El SÓtano Del Acuario

No viene por nosotros

Los pasos se detuvieron arriba.
No fue alivio.
Fue cálculo.
Alma lo sintió en la nuca, ese segundo exacto en que alguien deja de moverse para escuchar. El edificio entero parecía contener la respiración, como si las paredes mismas quisieran oír qué decisión iba a tomarse.
—No bajes —susurró Jacinto, sin saber a quién se dirigía—. Sea quien seas… no bajes.
El silencio respondió con un sonido blando.
Un roce.
Algo arrastrándose por el pasamanos.
La criatura alzó la cabeza.
—No viene por nosotros —dijo—. Viene por lo que quedó.
El sótano volvió a enfriarse. No como antes, no con violencia, sino con una precisión quirúrgica. Alma sintió que el tirón en el vientre regresaba, más claro ahora, como un hilo tenso que alguien probaba desde lejos.
—Está llamando —dijo ella—. A través mío.
Jacinto la miró con terror puro.
—No le contestes.
—No estoy contestando —respondió Alma—. Solo… escucho.
Arriba, una puerta se abrió con cuidado. Demasiado cuidado para ser casual. Los pasos retomaron su descenso, lentos, medidos, como si quien bajara supiera exactamente cuántos escalones había.
—No es humano —dijo la criatura—. Pero tampoco es como nosotros.
—¿Entonces qué es? —preguntó Jacinto.
La criatura tardó.
—Es alguien que aprendió a vivir después.
El primer escalón crujió.
Alma sintió una imagen fugaz en la mente: manos mojadas, un pasillo largo, una luz blanca de hospital, un cuerpo cubierto por una sábana que respiraba apenas. No era un recuerdo suyo. Era un residuo.
—Matilde no se fue del todo —susurró Alma—. Dejó… una instrucción.
La criatura la miró con algo cercano al respeto.
—Entonces escuchá bien —dijo—. Porque lo que viene va a intentar mentirte.
Los pasos ya estaban a mitad de la escalera.
Y entonces, la voz.
—¿Hola? —dijo, suave, casi amable—. ¿Hay alguien ahí abajo?
Alma se quedó helada.
Era la voz de la anciana del acuario.
Pero más joven.
Más firme.
Más viva.
Jacinto se tapó la boca para no gritar.
—No le respondas —repitió—. Por favor.
La voz continuó:
—No tengan miedo. Solo quiero… cerrar lo que quedó abierto.
El agua en los desagües tembló apenas. No subió. No atacó. Esperó.
La criatura dio un paso adelante.
—Está usando su tono —dijo—. No su forma.
Alma apretó los puños.
—¿Y si dice la verdad?
La criatura la miró fijo.
—El terror nunca miente del todo. Solo elige qué parte decir.
Los pasos llegaron al último escalón.
Una sombra se proyectó contra la pared del sótano. No tenía bordes claros. Parecía… incompleta.
—Matilde —dijo la voz—. Sé que estás ahí.
Alma sintió que algo dentro suyo se contraía.
—No —susurró—. No está.
Silencio.
Luego, una risa suave. Triste.
—Eso nunca importa —respondió la voz—. Lo que importa es lo que sigue funcionando.
La sombra avanzó un paso más.
Y Alma entendió, con una claridad que le heló la sangre:
El sacrificio no había cerrado la puerta.
Había enseñado cómo cruzarla sin hacer ruido.
Y esta vez…
no iba a haber agua corriendo para avisar.




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