Las escaleras del edificio principal conservaban restos la lluvia del día anterior que se estaba evaporando bajo un calor que empezaba a volverse insoportable. Era un bochorno pegajoso que parecía amplificar el cansancio de Kaoru.
Él subía los escalones con la mochila colgando de un solo hombro y la mirada perdidas. Apenas había dormido; la noche anterior su mente se había convertido en un proyector averiado que repetía en bucle la imagen de la chica bajo la lluvia y el eco de aquel apodo. Tosía un poco y el rostro, rojo por la fiebre lo tenían tan absorto que no se dio cuenta que había llegado al piso de los de tercer año.
Fue entonces que un olor ya conocido por él en los últimos días lo sacó de sus pensamientos. Al levantar la vista, estaba ella, esperándolo, de pie junto al barandal, con las manos entrelazadas. Su uniforme lucía casi impecable y un vendaje limpio se asomaba bajo su falda, cubriendo la herida del encuentro con los perros y una gasa cubriendo su mejilla izquierda. Al verla allí, con la luz dorada de la mañana acentuando sus ojeras y su palidez, Kaoru sintió que el aire se volvía más denso.
—¡Buenos días, Kao! —dijo ella con una naturalidad que cortó el murmullo de los estudiantes que pasaban.
Kaoru se detuvo en seco, parpadeando. El apodo golpeó su pecho como una piedra lanzada a un estanque, despertando ondas de recuerdos fugaces, demasiado veloces para ser capturados.
—… ¿Kao? —repitió él, con la voz rota por el desconcierto.
Yume sintió que el estómago se le retorcía. Dijo el nombre de forma inconsciente, impulsada por una memoria muscular que su corazón no sabía frenar.
¡Tonta, tonta, tonta!, se reprendió internamente, obligándose a esbozar una sonrisa forzada para ocultar la punzada detrás de sus ojos.
Al ver la expresión vacía y confundida del chico se contuvo y se aclaró un poco la garganta.
—Perdón… quise decir que si tú eres Kaoru Fujisawa, de primero, ¿cierto? —corrigió ella, tratando de recuperar la compostura de una alumna de tercero.
—Sí… soy yo… —respondió él, dándose cuenta de repente de que los carteles en las puertas decían "3-A" y "3-B". —Creo que me equivoqué de piso.
—Mucho gusto. Soy Aihara. Aihara Yume, tu senpai de tercer año —dijo ella con una leve inclinación de cabeza, ignorando el hecho de que él estaba perdido—. Quería agradecerte por lo de ayer. Por ayudarme con los perros.
Kaoru soltó una risa incómoda, rascándose la nuca. El calor del pasillo parecía subirle por las mejillas. —No fue nada. Solo reaccioné sin pensar.
El corazón de Yume golpeaba contra sus costillas como si estuviera corriendo de nuevo.
—Aun así, Kao… —Yume hizo una pausa, y por un segundo, su voz recuperó ese tono de ternura antigua. —Otra vez me salvaste.
Se calló enseguida, dándose cuenta de que había dicho demasiado. Revelar que había existido una "primera vez" era un riesgo que no podía permitirse. Kaoru sonrió de una manera que la desconcertó. Era una sonrisa sincera, cálida, idéntica a la que él solía darle antes de que el mundo se rompiera. Por un instante, pareció que alguna parte de él también luchaba contra un recuerdo dormido, una chispa de reconocimiento que intentaba atravesar la niebla de su amnesia
—¿Ya te había pasado antes? —preguntó él.
—Bueno… no así de grave —respondió Yume, evitando su mirada y ajustándose el bolso de compras y su mochila. —Llevo un tiempo con problemas por los perros callejeros que rondan por aquí. A veces me siguen desde la estación o aparecen cerca del viejo parque.
—¿Lo reportaste?
—Preferí… usar otras calles. Pero ayer no me dio tiempo, la lluvia me sorprendió —agregó con voz más baja.
Kaoru notó cómo su tono se suavizaba. Había algo en ella que le resultaba familiar: esa costumbre de cargar con todo sola, de no querer ser una molestia incluso cuando estaba en peligro. El silencio cayó entre ellos, llenando el pasillo con los sonidos despertando del colegio: el eco de pasos lejanos, ventanas abriéndose y el graznido de los cuervos en los árboles del patio y la campana de inicio de clases.
—¿No te lastimaste mucho? —preguntó él al fin, mirando el vendaje.
—Solo fue un rasguño —respondió ella, encogiéndose de hombros con una ligereza fingida. —Aunque mi mamá me regañó como si me hubiera roto una pierna.
Su sonrisa fue suave, tímida, pero Yume dio un paso hacia él. Sus ojos verdes, tranquilos hasta ese momento, se cargaron con una pregunta que parecía haber estado quemándole la garganta.
—Quería preguntarte… —susurró, y el mundo pareció detenerse. —¿De verdad no me recuerdas?
Kaoru sintió un largo escalofrío recorrerle el cuerpo. El bochorno del pasillo se volvió espeso, asfixiante. Frunció el ceño, sintiendo una punzada de incomodidad que rayaba en el pánico.
—¿De… debería? —soltó él, más brusco de lo que pretendía.
Yume lo miró con una mezcla imposible de descifrar: una ternura infinita envuelta en una resignación absoluta. No dijo nada. Simplemente sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Está bien. — sonrió ella. —Lo importante es que estamos bien y eso es suficiente para mí.
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Editado: 26.08.2026