La puerta cedió con un suspiro húmedo, como si hubiera estado esperando ese gesto.
No chirrió.
No golpeó.
Simplemente se abrió lo justo para dejar pasar el olor.
Alma dio un paso adentro.
El área de drenaje era más pequeña de lo que imaginaba. Un cuarto sin ventanas, iluminado por una luz blanca demasiado fuerte para ese lugar. El piso estaba siempre mojado, pero no había charcos: el agua corría lenta hacia una rejilla central, como si obedeciera una coreografía secreta.
Y ahí estaba ella.
No en una camilla.
No flotando.
Sino sentada contra la pared, con la espalda apoyada en el azulejo frío.
Matilda.
O algo que todavía llevaba su forma.
Su cabello estaba empapado, pegado al rostro. La piel pálida, casi translúcida. Respiraba despacio, con un ritmo extraño, como si necesitara recordar cómo hacerlo. Sus ojos estaban abiertos… y no miraban a nadie en particular.
Alma sintió que se le aflojaban las rodillas.
—Matilda… —susurró.
Los ojos de la mujer se movieron apenas.
Se enfocaron.
La reconocieron.
—No te acerques al agua —dijo Matilda con una voz gastada, rota—. A mí ya no me escucha siempre.
Jacinto entró detrás de Alma y se quedó inmóvil.
No lloró.
No gritó.
Solo bajó la cabeza.
—Perdoname —dijo—. No encontré otra forma.
Matilda sonrió apenas. Una mueca triste.
—Eso es lo peor —respondió—. Que es verdad.
El agua de la rejilla se agitó.
Un sonido bajo recorrió las cañerías, como una respiración contenida.
—Él está ahí —dijo Alma—. Abajo.
Matilda asintió.
—Siempre está. Aunque no se vea. Aunque se esconda.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Alma—. De mí.
Matilda la miró con atención. Con una mezcla incómoda de culpa y alivio.
—No te quiere —dijo—. Te necesita.
El latido volvió.
Más fuerte.
—Todavía no terminó de formarse —continuó Matilda—. Está creciendo con pedazos. De mí. De Jacinto. De lo que roba.
—¿Y yo?
—Vos sos… estable.
Esa palabra cayó pesada.
—Tu sangre no lo enloquece —explicó—. Lo calma. Le ordena el cuerpo. Como si le enseñara a quedarse.
Alma dio un paso atrás.
—No —dijo—. No soy eso.
El agua reaccionó de inmediato.
Se elevó desde la rejilla, lenta, cuidadosa, formando una silueta incompleta que no terminaba de definirse. No avanzó. No atacó.
Esperó.
—¿Ves? —dijo Matilda—. Ya te escucha más que a mí.
Jacinto levantó el arma con desesperación.
—No la toques —gruñó—. Ya te di suficiente.
La silueta tembló.
El agua cayó de golpe al piso, como si la cosa hubiera retrocedido.
Matilda tosió.
Un hilo de agua oscura le corrió por la comisura de los labios.
—No lo mates —dijo—. No va a morir. Solo va a romperse… y romper todo lo demás.
Alma miró a la criatura que no terminaba de ser.
Luego a Matilda.
Luego a Jacinto.
—Entonces no se trata de destruirlo —dijo—. Se trata de detenerlo.
Matilda cerró los ojos, agotada.
—Se trata de elegir quién paga el precio.
El latido se aceleró.
Las paredes vibraron.
Las luces parpadearon con violencia.
Desde el fondo de las cañerías, el agua empezó a subir.
No como ataque.
Como respuesta.
Alma sintió el ardor en la sangre, más claro ahora. Más definido.
—Si me acerco —dijo—… ¿qué pasa?
Matilda abrió los ojos por última vez esa noche.
—Que ya no vas a ser solo vos.
El agua se elevó hasta tocar los tobillos de Alma.
No estaba fría.
Estaba tibia.
Como un cuerpo vivo.
Y desde el centro de la masa, algo se movió hacia ella…
no con hambre,
no con furia,
sino con una necesidad desesperada de no quedarse solo.