El SÓtano Del Acuario

Lo que cruza sin mojar

La sombra terminó de descender.
No tocó el último escalón.
Simplemente… estuvo ahí.
Alma notó el detalle con una lucidez espantosa: no había sonido. Ningún peso. Ningún roce. Era una presencia que había aprendido a ocupar espacio sin pagar el precio de existir.
—No pases —dijo la criatura, con una firmeza que no había usado antes—. Acá ya no hay nada para vos.
La sombra inclinó la cabeza.
—Eso no lo decidís vos —respondió la voz, todavía con el tono amable de la anciana—. Nunca lo decidieron los que vinieron después.
Alma dio un paso atrás. El tirón en su vientre volvió, más fino, más preciso. Como una aguja tanteando.
—Está usando restos —dijo—. No un cuerpo.
Jacinto apretó los dientes.
—¿Restos de qué?
La sombra avanzó apenas. La luz del sótano la atravesó… y por un segundo se vio a través de ella: caños, pared, humedad. Vacío.
—De decisiones —dijo la voz—. De las cosas que no se terminan de ir cuando alguien se sacrifica.
La criatura retrocedió un paso, sorprendido.
—No… —murmuró—. Vos no sos agua.
—No —aceptó la voz—. El agua fue solo el primer idioma.
Alma sintió frío en los huesos.
—Entonces… ¿qué sos ahora?
La sombra sonrió.
No con boca.
Con intención.
—Soy lo que aprende cuando el monstruo falla —dijo—.
—Soy lo que queda cuando el terror se vuelve eficiente.
El sótano empezó a cambiar.
No físicamente.
Mentalmente.
Alma sintió que los límites del lugar se volvían borrosos, como si el espacio ya no fuera una certeza. Los caños parecían más largos. Las paredes más lejanas. El aire… demasiado quieto.
—Está intentando quedarse —dijo la criatura—. No en el edificio.
—¿Entonces dónde? —preguntó Jacinto, temblando.
La sombra giró lentamente hacia Alma.
—En lo que sigue —respondió.
Alma entendió antes que nadie.
—No necesita un cuerpo —susurró—. Necesita testigos.
La sombra avanzó un paso más.
Y esta vez, el piso no se mojó.
—Mientras alguien recuerde —continuó—, mientras alguien se pregunte si de verdad terminó… yo tengo lugar.
La criatura apretó los puños.
—Matilde te negó —dijo—. Te cerró.
—Me enseñó —corrigió la voz—.
Una pausa.
—Y vos también estás aprendiendo.
Silencio.
Alma sintió algo terrible crecer en el pecho: no pánico… responsabilidad.
—Si nos vamos —dijo—, esto no desaparece.
—No —admitió la sombra—. Pero cambia de forma.
Jacinto respiró hondo.
—Entonces decime algo —dijo, mirando a la sombra—. ¿Qué querés?
La sombra pareció pensarlo.
—Quiero que sigan —respondió—.
—Que vivan.
—Que duden.
—Que cada vez que vean agua quieta… recuerden que algo puede estar esperando.
La criatura dio un paso adelante, colocándose entre la sombra y Alma.
—No les voy a dar eso —dijo—. No del todo.
La sombra lo observó.
—Todavía no sabés lo que sos —dijo—. Pero lo vas a aprender.
Y entonces… se deshizo.
No en agua.
No en aire.
En ausencia.
El sótano quedó vacío.
Demasiado.
Alma se apoyó contra la pared, mareada.
—No se fue —dijo—. Se repartió.
La criatura asintió lentamente.
—Ahora vive donde nadie mira dos veces.
Jacinto cerró los ojos.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Alma miró la escalera.
La salida.
El mundo de arriba.
—Seguimos —dijo—.
—Pero atentos.
Porque el verdadero horror ya no necesitaba sótanos.
Había aprendido a caminar seco.
Y esta vez…
nadie iba a poder señalar exactamente cuándo empezó.




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