El SÓtano Del Acuario

Yo fui la primera

Matilde no gritó.
Eso fue lo más perturbador.
Mientras el agua subía otra vez por las paredes del sótano, mientras los caños gemían como animales viejos y el reflejo oscuro volvía a concentrarse, ella se adelantó un paso. Despacio. Con esa calma rara de quien ya entendió algo que los demás todavía están negando.
—No es Alma —dijo—. Nunca lo fue.
Jacinto la miró como si recién la viera.
—Matilde… no.
Ella sonrió apenas. Una sonrisa cansada. Humana. De esas que no piden permiso.
—Siempre fui yo —continuó—. Yo fui la primera. La que aguantó más. La que no dijo nada.
La criatura volvió la cabeza hacia ella. El agua alrededor cambió de ritmo. Ya no era caótica. Era expectante.
—Te reconoce —susurró Alma.
Matilde asintió.
—Porque ya estuve ahí dentro —dijo—. No del todo. Pero lo suficiente como para que me aprendiera.
Jacinto se puso de pie, tambaleándose.
—Yo no te entregué —dijo, con la voz rota—. Yo te perdí.
Matilde lo miró. Y por primera vez no había reproche. Solo una verdad vieja.
—Me ofrecí —dijo—. Porque vos no ibas a parar. Y porque alguien tenía que hacerlo antes de que eligiera solo.
El reflejo empezó a tomar forma frente a ella. No imitó su rostro. No lo necesitaba. Se compactó, se volvió más pequeño, más denso. Más… contenido.
—Quiere entrar —dijo Alma—. Otra vez.
—No —respondió Matilde—. Esta vez quiere cerrar.
Jacinto negó con la cabeza, desesperado.
—Eso te va a matar.
Matilde respiró hondo.
—Ya me estaba matando quedarme a medias.
Dio un paso más. El agua le llegó a las rodillas, luego a la cintura. No la quemaba. No la hería. La reconocía.
—No es una semilla —dijo ella, mirando a Alma—. Es un final.
Hizo una pausa.
—Pero necesita un cuerpo que sepa decir basta.
El reflejo se elevó frente a ella. Dentro de la masa oscura, algo latía con un ritmo errático, desesperado.
—Si te doy todo —susurró Matilde—, no vas a necesitar buscar más.
El agua tembló.
—Matilde, por favor… —dijo Jacinto, quebrado—. Yo puedo arreglarlo.
Ella lo miró una última vez.
—No todo se arregla. Algunas cosas se detienen.
Y entonces pasó.
El reflejo se plegó sobre ella como una marea silenciosa. No fue violento. No fue rápido. Fue íntimo. El agua la rodeó, la sostuvo, la absorbió sin salpicar.
Matilde inhaló una vez más.
Y el sótano calló.
Los caños dejaron de vibrar.
El agua retrocedió lentamente hacia los desagües.
El latido… se apagó.
Cuando todo terminó, no quedó nada de ella.
Ni cuerpo.
Ni sangre.
Ni restos.
Solo una humedad tibia en el piso…
y una sensación insoportable de cierre.
Alma cayó de rodillas.
Jacinto no lloró.
No pudo.
La criatura —la que había aprendido a caminar— se quedó inmóvil. Algo en su interior se había reordenado. Como si una deuda antigua hubiera sido saldada.
—¿Está… terminado? —susurró Alma.
La criatura negó lentamente.
—No —dijo—.
—Pero ahora sabe que no siempre se continúa.
El silencio que quedó no fue alivio.
Fue duelo.
Y Alma entendió que el verdadero sacrificio de Matilde no había sido su cuerpo…
Había sido enseñarle al monstruo que también se puede acabar.

El silencio no duró.
Nunca dura.
Primero fue un goteo.
Uno solo.
Lento.
Persistente.
Ploc.
Alma levantó la cabeza de golpe. El sonido venía del centro del sótano, justo donde Matilde había desaparecido. El piso, que antes estaba seco, empezó a oscurecerse otra vez, formando una mancha pequeña, circular, demasiado perfecta.
—No… —susurró Jacinto—. No puede ser.
La criatura dio un paso atrás.
—No es él —dijo—.
—¿Entonces qué? —preguntó Alma, con la garganta cerrada.
El goteo volvió.
Ploc.
Ploc.
La mancha se expandió, pero no hacia afuera. Hacia abajo. Como si el piso se estuviera adelgazando. El concreto crujió, mostrando una grieta fina, casi delicada, como una arruga en la piel.
—Matilde no cerró todo —dijo la criatura, con una expresión nueva: miedo—. Selló el hambre.
—¿Y qué dejó? —preguntó Jacinto.
La grieta respondió antes.
Desde abajo subió un vapor frío, salado, que olía a hospital y a mar profundo. El aire se volvió pesado otra vez, pero distinto. Ya no había furia. Había restos.
—Dejó memoria —dijo la criatura—. Y eso es peligroso.
La grieta se abrió un poco más.
Y Alma lo vio.
No era agua esta vez.
Era algo espeso, gelatinoso, que palpitaba lentamente, como un órgano olvidado. En su superficie, por un segundo, apareció algo imposible:
Una huella.
No de mano.
De pecho.
Como si alguien se hubiera apoyado ahí… desde el otro lado.
—Eso no es una salida —susurró Alma—. Es un lugar donde algo quedó atrapado.
Jacinto se acercó un paso, hipnotizado.
—Matilde…
—No —lo cortó la criatura—. No es ella.
Apretó los puños.
—Es lo que dejó para que esto no vuelva a empezar.
El “algo” de la grieta se contrajo. Emitió un sonido bajo, húmedo. No era un latido completo. Era un eco, desacompasado.
Alma sintió un tirón en el vientre.
El mismo de antes.
Pero más suave.
Más… atento.
—Me está buscando otra vez —dijo, con terror—. No como antes. Distinto.
La criatura la miró fijamente.
—Porque ahora sabe que puede perder.
La grieta empezó a cerrarse sola, como una herida que decide cicatrizar mal. El vapor se disipó. El goteo cesó.
El sótano volvió a ser un sótano.
Demasiado normal.
Jacinto cayó sentado contra la pared.
—Entonces… ¿terminó? —preguntó, vacío.
La criatura negó.
—Terminó una forma —dijo—. No la idea.
Alma se puso de pie con esfuerzo. Sentía el cuerpo agotado, pero la mente alerta, como si algo la mantuviera despierta desde adentro.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
La criatura miró la puerta del sótano. Luego a los caños. Luego a ella.
—Ahora el agua va a tardar en volver a confiar —dijo—.
Hizo una pausa.
—Y vos… vas a tardar en dejar de sentir que algo te escucha.
Un golpe seco resonó arriba.
Luego otro.
Pasos.
Alguien estaba entrando al edificio.
Alma contuvo la respiración.
—No estamos solos —susurró.
La criatura cerró los ojos un segundo.
—Nunca lo estuvimos.
Y en algún lugar del edificio, muy lejos… o tal vez no tanto, una cañería vieja dejó escapar un sonido mínimo, casi tierno.
Como una respiración que aprende a no hacerse notar.
El sacrificio había funcionado.
Pero había dejado algo peor que un monstruo suelto:
Un mundo que ya sabía que podía ser cruzado.
Y esta vez,
nadie iba a notar cuándo empezara de nuevo.




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