Esa mañana, al pasar por el salón de 1-D, donde debería de estar Kaoru, Mizaki suspiró pesadamente. Aquel pupitre, normalmente ocupado por su figura silenciosa, estaba desierto. Esa ausencia física pesaba más que cualquier palabra.
Mizaki apenas podía concentrarse en los pasos que daba hacia su salón de segundo año. Durante las clases hacía trazos mecánicos con su pluma, que se movía por el cuaderno sin registrar una sola idea coherente. Su mente seguía atrapada en el pasillo, en el calor de los dedos de Kaoru contra su piel y en esa frase incompleta que la estaba consumiendo por dentro.
Mizaki se llevó una mano a la mejilla, justo donde él la había tocado el día de ayer, antes de que el profesor los obligara a separarse. Todavía sentía el rastro del calor de él. «Tal vez sí me ama. Tal vez puede llegar a amarme, incluso si ella vuelve». Esa idea se clavó en su pecho con más fuerza que cualquier otra. No era casualidad que él, con la memoria rota, la hubiera buscado. Tantos años esperando en las sombras, tantos momentos cedidos a Yume... Mizaki siempre había visto a Yume como una luz cegadora que atraía a Kaoru, mientras ella era solo el ancla que evitaba que ambos se hundieran.
Pero Mizaki sabía lo que significaba quedarse a altas horas de la noche en el hospital, contando los latidos de una máquina mientras los demás dormían. Ella era la que se había quedado cuando el mundo de Kaoru se volvió negro.
Apretó los labios. En silencio, hizo un voto que nadie escuchó: lo eligió a él, sin condiciones, incluso si ese amor era una cárcel de cristal.
Al finalizar las clases, tanto Mizaki como Haruki fueron a la casa de los Fujisawa. Solo se escuchaba el sonido metálico de la bicicleta de ella, mientras Haruki contaba malas anécdotas que había escuchado, mientras avanzaban sobre el pavimento húmedo. Tras el colapso de Kaoru al final de las clases, el trayecto de regreso había sido una lucha contra el tiempo y el frío de Hakodate.
Ahora, la habitación de Kaoru olía a medicina y a ese aroma metálico que trae consigo la fiebre alta. El chico estaba hundido en las mantas, con la respiración pesada y errática. No quedaba rastro de su terquedad. El incendio en su cuerpo finalmente lo había doblegado, sumergiéndolo en un delirio donde las sombras del cuarto parecían estirarse como dedos.
Mientras Haruki le ayudaba a la madre de Kaoru a preparar algo de té, Mizaki terminó de acomodar la toalla húmeda sobre la frente de Kaoru. Sus dedos temblaban al rozar de nuevo su piel. Bajó las escaleras en silencio para encontrarse con Haruki, que la esperaba en el genkan para marcharse.
El aire en la entrada era gélido. Haruki se subió el cierre de su rompevientos azul, pero antes de abrir la puerta, se detuvo. Observó a Mizaki, que tenía la mirada fija en los peldaños de madera que subían al cuarto de Kaoru, como si temiera que, al cruzar el umbral, el hilo que los unía se cortara.
Haruki sacó su paleta de menta del bolsillo y la miró de reojo, perdiendo por un momento su máscara de payaso de clase.
—¿Estás bien, Tachibana? —preguntó con una seriedad inusual.
Ella asintió mecánicamente, sin mirarlo. Estaba acomodándose el flequillo, ocultando el brillo húmedo de sus ojos bajo la luz tenue de la entrada.
—Sí. Solo estoy cansada —mintió con suavidad.
—Sabes que no puedes protegerlo de todo, ¿verdad? —insistió Haruki, poniendo una mano en el picaporte—. Ni de la fiebre, ni del té malo que hice. Creo que, tarde o temprano, la temperatura baja y las cosas se ven exactamente como son. Por mucho que te duela.
Mizaki no respondió. Pasó una mano por su falda, alisando una arruga inexistente. Una donde no necesitaba competir con la luz de Yume, sino simplemente ser la sombra que envolviera a Kaoru hasta que él no necesitara mirar a nadie más.
—Buenas noches, Minase-san —dijo ella, cerrando el tema con una cortesía cortante.
Haruki suspiró, abrió la puerta y salió a la noche de Hakodate, dejando a Mizaki sola en el silencio de la casa, custodiando un amor que no necesitaba ser nombrado para doler.
Mientras ese silencio se espesaba en la habitación de Kaoru y Mizaki lo cuidaba maternalmente, a unos kilómetros de allí, la luz del atardecer rebotaba de una forma distinta. En el edificio antiguo de Usigaoka Kōkō, el sol no traía sombras de duda, sino un resplandor anaranjado que invitaba a refugiarse en las historias de otros.
El salón al final del pasillo olía a papel viejo, barniz y, lamentablemente, a algo quemándose en el horno eléctrico. Allí, en medio de estanterías polvorientas y un reloj que siempre marcaba tres minutos de retraso, “reinaba” Haruka Kiryuuin. Profesora, egresada de la Universidad de Tokyo, romántica empedernida y soltera por insistencia del destino, por decir lo menos.
—¡No me llamen “sensei”, me salen arrugas de solo escucharlo! —protestó Haruka mientras forcejeaba con una caja de donas que parecían haber sobrevivido a un naufragio—. Haruka está bien. A secas. O "Su Majestad Literaria", si se sienten generosos. Pero con respeto, ¿eh?
Ese día, mientras revisaba su libreta de "Intentos fallidos de reclutamiento", Haruka suspiró dramáticamente.
—Año uno, primavera: le ofrecí a esa chica seria de mirada de quererte apuñalar pastel de durazno en la biblioteca. Me dijo que era alérgica.
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Editado: 26.08.2026