Capítulo 37
Me obligué a ponerme una máscara de impasibilidad y calma. La vida callejera en Bogotá me había enseñado lo principal: si tienes frente a ti a un depredador, jamás demuestres que te tiemblan las rodillas.
—Nada en especial, Nicolás —mi voz sonó firme e incluso un poco indiferente, aunque por dentro todo se me encogía de terror—. Llamó el inspector Ramírez, solo precisó un par de detalles. La investigación sigue su curso. Y ahora discúlpenme, caballeros. La mañana ha sido demasiado pesada, me empezó a doler la cabeza; iré a descansar un poco y a tomarme una pastilla. Buen provecho a todos.
Sin esperar sus respuestas, di media vuelta sobre mis tacones y me alejé de la terraza a paso rápido. Sentía cómo cuatro pares de ojos me taladraban la espalda, pero no me giré ni una sola vez.
Tan pronto como estuve en mi dormitorio, cerré la puerta y pasé la llave en la cerradura. Solo entonces mis fuerzas se agotaron por completo; a duras penas llegué a la cama y me desplomé sobre ella. Me estremecía entera a causa de un fino escalofrío nervioso.
Dios mío... Dos disparos en la nuca.
Habían ejecutado a un hombre a sangre fría en cuestión de horas para que no tuviera tiempo de pronunciar una sola palabra. El autor intelectual había actuado sin piedad, como un rayo y con un profesionalismo aterrador. Aquel desconocido no solo disputaba la herencia de mi abuelo Carlos: ya había cruzado la frontera de la humanidad. Y ese monstruo estaba sentado ahora mismo allá abajo, a mi mesa, bebiendo vino de mis copas y fingiendo ser un caballero educado.
¡¿Quién de ellos?!
¿Mateo? ¿Con su enfermiza prepotencia, su codicia y su pánico por arrebatar el control del imperio Montalvo?
¿Santiago? ¿Quien estaba acostumbrado a arrasar con todo a su paso y a manipular a la gente por el rating y el poder?
¿Luis Fernando? ¿Acaso era de verdad tan despreocupado y sincero como aparentaba al lado de Selena, o aquello era solo una tapadera perfecta?
¿O Nicolás? El intachable abogado que conoce las leyes tan a fondo que sabe cómo burlarlas impunemente.
Alcé los ojos y miré hacia el rincón de la habitación donde apenas esa mañana descansaba mi retrato floral. Ahora estaba vacío. El retrato que Emilio había hecho se encontraba en el taller de conservación botánica, petrificándose en resina transparente, y ante aquel vacío en la habitación sentí la soledad de un modo punzante. Anhelaba con locura que Emilio estuviera aquí. Necesitaba su mirada leal y su seguridad. ¡Quería besarlo, maldita sea!
***
Pasó una semana.
Aquella semana se convirtió en una auténtica pesadilla silenciosa para nuestra hacienda, pues la atmósfera en la casa era densa y tensa, como antes de una tormenta.
La policía no nos quitaba los ojos de encima. Los oficiales del inspector Ramírez montaban guardia las veinticuatro horas junto a los portones de la hacienda, y agentes vestidos de civil patrullaban el terreno constantemente. Los investigadores revisaban metódicamente todo lo concerniente tanto a los antiguos habitantes de la propiedad como a los recién llegados, mis pretendientes: sus llamadas, sus cuentas bancarias y toda clase de contactos. Sin embargo, el culpable era astuto como el diablo, pues por ahora no se encontraban pruebas directas y la tensión entre mis pretendientes no dejaba de aumentar. Mateo rondaba por la hacienda más sombrío que una nube de tormenta. Tras mi negativa a apresurarme con la boda, su petulancia engreída disminuyó un poco, dando paso a una aguda crispación. Se encerraba todo el tiempo en su habitación, le gritaba por teléfono a sus corredores de bolsa y visitaba con cada vez mayor frecuencia el bar de don Bernardo en busca de whisky. Santiago tampoco se despegaba de su teléfono inteligente ni un solo segundo. El escándalo en torno al atentado en el festival, del cual la prensa se hacía eco a gran escala, lo colocó también en el ojo del huracán del crimen, y el magnate de los medios enfurecía al ver que los periodistas empezaban a hacerle preguntas incómodas sobre su permanencia en la hacienda Montalvo. Luis Fernando era casi el único que se mantenía al margen de toda aquella locura de manera ostensible. Pasaba casi todo el tiempo junto a la piscina o en el jardín, y yo notaba cada vez más cómo él y Selena conversaban en voz baja mientras paseaban por los senderos de la propiedad, perdiéndose a menudo entre la vegetación del jardín, donde seguramente se besaban a escondidas. Selena florecía a su lado y en sus mejillas asomaba un suave rubor cada vez que hablábamos de Luis Fernando. Me alegraba de corazón por mi amiga, pero muy en el fondo de mi alma ahora no dejaba de hacerme una inquietante pregunta: ¿no estaría utilizando aquel apuesto surfista a mi ingenua Selena como coartada? Nicolás solía sentarse en la terraza a charlar cortésmente con el abuelo Julio, ayudaba a la abuela Carmen a poner en orden unos documentos legales para beneficencia y cada noche durante la cena se comportaba como todo un caballero. Era, sin duda, el más sosegado de todos. Y a mí me daba la impresión de que no era el tipo de hombre dispuesto a arriesgarse a mancharse las manos con un asesinato. No obstante, cada vez que captaba su mirada tranquila y atenta a través de los cristales de sus gafas, me recordaba a mí misma que no se podía confiar en nadie.
Durante todo ese tiempo yo vivía para una sola cosa: mis visitas diarias a la clínica en El Poblado. Cada día, a las dos en punto de la tarde, tomaba el auto y me dirigía hacia donde estaba Emilio. Su organismo combatía la herida con una velocidad y una obstinación increíbles. De verdad todo sanaba en él «como en un perro», tal como él mismo solía decir con una sonrisa. Con cada día que pasaba recobraba las fuerzas: su mirada se volvía cada vez más clara, su voz más segura; comía bien y dormía mucho, empeñado en reponer energías cuanto antes para ponerse firmemente de pie. Los médicos se asombraban de su resistencia y determinación.