado apenas dejaba entrever. Enredaderas gruesas como serpientes se entrelazaban entre las ramas, y flores de colores vibrantes e irreales –azules eléctricos, violetas profundos, naranjas ígneos– florecían en la penumbra, algunas emitiendo su propia y tenue luminiscencia. El sonido de agua corriendo, cascadas lejanas y el goteo constante desde las estalactitas que colgaban como dientes de cristal, llenaba el aire, mezclado con los susurros de la brisa y los extraños y distantes cantos de criaturas invisibles.
Un sendero apenas perceptible, cubierto de hojas húmedas y raíces retorcidas, se internaba en la espesura. No había señales ni indicaciones, solo la inmensidad de la jungla y la sensación opresiva de estar siendo observados.
—Esto es… extraordinario —murmuró Alice, sus ojos de científica brillando con una mezcla de asombro y aprensión. Activó los sensores de su brazalete multifunción, que comenzaron a registrar datos ambientales: alta humedad, niveles de oxígeno elevados, trazas de gases desconocidos. —¿Una biosfera completa y autosostenible bajo tierra? La tecnología o la magia necesaria para crear y mantener algo así es… inimaginable.
Ëadrail, a su lado, no compartía su entusiasmo científico. Sus sentidos de guerrero y su afinidad con las sombras estaban en alerta máxima. La belleza del lugar era innegable, pero también lo era el peligro que se ocultaba bajo su superficie exuberante. Cada sombra parecía moverse, cada susurro del viento podría ser una amenaza.
—No bajes la guardia, Alice —advirtió, su voz un murmullo grave—. Este lugar no es un jardín para el estudio. Es una prueba. Y el agua, aunque fuente de vida, también puede ser el más traicionero de los elementos.
Encontraron una tablilla de piedra similar a la que habían visto Mizarth y Alcorth, semioculta entre las raíces de un árbol nudoso. Sus inscripciones, también luminosas, parecían ondular como reflejos sobre el agua. Cuando Alice la tocó, las palabras se formaron en su mente con la misma claridad conceptual que Mizarth había experimentado.
“El agua nutre, el agua limpia, el agua refleja el alma. En sus profundidades yace la verdad de la compasión. Aquellos que demuestren un corazón noble y un espíritu generoso, encontrarán el camino. Aquellos cuyos corazones estén secos por el egoísmo o endurecidos por la crueldad, serán consumidos por la corriente. Vuestro camino es a través del bosque; vuestro tiempo, medido por las mareas invisibles de este lugar. Enfrentad lo que surja, pero recordad: la verdadera victoria no siempre se gana con la espada.”
—"Enfrentad lo que surja"... —repitió Alice, una sombra de inquietud en su voz—. Eso no suena muy tranquilizador. Y lo de "la verdadera victoria no siempre se gana con la espada"... ¿Qué se supone que significa?
Ëadrail se encogió de hombros, sus ojos grises ya escudriñando la espesura. —Significa que debemos esperar cualquier cosa. Y que la fuerza bruta podría no ser la respuesta.
Comenzaron a avanzar por el sendero, la luz azulada filtrándose a través del denso dosel de hojas creando un juego de luces y sombras que confundía la vista. El aire era cada vez más pesado, y los sonidos de la jungla se volvieron más cercanos, más definidos: el chasquido de ramas, el susurro de hojas, el gruñido gutural de alguna criatura invisible.
No tardaron en encontrar a los primeros "habitantes" del bosque acuático. De entre los helechos gigantes que flanqueaban el sendero surgió un oso pardo de un tamaño descomunal, sus pequeños ojos brillando con una furia rojiza, sus fauces babeantes dejando escapar un rugido que hizo temblar las hojas de los árboles.
Instintivamente, Alice comenzó a canalizar la energía eléctrica hacia su espada, preparándose para el combate, pero Ëadrail la detuvo con un gesto rápido.
—Espera. La tablilla… “no siempre se gana con la espada”.
El oso se abalanzó. Ëadrail reaccionó con una velocidad asombrosa. En lugar de desenfundar sus propias armas, extendió una mano y su poder de sombra fluyó, no como un ataque directo, sino como una nube de oscuridad densa y desorientadora que envolvió la cabeza del oso. El animal, cegado y confundido, se detuvo en seco, gruñendo y sacudiendo su enorme cabeza. Tras unos instantes de desconcierto, pareció perder interés en ellos y se internó pesadamente en la maleza, desapareciendo.
—Bien pensado —admitió Alice, bajando su espada lentamente, la crepitación eléctrica disipándose.
—Era una prueba de intención, creo —dijo Ëadrail—. Si hubiéramos atacado, quizás habría respondido con una furia incontenible.
Continuaron, y los encuentros se sucedieron. Una serpiente constrictora del grosor del muslo de un hombre se deslizó desde una rama, intentando enroscarse en Alice. Ella, recordando la lección del oso y sintiendo una oleada de su propio y extraño poder, no recurrió a la electricidad. En lugar de eso, extendió su mano y se concentró, no en la serpiente misma, sino en la energía vital que la animaba. Con un esfuerzo mental que la hizo sudar frío, "drenó" una pequeña porción de esa energía, no lo suficiente para dañarla seriamente, pero sí para provocarle una súbita y desconcertante debilidad. La serpiente, sintiéndose inexplicablemente lánguida, aflojó su agarre y se deslizó perezosamente hacia la seguridad de las sombras.
Un par de lobos grises, de ojos inteligentes y colmillos amenazantes, les cortaron el paso más adelante. Esta vez, Ëadrail optó por una ilusión: creó duplicados sombríos de sí mismo y de Alice que corrieron en direcciones opuestas, distrayendo a los lobos el tiempo suficiente para que ellos pudieran escabullirse por un sendero lateral.
Cada encuentro era un nuevo desafío a su ingenio y a su capacidad para encontrar soluciones no letales. Usaron el entorno a su favor, crearon distracciones, y en el caso de Alice, comenzó a experimentar con su poder de drenaje de formas más sutiles, aprendiendo a modularlo, a causar debilidad o confusión en lugar de un daño directo, aunque cada uso la dejaba con una sensación de frío interno y un leve mareo.
El bosque se volvía más denso, los senderos más confusos. La luz azulada disminuía, y las sombras se alargaban, volviéndose más profundas y amenazantes. Llegaron a un río subterráneo de aguas oscuras y turbulentas, y la única forma de cruzar era un puente de lianas y raíces que se balanceaba precariamente sobre la corriente.
Mientras cruzaban con sumo cuidado, una criatura emergió de las aguas con una explosión de espuma y un rugido ensordecedor. Era una especie de cocodrilo gigante, con escamas que brillaban como obsidiana húmeda y fauces capaces de partir un árbol de un solo mordisco. Esta vez, no había forma de evitar la confrontación. El puente era demasiado estrecho para maniobrar, y la bestia bloqueaba su avance.
—¡Creo que este sí quiere pelea! —gritó Alice, mientras el cocodrilo se abalanzaba sobre el puente, haciéndolo temblar violentamente.
Ëadrail desenfundó sus dos espadas cortas con la velocidad de un rayo. —¡Mantén el equilibrio, Alice! ¡Yo lo distraeré!
La lucha sobre el puente colgante fue una danza desesperada sobre el abismo. Ëadrail, con una agilidad increíble, esquivaba las dentelladas del monstruo, sus espadas buscando los puntos vulnerables en su gruesa coraza, mientras Alice intentaba mantener la estabilidad del puente y, al mismo tiempo, lanzaba descargas eléctricas hacia los ojos de la bestia, intentando cegarla o aturdirla.
En un momento, el cocodrilo logró atrapar una de las lianas principales del puente con sus fauces, comenzando a desgarrarla. El puente se inclinó peligrosamente.
—¡Vamos a caer! —exclamó Alice, aferrándose con todas sus fuerzas.
Fue entonces cuando Ëadrail vio una oportunidad. El monstruo, al tirar del puente, había expuesto una sección más blanda de su vientre. Con un grito de guerra, se lanzó hacia adelante, sus dos espadas brillando bajo la luz azulada. Se deslizó bajo la cabeza del cocodrilo y, con un movimiento ascendente, hundió ambas hojas en la carne vulnerable. La bestia soltó un chillido gorgoteante, su cuerpo convulsionándose, y con un último coletazo que casi los arrastra al río, se desplomó, hundiéndose lentamente en las aguas oscuras.
Exhaustos y empapados de sudor y agua del río, lograron llegar al otro lado. Estaban magullados, Alice con un profundo corte en el brazo que Ëadrail vendó con rapidez usando tiras de su propia túnica, pero vivos.
—Eso estuvo… demasiado cerca —jadeó Alice, apoyándose contra una roca.
Ëadrail asintió, limpiando la sangre negruzca del cocodrilo de sus espadas. —Parece que la no violencia tiene sus límites, incluso en una prueba de compasión.
Continuaron, el camino llevándolos a través de cuevas iluminadas por cristales fosforescentes y túneles donde el único sonido era el eco de sus propias pisadas y el goteo constante del agua. El tiempo, en aquel lugar subterráneo, parecía haberse detenido. No sabían si habían pasado horas o días. La fatiga comenzaba a hacer mella, y la constante tensión de no saber qué peligro les aguardaba en la siguiente sombra comenzaba a minar sus nervios.