El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

Mirada de papel arrugado

La luz del atardecer entraba por los ventanales del club de literatura y caía sobre las estanterías llenas de libros. En el aire flotaban pequeñas motas de polvo. El lugar olía a té ver de, a papel viejo, y el silencio solo se rompía cuando alguien partía una galleta con un crujido suave.

Yume Aihara hojeaba un libro de ciencias que no parecía leer de verdad. A un lado, Riku Amasawa, el presidente del club estaba sentado en la esquina más apartada, revisaba documentos del club con una seriedad casi teatral.

Hinata Kurusu estaba recostada boca arriba sobre el tatami, moviendo los pies al aire, mientras Nozomu Tateishi jugaba con una antigua cámara desechable. La profesora Haruka Kiryuuin, cruzada de piernas en su silla favorita, escribía en su cuaderno de tapa dura, murmurando frases con el ceño fruncido.

—¿Plan de reclutamiento? —leyó en voz alta, con solemnidad impostada—. “Primero A. Chico tranquilo con mirada de papel arrugado. Buen candidato para poesía trágica. Nombre desconocido. Primera impresión: torpe, pero sensible. Atraído por los lugares silenciosos.”

Hinata levantó una ceja, sin moverse.

—¿“Mirada de papel arrugado”? Haruka, ¿qué clase de descripción es esa?

—Una precisa —replicó Haruka, sin apartar la vista de su cuaderno.

Haruka escribió con calma otra línea:
“Segunda candidata. Primera impresión: desafiante, pero contenida. Energía de personaje secundario que en secreto es la protagonista. Posible rivalidad futura con Aihara. Se necesita eso para el torneo regional de literatura.”

Yume cerró el libro que fingía leer.

—¡¿Y yo por qué?!

—¿Vas a convencerlos con mala comida y un torneo inventado en esa novela pésima que escribiste? —preguntó Nozomu.

—Toda escuela es una novela esperando a escribirse —contestó Haruka, muy seria, ignorando la pulla—. Y todo club necesita personajes que mantengan el equilibrio narrativo.

Riku, sin levantar la mirada de los documentos, dijo —¿Y en esa historia suya, hay algún personaje adulto masculino con el que la profesora finalmente logre casarse?

Yume se tapó la boca para no reír. Hinata soltó un “¡uy!” exagerado. —¡Riku-senpai, eso fue cruel! —exclamó Hinata con fingido horror—. Ahora se deprimirá, hará galletas quemadas y té desabrido… ¿y qué tal si renuncia al club?

Haruka se quedó en silencio unos segundos. Luego cerró el cuaderno con lentitud dramática.

—Y… en esta historia —declaró con solemnidad—, el personaje femenino maduro ha decidido dedicar su vida a las letras. El amor puede esperar… o morir en las sombras, como corresponde a todo buen poema.

—¡Lo sabía! —gritó Nozomu—. ¡Va a morir sola, con cien gatos y un manuscrito inconcluso en el escritorio!

—¡Más respeto por la maestra! —replicó Yume, aunque no pudo contener la risa.

Haruka, muy digna, tomó un sorbo de té.
—Yo prefiero los gatos a los hombres, Amasawa. Los gatos no decepcionan.

—¿Eso es de Nietzsche o de un blog de solteras? —murmuró Riku. Las carcajadas llenaron la sala. Incluso Haruka rió suavemente, escondida tras su taza.

Más tarde, cuando Mizaki y Kaoru salían del edificio principal, escucharon una voz detrás. Haruki Minase corría hacia ellos, agitando una botella de agua medio vacía, con la mochila colgando a medias. Su cabello oscuro parecía más desordenado que nunca, pero su sonrisa amplia iluminaba el pasillo.

—¡Los estaba buscando! —jadeó al llegar—. ¿Ya decidieron a qué club van a inscribirse?

Mizaki resopló, sin contestar. Kaoru seguía mirando de reojo hacia la esquina, donde la silueta de una chica de ojos verdes había desaparecido hacía unos segundos.

—¿No es un poco pronto para eso? —preguntó finalmente.

—¡Nunca es pronto! Hay que asegurar nuestra vida social —rió Haruki, chocando el hombro de Kaoru con el suyo— O terminarán como esa chica rara de tercero… ¿Cómo se llamaba?

—¿En serio ya estás esparciendo rumores el primer día? —preguntó Mizaki.

Haruki chasqueó los dedos al recordarlo. —Ah, sí. Yume Aihara. Dicen que pasa los recreos en el bosque. Y que habla sola. Aunque yo creo que se encierra en su salón del club.

Kaoru parpadeó. El nombre resonó en su cabeza como un eco insistente. Demasiado familiar. Mizaki apretó los labios; una chispa incómoda le recorrió el pecho. Bajó la mirada, fingiendo ajustar el cordón de su zapato, sin decir nada. —¿Y si mejor vamos por helado? —dijo Haruki, cambiando de tema—. Escuché que hay un lugar bonito cerca del río Asahi. Podría ser divertido.

Kaoru asintió casi de manera automática. Sus labios se mov ieron, pero su mente estaba en otra parte. En ese nombre que no lograba apartar: Yume. En esos ojos verdes y en el libro extraño, cuyo recuerdo se aferraba a él como si guardara un secreto demasiado grande. Entonces, de golpe, una imagen destelló en su cabeza. Un flash. Una escena sin forma clara: alguien en el suelo, inmóvil, cubierto de sangre. El corazón se le detuvo por un segundo. El estómago se encogió con un dolor seco. No pudo ver más, o no quiso. La visión se disolvió tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un eco viscoso, una huella que parecía haberse pegado a su piel.




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