El SÓtano Del Acuario

Donde el Agua Aprende a Mentir

El laboratorio ya no parecía un lugar.
Era un vientre.
Las paredes sudaban sal, los focos parpadeaban como ojos cansados de mirar atrocidades y el agua… el agua ya no estaba quieta. Se movía con intención. Como si escuchara.
Matilde entró sola.
Nadie la escoltó. Nadie la detuvo.
Porque cuando algo está decidido, el mundo se vuelve sorprendentemente educado.
La criatura la esperaba.
Había tomado una forma incompleta: demasiado humana para ser animal, demasiado ajena para llamarse hombre. Su rostro era un error anatómico, un intento torpe de parecerse a nosotros. La boca se abrió apenas.
No habló.
Recordó.
Y esos recuerdos —injertados, robados, digeridos— tenían su voz.
Matilde sintió el tirón interno, como si algo la reconociera desde adentro. Su sangre reaccionó antes que su mente. No era miedo. Era obediencia biológica.
—No mires —dijo el señor desde la sombra—. Si lo mirás mucho tiempo… empieza a copiar mejor.
Las correas se cerraron.
El frío del metal fue inmediato, pero lo peor vino después: la aguja. No por el dolor, sino por la lentitud. La sangre salía con un ritmo exacto, calculado para no matarla… todavía.
La criatura se acercó al vidrio.
Cada gota que entraba en su sistema lo hacía más lúcido. Más estable. Más consciente de sí mismo.
El agua se oscureció.
Matilde comprendió la verdad final, esa que nadie le había dicho porque nadie se atreve a ponerle nombre:
ella no era un sacrificio.
Era un proceso.
La criatura necesitaba su sangre para crecer, sí.
Pero también para aprender a quedarse.
Algo dentro del tanque se contrajo. Se ancló.
No fue violento. Fue natural. Antiguo. Horriblemente lógico.
El señor observaba, tranquilo.
—Cuando termine —murmuró—, ya no nos va a necesitar.
Los monitores comenzaron a fallar uno por uno.
El agua desbordó apenas. No una inundación: una fuga precisa. Como una promesa.
Matilde intentó gritar, pero el sonido murió en su garganta.
No porque no tuviera voz…
sino porque algo, desde adentro, ya estaba ocupando el espacio.
Cuando todo terminó, el tanque quedó vacío.
Las correas, abiertas.
La camilla, manchada de sal.
Tres días de luto anunciaron.
Nadie lloró.
Esa noche, Alma despertó sobresaltada.
Juró escuchar pasos húmedos en el pasillo.
Juró sentir un latido que no era el suyo.
Y muy adentro, donde la sangre recuerda lo que la mente niega,
algo respondió.
Porque la criatura ya no estaba encerrada.
Ya no necesitaba agua.
Había aprendido a habitar.
Y esta vez…
no vino sola.



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En el texto hay: sospechas, muerte misterio, embarazo bebe miedo

Editado: 29.01.2026

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