Unos días después de la fiebre de Kaoru, el aire de Hakodate se sentía más nítido, casi cortante. Yume esperaba junto a la entrada principal, abrazando su mochila contra el pecho como si fuera un escudo. Su mente seguía dando vueltas sobre si era buena idea o no estar ahí. Quería retomar los hilos de su vida con esas dos personas de las que no sabía nada desde hacía años, pero mientras que con Kaoru sentía una nostalgia dulce, pensar en Mizaki Tachibana le revolvía el estómago con una mezcla de culpa y recelo.
En ese momento, Kaoru cruzó el patio hacia la reja principal. Llevaba un cubrebocas. Por debajo se podía notar que bostezaba. La enfermedad le había robado energía y la mochila colgaba flojamente de su hombro. Seguía confundido. Entre la atención casi asfixiante de Mizaki en su casa y el persistente aroma a vainilla que parecía perseguirlo en sueños, sentía que el mundo se desplazaba medio paso fuera de lugar.
De pronto, el olor se materializó.
—Kao.
La voz lo ancló al suelo. Yume estaba allí, con el cabello agitado por una brisa leve y unas ojeras profundas que delataban noches de investigación en vela.
—¿Me esperabas, senpai? —preguntó él, intentando sonar casual a través del cubrebocas.
Ella asintió tímidamente, sin levantar la mirada.
—Pensé… que podríamos caminar juntos. Si no te molesta.
Kaoru se bajó el cubrebocas dudando entre la extrañeza y una calidez que empezaba a brotarle en el pecho. Pero el aire se rompió antes de que pudiera responder.
—¡Kaooooru!
La voz de Mizaki se escuchó desde el otro extremo del patio. Venía corriendo, agitando una botella de agua vacía con una seguridad que parecía ensayada frente al espejo. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos, fijos en la figura junto a Kaoru, no brillaban con el mismo entusiasmo. Se detuvo en seco al reconocerla.
—Yuu… —murmuró Mizaki para sus adentros, un susurro que se perdió en el viento.
—Mii-chan —respondió Yume en el mismo tono, casi inaudible.
Ambas agacharon la mirada al mismo tiempo, evitando un contacto visual que amenazaba con liberar recuerdos que ninguna estaba lista para nombrar. Kaoru frunció el ceño, completamente perdido hasta que vio que Haruki se acercaba desde la calle.
Kaoru dudó, mirando de una a otra. Yume negó con la cabeza sumamente nerviosa.
—Mizaki, ella es Yume Aihara. Fue a quien ayudé ayudé cerca del parque donde me enfermé—dijo él, intentando mediar con una presentación formal—. Y ella es Mizaki Tachibana. Mizaki, si quieres... podemos ir los tres.
Mizaki sostuvo la mirada de Yume por un segundo eterno. No había rabia, sino algo más parecido al miedo de quien ve una grieta abrirse en su muro de contención. Estaba decidida a luchar, pero frente a Yume, se sentía como una intrusa en su propia vida.
—¿Qué tal si mejor caminamos los cuatro? preguntó Haruki desde el otro lado del portón. Su voz fingía seriedad, pero había una nota de pánico oculto en el fondo. Llevaba la chaqueta a medio cerrar, una bolsa de pan de melón y los auriculares al cuello. Sus ojos se movieron rápidamente de la mano tensa de Mizaki a los nudillos blancos de Yume.
—¡Oh, Aihara-senpai! —exclamó con teatralidad, acercándose a ella—. Soy Haruki Minase, y nosotros tres somos tus humildes kouhais. Mucho gusto.
Yume parpadeó, confundida por la repentina energía invasiva del chico. —¿Eh?
—¿No te molesta si te acompaño hoy, verdad senpai? Quiero que me expliques los rumores que hay sobre ti. Es para una investigación... científica, por supuesto —añadió Haruki con una sonrisa ambigua, mientras observaba de reojo a Mizaki que decía claramente: "Sé lo que está pasando aquí".
—Ya sabes… — continuó Haruki al tomar del brazo a su senpai y empezar a caminar — los siete misterios de la escuela, como el del decimotercer escalón que da a los viejos baños del antiguo edificio o el del fantasma del chico que cayó por el risco donde está la vieja casa del velador…
Kaoru alzó una ceja, desconcertado. La chica de tercer año miró a Haruki un segundo más de lo necesario, como si su rostro le rozara un recuerdo lejano, de esos que no se sabe si son reales o inventados. Pero la impresión se desvaneció y siguió la conversación.
—¿Investigando qué? —preguntó Yume, algo asustada por esos rumores
—¡Shh! Es información clasificada —susurró Haruki, ya tomando a Yume por el hombro con la misma naturalidad con la que respiraba. En su mirada había duda y auxilio para Kaoru. Por un momento pareció que iba a decir algo. Pero no lo hizo.
—Vamos, Aihara-senpai. Tengo muchas preguntas. ¿Pan de melón?
Haruki se lo ofreció como soborno final. Yume, todavía insegura, aceptó con una leve risa. Se giró hacia Kaoru.
—Entonces… nos vemos mañana.
—Sí —respondió él, sintiendo que algo se deshacía en el aire.
Y así, sin que nadie lo hubiera planeado, Yume fue llevada por Haruki, quien comenzó a hacerle preguntas sin pausa, desviando su atención con torpeza simpática, sin parecer notar —¿o sí? — la tensión previa.
Kaoru se quedó mirando cómo se alejaban. Y cuando bajó la vista, Mizaki seguía allí a su lado. Por primera vez en mucho tiempo, él no sintió que necesitaba decir nada. Solo caminaron. El viento levantó unas hojas en remolino junto a sus pasos.
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Editado: 26.08.2026