No hubo contracciones normales.
No hubo conteo.
No hubo médicos tranquilos diciendo respirá.
Hubo alarma interna.
Alma lo supo antes de que los monitores enloquecieran. Antes de que los científicos se miraran entre sí. Antes incluso del primer grito.
Algo empujaba desde adentro, no hacia afuera como un nacimiento… sino como una huida.
Su vientre se tensó hasta volverse irreconocible, la piel estirada al límite de lo humano. Alma arqueó la espalda, atrapada entre correas, con la garganta rota por un grito que no terminó de salir.
—No es un parto —dijo alguien, la voz quebrada—. Está intentando escapar.
El vidrio vibró.
Las luces parpadearon.
Alma sintió el movimiento final: una torsión imposible, como si su cuerpo ya no fuera un cuerpo sino una puerta. El dolor fue blanco, absoluto, sin bordes. No hubo tiempo para miedo.
Solo una certeza brutal:
Esto nunca fue para nacer bien.
El monstruo salió como una explosión de agua y carne mal organizada, impulsado por una fuerza desesperada. Alma dejó de moverse en el mismo segundo. No murió gritando. Murió vacía.
La criatura cayó al suelo… y se levantó.
No tenía forma estable. Cada paso la reescribía. Pero aprendía rápido. Demasiado rápido.
Saltó.
El primer científico no tuvo tiempo de correr. La criatura se le prendió encima con un sonido húmedo y seco a la vez. No hubo sangre en exceso. No fue necesario. Bastó el contacto.
Los gritos se multiplicaron.
La alarma general estalló.
—¡CIERREN EL SECTOR!
—¡NO RESPONDEN LOS CONTROLES!
—¡DIOS, QUÉ ES ESO!
La criatura avanzó como una ola en pasillo estrecho. No atacaba por furia. Atacaba por hambre funcional. Todo cuerpo era material. Todo ser vivo, combustible.
Las puertas se sellaron tarde.
Demasiado tarde.
Jacinto apareció desde el fondo, pálido, empapado, con los ojos hundidos en una culpa vieja. Vio el cuerpo de Alma. Lo entendió todo sin que nadie se lo explicara.
—Esto termina acá —dijo.
Corrió hacia el panel de contención primaria. El núcleo. El tanque original. El lugar donde todo había empezado.
La criatura lo sintió.
Giró.
Por primera vez dudó.
Jacinto activó la secuencia manual. El sistema no estaba hecho para salvar a nadie. Estaba hecho para borrar.
—Perdoname —susurró, no se sabía si a Alma, a Matilde… o a lo que había creado.
Abrió las válvulas.
El agua regresó con furia, arrastrándolo todo. Presión. Succión. Ruido de océano encerrado.
La criatura gritó. Esta vez no imitó voz humana.
Esta vez fue ella misma.
Fue arrastrada hacia el núcleo, deformándose, golpeando, resistiendo hasta el último segundo. El laboratorio colapsó en sí mismo como un pulmón ahogado.
Silencio.
Horas después, solo quedaron ruinas húmedas, luces de emergencia y cuerpos cubiertos con mantas que no alcanzaban a tapar nada.
El informe final diría: falla estructural.
Accidente biológico.
Proyecto cancelado.
Mentira.
Porque bajo los escombros, en lo más profundo del sistema de drenaje, algo seguía latiendo.
Débil.
Paciente.
El agua siempre encuentra la forma de volver.
FIN