El SÓtano Del Acuario

Lo que empieza a cambiar

No dijeron nada durante varias cuadras.
Caminaron sin rumbo claro, como si la ciudad pudiera tragarse lo ocurrido si seguían avanzando lo suficiente. El asfalto estaba húmedo, pero ya no se movía. Aun así, Alma sentía que cada sombra podía abrirse y devolverle esos ojos.

—No mires el agua —dijo Jacinto al pasar frente a una fuente apagada—. Ni charcos. Ni vidrieras.

—¿Por qué?
—Porque ahora te reconoce en los reflejos.

Alma tragó saliva y obedeció. Caminaba mirando los cordones rotos, las baldosas flojas, cualquier cosa sólida. Humana. Normal.

Llegaron a una parada de colectivo abandonada. Jacinto se sentó como si las piernas ya no le respondieran. Se pasó una mano por la cara, dejándose ver viejo de golpe, gastado.

—No era así al principio —dijo, sin mirarla—. No gritaba. No buscaba. Solo… flotaba.

Alma se quedó de pie.

—¿Y Matilda?

Jacinto apretó la mandíbula.

—Matilda creyó que podía enseñarle calma. Decía que si lo alimentábamos despacio, si lo acostumbrábamos a la voz humana, al tacto… no se volvería violento.

—¿Y vos?
—Yo creí que el miedo se podía controlar.

Silencio.

—No murió —dijo Alma de pronto—. Lo sé.

Jacinto levantó la vista, sorprendido.

—No hablás como alguien que perdió a alguien —continuó ella—. Hablás como alguien que la entregó.

Jacinto cerró los ojos. No lo negó.

—El cuerpo necesita sangre fresca para seguir creciendo —dijo al fin—. La transfusión lo estabiliza. Lo tranquiliza. Por un tiempo.
—¿Por eso cerraron el acuario?
—Sí. Y por eso ahora te sigue.

Alma sintió un escalofrío recorrerle los brazos.

—¿Por qué yo?
—Porque sos compatible. —La miró por primera vez a los ojos—. Porque tu sangre… reacciona distinto al agua.

Alma soltó una risa corta, nerviosa.

—Eso no tiene sentido.

—Nada de esto lo tiene.

Un colectivo pasó sin frenar, levantando una ola sucia que se desarmó en la cuneta. Alma retrocedió de inmediato.

—Tranquila —dijo Jacinto—. Todavía no.

Ella se miró las manos. Le temblaban. Las cerró fuerte… y notó algo raro.

La piel le ardía.

—Jacinto… —dijo—. ¿Siempre se siente así después?

—¿Después de qué?
—De que te elijan.

Jacinto se puso de pie de golpe.

—¿Qué sentís?

Alma dudó.

—Calor. Pero no normal. Como si la sangre estuviera… inquieta.
—¿Dolor?
—No. —Negó—. Es peor. Es como si algo se estuviera acomodando.

Jacinto retrocedió un paso.

—Eso no es bueno.

—Decime algo que sí lo sea —respondió ella, con un hilo de ironía cansada.

Caminaron otra vez. Esta vez hacia el acuario.

—¿Estás loco? —preguntó Alma cuando reconoció la cuadra.
—Es el único lugar preparado para contenerlo. Y el único donde puedo explicarte todo sin que nos escuchen las cañerías.

—¿Nos escuchen?
—Sí.

El acuario estaba oscuro. Cerrado. Parecía dormido… pero Alma supo que no lo estaba.

Apenas cruzaron la puerta, el olor a sal le golpeó de lleno. Más fuerte que antes. Más cercano.

—Sentís eso, ¿no? —dijo Jacinto.
—Sí.

Las luces de emergencia se encendieron solas, una por una, como si alguien las fuera activando desde abajo.

El agua de los tanques vibró suavemente.

—No volvió al tanque —susurró Jacinto—. Está esperando.

—¿A qué?
—A que tomemos una decisión.

Alma se quedó quieta.
Respiró hondo.
Y por primera vez desde que todo empezó, no sintió solo miedo.

Sintió algo peor.

Una familiaridad incómoda.
Como si ese lugar…
la recordara.

—Jacinto —dijo—. Si esto sigue creciendo… ¿qué va a pasar conmigo?

Él tardó en responder.

—Si no hacemos nada…
te va a necesitar más de lo que tu cuerpo puede dar.

Un sonido profundo subió desde el sótano.
No un golpe.
No un grito.

Un latido.

Alma apoyó la mano en el vidrio del tanque más cercano.

El agua respondió.

—Entonces —dijo—, más vale que empecemos a hacer algo.

Porque afuera, bajo la ciudad,
el agua ya no solo la buscaba.

La estaba esperando.




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