El SÓtano Del Acuario

La elección

Alma no dio un paso más.
Tampoco retrocedió.
Se quedó ahí, con el agua tibia rodeándole los tobillos, sintiendo cómo le subía por la piel como una pregunta sin palabras. No dolía. Eso era lo más inquietante. Era una sensación conocida, casi doméstica, como meter las manos en la pileta de noche.
—No tengo intención de salvar a nadie —dijo, al fin—. Ni a ustedes. Ni a eso.
Jacinto la miró como si no la reconociera.
—Entonces…
—Entonces quiero que pare.
Matilda soltó una exhalación lenta. Cansada. Aliviada y triste al mismo tiempo.
—Eso es más honesto que prometer algo que no existe.
El agua se movió. No avanzó. Se acomodó, como si escuchara.
Alma cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no temblaba.
—¿Qué tengo que hacer?
Jacinto abrió la boca, pero Matilda habló primero:
—Nada heroico. Nada limpio.
—Decime igual.
—Tenés que acercarte. Dejar que te reconozca… pero no entregarte.
—¿Cómo se hace eso?
—Marcando un límite —respondió Matilda—. Como con un animal herido. Como con un niño que no entiende por qué el mundo no gira alrededor suyo.
El agua subió apenas unos centímetros más. Alma sintió el ardor en la sangre hacerse pulso. Ritmo. Algo dentro suyo respondía.
—Va a intentar tomarte —continuó Matilda—. Porque es lo único que sabe hacer para no desarmarse.
Jacinto negó con la cabeza.
—No sabés si va a poder soltarla después.
—Nunca lo supimos —dijo Matilda—. Ni con vos. Ni conmigo.
Silencio.
Alma avanzó un paso.
El agua reaccionó de inmediato. La silueta incompleta se definió un poco más: un torso sugerido, brazos largos que no terminaban de formarse, ese brillo plateado que hacía de ojos.
No había ataque.
Había ansiedad.
—Escuchame —dijo Alma, sin levantar la voz—. No sos mío. Y yo no soy tuya.
El agua tembló, como si la frase no encajara del todo.
—No te voy a dejar solo —continuó—. Pero tampoco voy a desaparecer para que vos sigas creciendo.
La criatura emitió un sonido bajo, irregular. El agua vibró contra las paredes.
—Esto es lo que hay.
Alma se arrodilló despacio, hasta quedar a su altura. El agua le llegó a las rodillas. Sintió un tirón interno, como si algo quisiera acomodarse donde no debía.
Matilda cerró los ojos.
—Ahora —susurró—. Ahora va a intentar.
La masa líquida avanzó. No de golpe. Con cuidado torpe. Un brazo mal formado se estiró, tocó la piel de Alma.
No fue frío.
Fue reconocimiento.
Alma apretó los dientes. El ardor se intensificó, pero no gritó.
—No —dijo, firme—. Así no.
Retiró la pierna un poco. Lo justo.
El agua se agitó con violencia. El latido retumbó en todo el sótano. Las luces parpadearon.
Jacinto levantó el arma.
—¡Alma!
—No —repitió ella—. Déjalo.
La criatura vaciló. Por primera vez desde que existía, no avanzó ni retrocedió. Se quedó suspendida, como si algo nuevo —una regla— hubiera aparecido.
El agua empezó a descender lentamente.
Centímetro a centímetro.
Alma respiró hondo. El ardor cedió un poco, dejando un cansancio profundo.
—¿Ves? —murmuró Matilda—. Aprende.
La criatura se replegó hacia la rejilla, sin desaparecer del todo. Como si aceptara… esperar.
Cuando el piso volvió a verse, Alma se dejó caer sentada. Le dolía todo el cuerpo. Pero estaba entera.
Jacinto bajó el arma, temblando.
—¿Qué hiciste?
—Puse una condición —respondió ella—. Algo que nadie había hecho antes.
Matilda sonrió, apenas.
—Eso lo va a cambiar todo.
Desde las cañerías llegó un último sonido.
No un rugido.
No un llamado.
Un pulso suave.
Como un acuerdo incómodo.
Alma miró sus manos. La piel seguía igual… pero algo en ella sabía que no del todo.
—Esto no terminó —dijo.
—No —admitió Jacinto—. Recién empieza.
Y bajo el acuario, en ese lugar donde el agua aprende despacio a obedecer,
algo nuevo estaba creciendo.
No un monstruo.
No un hombre.
Algo intermedio.
Algo que ahora sabía que no todo se toma.




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