El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

La promesa invisible

Kaoru no recordaba el momento exacto en que su rutina dejó de doler. Solo sabía que caminar por las calles de Hakodate era una forma de cansar al cuerpo para que la mente dejara de proyectar esa mancha roja sobre el asfalto que le regresaba en ocasiones desde que Haruki dijo ese nombre: Yume Aihara.

Esa tarde, el cielo se nubló. Hakodate, acostumbrada a la neblina persistente del puerto, se hundió bajo una lluvia atípica, pesada y gélida. Al principio fueron gotas leves que apenas humedecían la ropa, pero pronto el concreto comenzó a oscurecerse limpiando un poco los restos de la nieve grisácea.

Kaoru salió de su casa sin decir nada, escapando del silencio de su habitación y de la mirada vigilante de su madre para recordar los pasos a la tienda de conveniencia. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos, dejando que sus pies lo llevaran por calles que no reconocía mientras cargaba su paraguas.

No sabía si estaba cerca del puerto o en las faldas de la montaña, y por primera vez, no le importaba. Estaba perdido, y en ese vacío, se sentía extrañamente a salvo.

A pesar de la lluvia, a lo lejos le pareció reconocer un olor distintivo a vainilla, pero unos ladridos lo hicieron reaccionar.

A lo lejos, una figura corría con desesperación. Era una chica, su silueta borrosa por el agua, acelerando por un grupo de perros callejeros, empapados y con los colmillos al aire, la acosaban con una furia territorial. Ella dobló una esquina resbalando un poco, y el perro líder alcanzó su talón.

Kaoru reaccionó antes de pensarlo. Tirando al piso su paraguas, sus piernas se movieron con una agilidad que no sabía o recordaba que poseía, respondiendo a un llamado antiguo, a una promesa.

Los alcanzó antes de que siguieran mordiendo la pierna lastimada de la chica. De un salto se interpuso, plantando los pies en el suelo mojado y alzando ambos brazos con una firmeza que lo sorprendió incluso a él. Cerró los ojos y movió sus brazos mientras gruñía como si fuera una amenaza, preparándose para el impacto.

Pero no hubo ataque. Tras unos segundos de gruñidos confusos, los perros se detuvieron, lo olieron un poco se fueron calle abajo, perdiéndose entre la lluvia.

El silencio volvió, solo roto por el golpeteo constante del agua contra el suelo. Kaoru bajó los brazos lentamente, con el pulso martilleando en sus oídos. Al girarse, la vio sobre el suelo. Con dificultades para levantarse, él le extendió la mano para ayudarla.

Ella temblaba. Sus ojos, llorosos, estaban abiertos de par en par, húmedos, y su respiración era un eco entrecortado en el aire gélido. Se aferraba a un bolso de compras con una fuerza desesperada, como si dentro llevara algo que no podía permitirse perder.

—¿Estás bien? —preguntó Kaoru. Su propia voz le sonó extraña, más suave de lo habitual.

Ella asintió. Y al cruzar miradas para responder al gesto del chico, la lluvia pareció detenerse. Él pudo ver las grandes ojeras bajo los ojos, la piel humedecida por la lluvia, los labios gruesos y rosados, su pequeña nariz y los dientes blancos y perfectamente cuidados, mientras el rostro de ella se sonrojaba.

Por su parte, en los ojos de ella hubo un ligero cambio. El miedo a los perros se transformó en una sorpresa paralizante, luego en un reconocimiento mudo y, finalmente, en algo mucho más profundo y oscuro.

—Kao… —susurró ella.

La palabra lo atravesó como una espina. Kaoru frunció el ceño, sintiendo una puntada de dolor en el pecho ante ese "Kao" dicho con tanta vulnerabilidad. Había un hueco en su mente, una memoria que casi lograba rozar con la punta de los dedos pero que se le escabullía.

Por primera vez desde que despertó en la cama del hospital, deseó con todas sus fuerzas recordar.

—¿Disculpa? —dijo él, incapaz de ocultar su desconcierto.

Ella se levantó y retrocedió un paso, como si el sonido de su voz la hubiera quemado. Quiso decir algo más, sus labios temblaron, pero se contuvo, mientras la lluvia continuaba cayendo.

—Gracias por ayudarme —dijo al fin, recuperando una distancia gélida.

Bajó la mirada, hizo una reverencia rápida y echó a andar con prisa, desapareciendo entre las cortinas de agua y dejando a Kaoru solo, perdido en una calle sin nombre y con un eco de voz que se negaba a morir.

Kaoru permaneció un rato bajo la lluvia, sin moverse. Observaba el cielo con el ceño fruncido y algo que parecía ser orgullo por aquel “Kao” que seguía vibrando en su pecho.

Mientras las gotas resbalaban por su rostro el vibrar de su teléfono en el bolsillo lo devolvió a la realidad con la brusquedad de una descarga eléctrica. Sacó el aparato con dedos torpes. En la pantalla, el nombre de Mizaki parpadeaba con una insistencia que casi parecía desesperada.

—¿Sí? —contestó con voz ronca.

—¡Kaoru! ¿Dónde rayos estás? —La voz de Mizaki llegó cargada de una nervios y alivio. —Tu madre me habló y me dijo que saliste hace horas. Está lloviendo mucho y no conoces bien estas calles todavía y... ¡Dios, Kaoru, dime dónde estás!

Él miró a su alrededor. Los letreros de las tiendas estaban borrosos por la lluvia y las luces de los postes apenas iluminaban el asfalto. No reconoció ninguna esquina.

—Estoy... cerca de un parque con perros. O una plaza —mintió con suavidad, tratando de que su voz no temblara. —No te preocupes, Mizaki. Solo quería caminar un poco. Ya voy de regreso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.