El SÓtano Del Acuario

El sonido del agua

El domingo amaneció nublado, con el cielo como una lona gris tendida sobre la ciudad. Alma se quedó mirando por la ventana mucho rato, preguntándose si debía ir o quedarse en casa. Jacinto no la había llamado para decirle nada, pero tampoco le había prohibido volver. Al final, cogió su chaqueta y fue igual —algo en ella necesitaba saber qué pasaba allí.
El acuario seguía cerrado, con la puerta principal cruzada con una cadena. Pero la puerta del costado, la que usaban para sacar la basura y llevar las cajas de comida para los peces, tenía el candado solo corrido, no cerrado a llave. Tocó dos veces con los nudillos, con más fuerza de la que quería mostrar. Nadie respondió.
Empujó suavemente y la puerta se abrió con un crujido bajo. El olor que salió a su encuentro era peor que la vez anterior: no era a podrido ni a algo malo, sino a encierro profundo. A un espacio que había estado cerrado demasiado tiempo, respirando solo, acumulando el peso de lo que no se dice.
Dejó su bolso sobre la silla de la esquina —la misma que siempre usaba para guardar su chamarra cuando hacía calor— y encendió las luces. Varias parpadearon tres o cuatro veces antes de prenderse de lleno, como si se resistieran a iluminar el lugar. Los peces no estaban tranquilos como el día anterior: golpeaban suavemente el vidrio con las cabezas o las aletas, moviéndose de un lado a otro en sus peceras, como si sintieran que la puerta que los mantenía adentro era demasiado estrecha.
Alma miró hacia el fondo del local, donde siempre estaba el gran tanque. Seguía cubierto con la lona negra, pero ahora veía que estaba húmeda, con charcos pequeños que brillaban bajo la luz —como si algo hubiera salpicado el tejido desde adentro. El charco de agua que había visto el sábado ahora era solo una mancha oscura en el suelo, con bordes secos y retorcidos.
Caminó despacio, y cada paso hacía crujir el piso de madera vieja. El ruido resonaba en el silencio vacío, como si la propia tienda estuviera contando sus pasos.
Cuando se paró frente al tanque, la mano le tembló un poco antes de levantar una punta de la lona. Solo un poquito, apenas lo suficiente para mirar adentro.
No había nada. O al menos, nada que sus ojos pudieran reconocer como lo habitual.
El agua estaba turbia, densa como una sopa, con una especie de neblina blanca que flotaba en la superficie. Alguien habría dicho que era solo suciedad, pero Alma vio un reflejo rápido, algo que se movió debajo con gracia y peso a la vez. Cuando intentó fijar la vista en ese punto, desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
—¿Hola? —dijo, y su voz salió casi un susurro que se perdió en el aire gordo del lugar.
Justo en ese momento, del sótano llegó un ruido. No fue un golpe ni un crujido de madera, sino un chapoteo claro y firme —como cuando alguien mete la mano entera en un cubo lleno de agua, hasta el codo.
El corazón le dio un salto y empezó a latir fuerte, contra el pecho. Miró hacia la puerta del sótano: estaba cerrada, pero desde adentro se escuchaba un zumbido irregular, como un motor viejo que no encuentra su ritmo. Y entre ese zumbido, algo que parecía una respiración —lenta, profunda, como si quien la emitiera tuviera los pulmones llenos de agua.
Alma se acercó sin darse cuenta, movida por una curiosidad que mezclaba miedo y necesidad. La madera de la puerta estaba tibia al tacto, aunque el resto del lugar era frío.
—Jacinto… ¿está ahí? —llamó, apoyando la frente en la madera para escuchar mejor.
Nada. Solo el zumbido y la respiración.
Giró el picaporte con cuidado. La puerta se abrió sola después, con un quejido largo y triste que hizo estremecer a Alma.
El aire que salió de abajo era tan pesado que casi se sentía líquido en los pulmones, y llevaba consigo ese olor metálico que ya conocía, más fuerte que nunca. Solo se veían los primeros escalones de cemento, húmedos y brillantes, como si alguien los hubiera fregado recientemente. Al fondo, una bombilla colgaba de un cable desnudo, titilando como si estuviera a punto de apagarse.
—Solo voy a mirar —se dijo en voz baja, aunque sabía que mentía a sí misma. Había venido hasta ahí porque necesitaba saber qué había abajo.
Bajó tres escalones. El aire se hizo más caliente, más denso. El sonido del agua se amplió, se hizo más claro y profundo —como si un río corriera justo debajo del suelo de la ciudad. Y entre ese ruido de corriente, algo más: un latido, lento y constante, como el de un corazón gigante.
De pronto, un golpe fuerte resonó desde el fondo —como si alguien hubiera arrojado una piedra pesada dentro de un tanque enorme, y el agua hubiera reaccionado con un estruendo sordo.
Alma dio un paso atrás, con la piel de gallina. Subió los escalones casi corriendo, cerró la puerta de un tirón y se apoyó contra ella, con el pecho agitado y la respiración entrecortada.
El silencio volvió a caer sobre el acuario. Solo se escuchaba su aliento, rápido y nervioso. Y un segundo después, otra respiración —profunda, lenta— que parecía seguir el mismo ritmo que el suyo, como si el eco del sótano respirara con ella.
Cuando Jacinto llegó más tarde, la encontró de pie en el mismo sitio, los ojos fijos en la puerta cerrada. No hizo ruido al entrar, pero Alma lo sintió igual.
—¿Entraste? —preguntó, y su voz no tenía ni alto ni bajo, como si estuviera hablando de algo cotidiano.
—Solo un poco. —Alma no pudo evitar que su voz temblara un poco.
Él la observó un largo rato, con los ojos hundidos y oscuros. Parecía estar mirándola, pero también parecía ver algo más allá de ella.
—Nunca se baja sola. —No fue un regaño, sino una afirmación, como decir que el sol se pone por el oeste.
—¿Por qué?
Jacinto no respondió de inmediato. Se acercó al mostrador, tomó una botella de agua que estaba ahí —ya no sabía desde cuándo— y bebió varios sorbos sin apartar los ojos de ella.
—A veces, cuando uno abre una puerta, lo que sale no es aire.
—¿Qué sale, entonces? —preguntó Alma, y sintió que la pregunta le quemaba la lengua.
Jacinto la miró entonces con algo que podría haber sido tristeza, pero que no llegaba del todo a sentirse como tal —era más bien como si recordara una tristeza antigua, ya secada.
—Memoria. —Dijo la palabra como si le pesara en la boca.
Y sin más, se fue al fondo del acuario hacia el tanque cubierto, sin mirar atrás.
Esa noche, Alma no soñó nada. No tuvo imágenes ni pesadillas que la despertaran. Pero el sonido del agua no se fue de su oído —estaba ahí, suave como un susurro, como si todavía estuviera bajo tierra, esperando que ella volviera a bajar.




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