El SÓtano Del Acuario

La resaca

Alma no durmió.
No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía sentía el agua moverse dentro de ella, como si su cuerpo fuera un recipiente mal sellado. No había dolor. Era peor: una lucidez incómoda, como despertar de un sueño sabiendo que algo se quedó del otro lado… y ahora te mira desde adentro.
Amaneció sentada en la cama, con la ropa puesta, los pies apoyados en el piso frío. La habitación olía a sal.
—Genial —murmuró—. Ahora también huelo a acuario.
Se levantó y fue al baño. Abrió la canilla con cuidado, como si el agua pudiera delatarla. Nada raro. Normal. Transparente.
Se miró al espejo.
Por un segundo —solo uno— creyó ver un brillo plateado cruzarle las pupilas.
Parpadeó.
Nada.
—Tranquila —se dijo—. No dramatices. Ya hiciste suficiente.
En la cocina, el celular vibró. Un mensaje de su amiga.
¿Seguís viva? Tengo la cabeza como un tambor y un tatuaje que no recuerdo haber pedido.
Alma soltó una risa breve. Humana. Necesaria.
Seguís viva. Eso ya es un logro, respondió.
Mientras tomaba un sorbo de café, lo notó: el líquido estaba más caliente de lo normal… pero no quemaba. Su garganta lo aceptó sin quejarse. Su cuerpo se acomodaba. Demasiado rápido.
En el acuario, Jacinto limpiaba en silencio. No por higiene. Por costumbre. Limpiar era lo único que sabía hacer cuando no podía arreglar algo.
Matilda descansaba en la camilla, envuelta en mantas térmicas. No estaba inconsciente. Tampoco despierta del todo. Su respiración era estable, aunque irregular, como una marea baja.
El agua del tanque principal estaba quieta.
Demasiado.
Jacinto se acercó, tenso.
—¿Estás ahí? —preguntó, sin saber por qué.
El agua vibró apenas.
No subió.
No respondió.
Jacinto tragó saliva.
—Aprendiste rápido —murmuró—. Demasiado rápido.
Alma salió a la calle. El sol le molestó más de lo habitual. No por la luz… sino por los reflejos. Cada charco, cada vidriera, cada parabrisas parecía mirarla de vuelta.
Caminó hasta la panadería de la esquina. El olor a pan recién hecho la ancló un poco al mundo.
—Buen día —dijo la panadera.
—Buen día —respondió Alma, y por un instante le pareció que su voz resonaba distinto. Más profunda. Más llena.
Pagó y se dio vuelta para irse… y ahí pasó.
El balde con agua que usaban para limpiar el piso se movió solo. Apenas. Una ondulación mínima.
La panadera no lo notó.
Alma sí.
—No —susurró—. Acá no.
El agua se calmó.
Alma salió con el corazón acelerado.
Esa tarde, volvió al acuario.
No sabía por qué.
O sí.
Jacinto la esperaba como si nunca se hubiera ido.
—Te siente —dijo apenas la vio—. Cuando estás cerca, el agua se queda quieta. Cuando te vas… se impacienta.
—No soy su dueña —respondió Alma.
—No —admitió Jacinto—. Pero sos su referencia.
Bajaron juntos al sótano.
Matilda estaba despierta.
—Hola —dijo, con una sonrisa débil—. Así que seguís entera.
—Más o menos —respondió Alma—. ¿Eso cuenta?
Matilda rió bajito. Tosió.
—Va a haber consecuencias —dijo—. No hay decisiones gratis.
—¿Como cuáles?
—Todavía no lo sabemos.
El agua del drenaje se movió apenas, respetuosa.
—Pero hay algo nuevo —añadió Matilda—. Ya no reacciona solo al hambre.
—¿A qué reacciona ahora? —preguntó Alma.
Matilda la miró con una mezcla de temor y admiración.
—A vos cuando decís que no.
El latido profundo volvió a sonar, suave.
Rítmico.
Presente.
Alma sintió el ardor leve en la sangre. No como amenaza. Como recordatorio.
—Entonces —dijo— vamos a tener que aprender juntas.
El agua respondió con una ondulación mínima.
No de obediencia.
De atención.
Y por primera vez desde que todo empezó,
Alma entendió algo con claridad brutal:
El verdadero peligro no era la criatura.
Era lo que estaba empezando a ser ella.




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