El SÓtano Del Acuario

Lo que corre bajo la ciudad

Bajaron las escaleras casi cayéndose.
Jacinto iba adelante, torpe, apurado, mirando hacia atrás cada dos escalones. Alma lo seguía con las piernas flojas, el corazón golpeándole como si quisiera salir primero y huir solo.

El edificio parecía otro.
Más estrecho.
Más húmedo.

El ruido del agua no venía de un solo lugar.
Venía de todos.

De las cañerías de las paredes.
Del desagüe del patio.
Del subsuelo que no figuraba en ningún plano.

—No mires atrás —dijo Jacinto sin girarse—. Si lo ves de frente… se aferra más.

—¿A qué? —preguntó Alma, sin saber si quería la respuesta.
—A vos. A lo que sos. A lo que llevás adentro.

Salieron a la calle.

El aire nocturno estaba espeso, cargado de olor a río viejo. Las luces de los postes parpadeaban como si también estuvieran cansadas. No había gente. No había autos. La ciudad parecía contener la respiración, igual que ella.

Alma dio dos pasos… y se detuvo.

—Jacinto… —susurró.

El agua de la cuneta se movía en contra de la pendiente.
Subía.
Como si algo nadara debajo del asfalto.

—Caminá —ordenó él, esta vez más duro—. No pienses. Caminá.

Pero el agua empezó a vibrar.
Las tapas de las alcantarillas temblaron.
Una de ellas se levantó apenas… y volvió a caer.

CLANG.

Alma sintió náuseas.

—Está aprendiendo —dijo Jacinto entre dientes—. Cada vez que te siente cerca, aprende más rápido.

—¿Aprende qué?
—A salir.

Un ruido húmedo los rodeó. No venía de atrás. Venía de adelante.

Del charco que cruzaba la calle.

El agua se elevó lentamente, como si algo se incorporara desde el fondo. No del todo. Solo lo suficiente para que se notara una forma incompleta: una espalda curva, una silueta que no terminaba de decidirse entre dos mundos.

Alma dio un paso atrás.

—No… —murmuró—. No, no, no…

La criatura no avanzó.
Se quedó ahí, temblando.
Como si también tuviera miedo.

Sus ojos plateados se abrieron en la superficie. Esta vez no había hambre inmediata. Había confusión. Dolor. Una necesidad mal aprendida.

El agua alrededor de Alma reaccionó al instante.
Cada gota parecía inclinarse hacia ella.

—No la mires —dijo Jacinto, poniéndose delante—. No le des eso.

—¿Eso qué?
—Atención. Empatía. Compasión. Todo lo que no tuvo nunca.

La criatura emitió un sonido bajo. No era un llamado. Era algo peor: una queja. Un lamento torcido, como el llanto de un recién nacido que no entiende por qué duele existir.

Alma sintió un tirón en el pecho.
Una pena absurda.
Peligrosa.

—Sufre… —dijo, casi sin darse cuenta.

Jacinto se tensó.

—Alma, escuchame bien. Eso que sentís es real… pero te va a matar. No fue hecha para amar. Fue hecha para aguantar. Para crecer a cualquier costo.

La criatura dio un paso más.
El agua avanzó un metro.

Jacinto levantó el arma, pero su mano temblaba.

—No tengo otra dosis —dijo—. La próxima vez no va a retroceder.

Alma miró a la cosa.
Y por un segundo, juró ver algo imposible:

Un gesto humano atrapado en ese rostro inacabado.
Como si intentara recordar algo que nunca vivió.

—Alma… —sonó otra vez, deformado, quebrado.

Ella apretó los puños.

—No soy lo que buscás —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. No soy tu salida.

El agua se agitó con violencia.
La criatura se retorció, confundida, herida.

Y entonces, como si el esfuerzo fuera demasiado, se derrumbó hacia atrás, deshaciéndose en una ola oscura que volvió a desaparecer por la alcantarilla con un estruendo húmedo.

Silencio.

Solo el goteo normal.
El ruido común del mundo.

Jacinto bajó el arma lentamente.

—Te acaba de escuchar —dijo—. Eso… no es buena noticia.

Alma lo miró, pálida.

—¿Qué va a pasar ahora?
Jacinto respiró hondo, agotado.

—Ahora va a crecer.
Y cuando vuelva…
no va a pedir.




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