Alma sintió la presión desde adentro.
No fue un dolor.
Fue una ocupación.
Como si algo hubiera encontrado un espacio que no sabía que existía… y lo hubiera marcado. El agua retrocedió apenas, lo justo para que ella creyera —por un segundo— que había terminado.
Error.
—No… —susurró la criatura—. No te quiere romper.
Alma respiraba entrecortado.
—Entonces… ¿qué quiere? —preguntó, aunque ya lo sabía.
El reflejo oscuro volvió a agitarse. Su forma se compactó, perdió los rostros prestados, se volvió más denso, más concentrado. Ya no intentaba parecer humano.
Ahora era funcional.
—Quiere quedarse —dijo la criatura—. En vos.
Jacinto levantó la cabeza de golpe.
—Eso no es posible.
—Sí lo es —respondió él—. Fue diseñado así.
Miró sus manos, temblando.
—No para reproducirse como ustedes… sino para continuarse.
Alma sintió un espasmo en el vientre. No violento. Preciso. Como un pulso que no era suyo.
—No es una semilla —continuó—. Es un ancla.
—¿Un qué? —jadeó ella.
—Un punto de fijación. Si logra dejar una parte mínima… una huella viva… ya no puede ser destruido del todo.
El agua volvió a moverse, ahora en círculos lentos alrededor de ella. No subía. No atacaba. Esperaba.
—Me eligió porque soy compatible, ¿no? —dijo Alma, con una calma que la asustó más que el pánico.
Jacinto no respondió.
La criatura sí.
—Te observó. Desde antes.
—¿Desde cuándo?
—Desde el acuario.
El recuerdo le cayó encima como un golpe seco: los peces inmóviles, el vidrio vibrando apenas, la sensación constante de ser mirada.
—No quiere tu cuerpo —dijo la criatura—. Quiere tu ritmo. Tu manera de seguir viviendo aun cuando algo te falta.
El agua se elevó otra vez, formando una columna más estable, más sólida que antes. Dentro, algo brilló. No era luz. Era actividad.
—Si entra —dijo Jacinto, desesperado—, no vamos a poder sacarlo.
Alma cerró los ojos.
Y entonces entendió el verdadero horror.
No era que quisiera poseerla.
Ni usarla.
Ni destruirla.
Quería aprender a ser humano desde adentro.
—No te lo voy a dar —dijo Alma, firme—. No soy tu refugio.
El agua reaccionó con violencia. El sótano entero tembló. Los caños explotaron en las paredes. El reflejo emitió un sonido profundo, grave, que no era ira.
Era frustración.
—Si no puede quedarse en vos… —susurró la criatura—, va a buscar otro lugar.
—¿Dónde? —preguntó Jacinto.
La criatura levantó la vista.
—Donde haya sangre.
Donde haya pérdida.
Donde alguien esté roto lo suficiente como para no darse cuenta.
El silencio que siguió fue insoportable.
Alma abrió los ojos.
—Entonces no termina acá.
—No —dijo la criatura—. Recién está aprendiendo cómo continuar.
Y desde lo profundo del edificio, como respuesta, algo latió.
Una vez.
Dos.
Como un corazón que no tenía derecho a existir…
pero que ya había empezado a hacerlo.