La puerta vibró.
Primero un toc suave.
Después un empujón.
Luego… un arrastre húmedo, como si algo viscoso estuviera subiendo por la madera.
Alma retrocedió de inmediato.
El pomo empezó a moverse por dentro, aunque ella no lo tocaba.
Jacinto alzó la voz, ahogada en desesperación:
—¡Alma, escuchame! No le abras ni aunque hable con tu voz. ¡Ni aunque diga lo que querés oír!
CRACK.
La puerta se arqueó hacia adentro.
La madera gimió.
Las bisagras chirriaron.
Y entonces llegó el sonido…
un glup bajo, como una respiración hecha de agua.
Alma sintió que todo su cuerpo se encogía.
—Jacinto —murmuró—. ¿Qué es esa cosa?
—Lo que nunca debimos crear —contestó él—. Lo que la naturaleza abandonó y yo insistí en devolver… con sangre.
—¿B-b-blood? ¿Qué sangre?
—La de mi esposa. La mía. Ahora… quiere la tuya.
Alma no tuvo tiempo de procesarlo.
Algo frío empezó a filtrarse por debajo de la puerta.
Era agua.
Pero no se comportaba como agua.
Se arrastraba.
Trepaba por la alfombra como dedos líquidos.
Y justo delante de sus ojos comenzó a elevarse, a tomar forma.
Primero una columna.
Luego un torso.
Una silueta humanoide hecha de líquido oscuro que brillaba como el fondo del océano.
Los ojos se formaron últimos:
dos esferas plateadas suspendidas en la masa acuosa que la observaban con una intensidad casi… hambrienta.
Alma retrocedió tanto que chocó con la mesa.
La criatura dio un paso.
El piso quedó empapado donde apoyó algo parecido a un pie.
—Jacinto… —susurró Alma, con el pánico tragándose su voz—. No puede entrar… ¿verdad?
—Nada la puede detener.
—¡¿Y VOS QUÉ PENSÁS HACER?!
—Salvarte —dijo él. Y sonaba más como un ruego desesperado que como una promesa.
Jacinto golpeó la puerta desde afuera.
Pero la criatura ignoró el sonido.
Solo tenía ojos para ella.
Su rostro líquido se deformó, como si intentara… sonreír.
O imitar un gesto humano que había visto alguna vez.
Y habló.
El sonido fue una mezcla venenosa entre un gorgoteo profundo y una voz humana quebrada:
—Al… maaaa…
El mundo se redujo a esa sílaba húmeda.
Ese llamado.
Ese reclamo.
El agua tembló en los vasos sobre la mesa.
En la cocina, el caño del fregadero respondió con un golpe.
Los desagües vibraron bajo el piso como si toda la plomería del edificio despertara.
La criatura dio otro paso.
Estaba a menos de dos metros de Alma.
De pronto —¡BAM!—
La puerta se abrió por completo con Jacinto empujando con toda su fuerza.
Cayó al suelo rodando y se levantó de inmediato.
En sus manos traía una pistola de aire presurizado modificada, llena de un líquido oscuro.
—¡Aléjate de ella! —gritó.
La criatura se giró lentamente.
Un sonido burbujeante, como una risa ahogada, salió de lo que debía ser su garganta.
Jacinto apretó el gatillo.
—¡Perdoname! —susurró.
El proyectil líquido impactó en el pecho traslúcido del monstruo.
Y esa cosa… chilló.
Un chillido espantoso, como metal quebrándose bajo el mar.
Su cuerpo tembló, se deformó, casi se deshizo, derritiéndose en una ola oscura que se replegó a toda velocidad hacia el pasillo, hacia las escaleras… hacia abajo.
De regreso al agua.
El piso quedó encharcado.
La puerta colgaba torcida.
Jacinto respiraba como si acabara de correr una maratón.
Alma, inmóvil, clavada al piso.
—Tenemos que irnos —dijo él, sin mirarla—. Antes de que vuelva más fuerte.
Alma por fin pudo hablar:
—¿Qué… qué es lo que quiere de mí?
Jacinto cerró los ojos… y la verdad cayó como una losa:
—Vos lo despertaste anoche.
Lo tocaste.
Le diste algo que jamás debió tener:
una conexión.
Alma sintió la sangre helarse.
—Ese ser —continuó Jacinto— fue hecho para sobrevivir a cualquier costo. Necesita de nosotros. Necesita… nuestra vida.
Y ahora te quiere a vos.
—¿Por qué?
—Porque te eligió.
Entonces, un ruido subió desde las profundidades del edificio:
el rugido de agua corriendo a toda velocidad por los caños, retumbando como un corazón de mar.
Jacinto palideció.
—Vamos. YA.
La criatura no había sido derrotada.
Solo había vuelto a su territorio…
y ahora estaba en cacería.