El sonido de la máquina de coser se detuvo con un quejido metálico. Alma alzó la vista justo a tiempo para ver a la dueña del taller apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que decía más que cualquier palabra.
—Alma… lo lamento, pero vamos a tener que prescindir de vos. Ya no hay trabajo suficiente.
No hubo discusiones. Ni explicaciones largas. Solo un sobre con una liquidación mínima y un suspiro que se le quedó atrapado en la garganta.
Caminó hasta su casa con el sol pegándole en la nuca y la dignidad arrugada como el delantal que aún llevaba puesto. Sabía que la situación económica no era fácil, pero nunca pensó que le tocaría a ella. Alma siempre había sido constante. Silenciosa. Eficiente.
—Te dejaron ir por eso mismo —le dijo Leti, su amiga y compañera de casa, esa misma tarde mientras cebaba mate—. Porque sos tan tranquila que no hacés ruido ni para defenderte.
—Tranquila, sí… pero no tonta. Mañana salgo a buscar de nuevo. Algo va a aparecer.
Leti se le quedó mirando, con una sonrisa triste.
—Sos más tranquila que el agua del pozo, Alma. Pero ojo… el agua del pozo guarda cosas en el fondo.
Alma solo se encogió de hombros. Estaba acostumbrada a ese tipo de comentarios. A su silencio le ponían muchos nombres. Terca. Cerrada. Misteriosa. Pero ella simplemente prefería observar antes de hablar.
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Los días siguientes fueron todos parecidos: largas caminatas, currículums que nadie recibía, negocios cerrados, entrevistas sin respuestas. A veces ni siquiera la escuchaban terminar de presentarse. La ansiedad empezaba a picarle detrás de los ojos, y cada noche el estómago se le cerraba un poco más.
Fue el jueves por la tarde, justo cuando pensaba rendirse y volver a casa, que lo vio.
Un cartelito amarillento, pegado con cinta vieja en el vidrio de un local casi escondido entre una ferretería en ruinas y una librería polvorienta:
"SE NECESITA VENDEDORA – NO SE REQUIERE EXPERIENCIA."
El letrero colgaba en la entrada de un acuario. No uno moderno, de vidrieras limpias y luces LED. Era un lugar apagado, de fachada oscura y letras gastadas:
“Acuario Neptuno”.
A través del vidrio sucio, se distinguían tanques y peceras, plantas sumergidas, piedras decorativas… y algo más. Un par de ojos muy viejos la observaban desde el interior.
Alma sintió un cosquilleo en la nuca. Podía seguir de largo. Podía pensar que era una mala idea. Pero algo en ese lugar —una vibración, un presentimiento, un tirón suave en el pecho— le dijo que probara.
Tocó la puerta.
Y cuando se abrió, una bocanada de aire húmedo y tibio la envolvió.
No lo sabía todavía, pero acababa de entrar a un sitio donde el tiempo no pasaba.
Donde el silencio tenía peso.
Y donde las peceras no solo contenían peces…
sino secretos.