El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

Primer encuentro en Usigaoka Koko

Kaoru Fujisawa intentaba llegar a su nuevo colegio, Usigaoka Kōkō. A pesar del mapa que había dibujado con sus limitadas habilidades artísticas, se había perdido desde el momento en que salió de casa.

Por eso normalmente no salía solo: casi siempre lo acompañaban su madre o Mizaki Tachibana, su amiga de la infancia.

Llevaba el uniforme tradicional de la escuela: blazer azul marino, camisa blanca y pantalón azul grisáceo. Parecía más un estudiante recién inscrito que alguien que ya conociera los pasillos. Ni él mismo entendía bien su propio mapa… hasta que una voz delicada lo sacó de su trance.

—Usigaoka Kōkō es por aquí.

Ella llevaba también el blazer azul marino con ribetes blancos, blusa blanca y un listón azul, acompañado de la falda a cuadros azul grisáceo. A pesar de parecer sorprendida por reconocerlo de inmediato, se serenó para indicarle el camino.

Kaoru se giró. Apenas verla, se sonrojó. Entrecerró los ojos para identificarla: tenía unos ojos grandes, verdes como el musgo recién mojado por la lluvia. Su cabello castaño caía con suavidad sobre los hombros, y su boca pequeña contrastaba con unos labios gruesos, casi esculpidos, que parecían estar siempre listos para una sonrisa delicada.

—Kao… —susurró la chica para sí misma.

Él, mudo, solo pudo agradecer con la mirada. Ella tomó su camino y lo dejó ahí, paralizado, observando la dirección que había seguido. Su rostro echaba humo. Creyó que solo sería un bonito recuerdo antes de iniciar las clases la próxima semana… aunque tenía esa extraña sensación de haberla visto antes.

Los primeros días de clases, caminando con Mizaki Tachibana por los pasillos de UsaKōko —como lo llamaban la mayoría de los estudiantes—, el bullicio crecía: mochilas chocando, risas, gritos y pasos torpes. En medio de ese caos, Kaoru la vio otra vez.

La misma chica que lo había ayudado avanzaba con una calma inquebrantable, como si el resto del mundo no existiera. No esquivaba a nadie; parecía que los demás se apartaban sin proponérselo.

—¿Kaoru? —preguntó Mizaki a su lado.

Pero él no respondió. Solo miraba a la chica de ojos verdes alejarse. Y por alguna razón, el corazón le dolía. Había algo familiar en ella, más allá del encuentro anterior. No era solo su rostro ni su voz: era la forma en que sostenía la mochila o cómo deslizaba los dedos por la barandilla de la escalera.

Un destello cruzó su mente: una risa suave, una promesa junto a un estanque, una mano pequeña tomando la suya.

—¿En serio…? ¿Otra vez esa mirada? ¡Por favor! —bufó Mizaki, dándole un leve empujón en el brazo—. Si vas a quedarte viendo a cada chica linda que pasa, al menos avísame para no seguir hablándote como tonta.

Kaoru parpadeó, regresando en sí.
—No… no es eso —murmuró, incapaz de explicarse.

Mizaki chasqueó la lengua, conteniendo la molestia, aunque la grieta ya se había abierto entre ambos.

La campana sonó, marcando el inicio de clases. Ambos chicos se miraron de manera inconsciente, como si el tiempo se hubiera detenido justo entre la última palabra y el primer paso hacia el aula. Entonces, casi sin pensar, los dedos de Kaoru se deslizaron con suavidad por los mechones sueltos del cabello de su amiga.

—Solo tengo ojos para una chica —dijo de pronto, con una voz baja que parecía salir más del corazón que de la boca.

Mizaki se quedó congelada. No entendió bien si hablaba en serio, si lo decía por costumbre, si era otra de esas frases nacidas de una memoria rota que jugaba con sus emociones, o si estaba intentando imitar a algún actor de drama barato. Lo miró de reojo, buscando descifrar su sonrisa. Era la misma de siempre: tranquila, sincera, con ese molesto toque de confianza de antaño que, por alguna razón, siempre conseguía desarmarla un poco.

—¿O… otra vez con eso? —respondió, intentando sonar molesta, aunque su voz titubeaba.

pero su voz traicionó un leve temblor. Kaoru ya estaba girando hacia el aula, como si nada hubiera pasado. Mizaki se llevó una mano al pecho, donde algo le latía con fuerza. Lo conocía demasiado bien como para saber que no recordaba a quién se refería con esas palabras, pero también lo quería demasiado como para no aferrarse a la esperanza de que, tal vez, hablaba de ella.

El pasillo volvió a llenarse de murmullos, pasos y risas dispersas. Pero entre todo ese ruido, para Mizaki, lo único que quedaba era la confusa y dulce resonancia de esa frase.

Durante el descanso, en lugar de dirigirse a la cafetería como todos los demás, tomaron un pasillo lateral, uno con las ventanas abiertas al campo trasero del colegio. Querían alejarse de todo. Tal vez explorar o huir. El aire entraba fresco por los ventanales, cargado con el aroma de tierra húmeda y pasto recién cortado. Mizaki caminaba al lado de Kaoru, en silencio, con las manos detrás de la espalda y la mirada perdida.

—¿Quieres ir al huerto escolar? —preguntó ella de pronto—. Dicen que desde ahí se ve la ciudad.
—¿No está prohibido…?

—Tú nunca rompes las reglas, ¿verdad?

Kaoru dudó, pero tampoco se negó. Entonces, una voz suave y firme resonó tras ellos, como un susurro con la claridad de un timbre escolar, asustándolos en el proceso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.