El SÓtano Del Acuario

Fue una decisión

El agua salió primero sin ruido.
No brotó.
No salpicó.
Se deslizó, lenta, espesa, como si el piso sudara algo que llevaba años conteniendo.
Alma sintió el olor antes que el miedo: hierro viejo, sal podrida, algo animal que había aprendido a esperar bajo tierra. El aire se volvió pegajoso, difícil de tragar, como si cada respiración robara tiempo.
—No lo mires fijo —dijo Jacinto, con la voz quebrada—. Si lo hacés… te encuentra.
Demasiado tarde.
Alma lo vio.
No tenía forma completa.
Era un intento.
Un torso que se armaba y desarmaba, brazos que aparecían solo para recordar que podían existir, una cabeza sin cuello que flotaba apenas sobre la masa oscura. Dentro del agua, algo latía. No un corazón. Algo más grande. Algo mal puesto.
Y entonces ocurrió lo peor.
El rostro empezó a parecerse.
No a un humano cualquiera.
A ella.
La piel líquida se tensó.
La boca se abrió con un sonido húmedo.
Los ojos se formaron torcidos, mal alineados, pero reconocibles.
—Alma… —dijo, como si el nombre fuera un residuo que había aprendido a pronunciar a la fuerza.
Alma gritó.
No de sorpresa.
De negación.
—¡NO! —retrocedió hasta chocar con la pared—. ¡Eso no soy yo!
La criatura —la que había aprendido a caminar— dio un paso adelante.
—No la mires —dijo con furia—. Me está usando.
El agua reaccionó como un animal herido.
Golpeó las paredes.
Subió por los caños.
Se estrelló contra el techo y cayó en hilos gruesos que parecían venas abiertas.
Jacinto levantó el arma, temblando.
—Matilda… —susurró sin querer.
El agua respondió.
El rostro cambió.
Ahora era el de ella.
Los pómulos hundidos.
Los ojos cansados.
La boca torcida en una sonrisa que nunca fue feliz.
—Me dejaste —dijo la voz, exacta, perfecta—. Me diste.
Jacinto cayó de rodillas.
—No… —balbuceó—. No era así…
Alma sintió náuseas. El suelo estaba cubierto hasta los tobillos. El agua no estaba fría. Estaba… tibia. Como un cuerpo que acababa de morir.
—Está dentro de nuestras memorias —dijo la criatura—. Se alimenta de lo que duele.
El agua empezó a subir por las piernas de Alma.
No corría.
Se enroscaba.
Como dedos.
Como algo que prueba antes de morder.
—Alma —dijo Jacinto, llorando—. Si te toca más… ya no te va a soltar.
La criatura miró sus propias manos.
Por primera vez… dudó.
—Si me acerco —dijo—, me va a querer absorber.
—Y si no lo hacés —respondió Alma—, nos va a llevar a todos.
El agua trepó hasta su cintura.
Dentro de la masa oscura, algo se movía con violencia. Un esqueleto mal formado apareció por segundos, luego se disolvió. Costillas. Columna. Demasiadas.
—No quiere vivir —dijo la criatura—. Quiere completar.
La cara de Alma volvió a formarse en el agua.
—Vení —dijo—. Solo un poco más.
Alma sintió que algo dentro suyo respondía.
Un tirón.
Un eco.
Como si su sangre reconociera el llamado.
—No —susurró—. No sos yo. No sos nadie.
La criatura gritó.
No con la voz.
Con el cuerpo.
El agua alrededor de él explotó en ondas violentas, como si el sótano entero entrara en pánico. El reflejo se deformó, chilló, perdió la forma.
Pero no retrocedió.
—Está aprendiendo rápido —dijo Jacinto, aterrorizado—. Demasiado rápido.
El techo crujió.
Las luces se apagaron.
Y en la oscuridad absoluta, Alma sintió algo rozarle el vientre.
No fue una mano.
Fue una decisión.
Y entendió, con un terror más profundo que el grito:
La criatura no quería matarla.
Quería ser ella.
Y esta vez…
no iba a preguntar.




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