El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

El jardín de los conejos y los recuerdos

Antes de la Golden Week, la preparatoria organizaba su tradicional salida al Jardín Kōraku-en. En Hakodate, pocos lugares poseían esa capacidad de detener el tiempo; con sus senderos de grava blanca que crujían bajo los pasos y estanques tan calmos que parecían espejos de plata, el jardín ofrecía a los estudiantes un respiro necesario.

El cielo de finales de abril lucía un azul profundo y limpio. Mientras los autobuses descargaban oleadas de uniformes frente a las puertas históricas, la brisa de primavera mecía las copas de los sauces que bordeaban el río Asahi. Entre las risas estridentes y el murmullo constante de los adolescentes, Kaoru caminaba con la mirada perdida en el horizonte verde.

Últimamente, su mente era un rompecabezas que empezaba a encajar piezas extrañas. Recordaba fragmentos de charlas con Yume: la sensación de un helado a punto de caer, el peso de las botellas de agua fría en las mochilas tras las clases y, sobre todo, la historia de aquel conejo que olvidó su camino por un golpe, pero que lograba regresar a casa gracias a sus amigos. Eran recuerdos sin fecha, pero con un sentimiento punzante.

—¡Fujisawa! —el grito de Haruki rompió el pensamiento. Venía corriendo con una botella de té helado en la mano, derrochando una energía que no encajaba con la paz del jardín—. Nos faltan para completar el grupo de recorrido. ¿Vienes?

Kaoru asintió con una leve sonrisa. Justo detrás de Haruki apareció Mizaki, radiante con su uniforme de verano. Su expresión era segura, pero sus dedos jugueteaban nerviosos con la correa de su mochila. Buscó la mirada de Kaoru, pero él seguía observando los pétalos que flotaban en el aire.

Unos pasos atrás, bajo la sombra protectora de un pino centenario, Yume Aihara observaba la escena en silencio. Parecía una espectadora leyendo una obra que conocía de memoria, pero cuyo final anhelaba reescribir.

—¡Aihara-senpai, ven con nosotros! —exclamó Haruki al verla. Su tono era ligero, casi inocente, como si ignorara deliberadamente la situación.

Yume dudó. Su plan era perderse entre los arces y pasar el día a solas, pero antes de que pudiera protestar, Haruki ya la llevaba a rastras hacia el extraño grupo que mezclaba los diferentes grados escolares. Al notar que Mizaki se posicionaba estratégicamente para caminar junto a Kaoru, Yume sintió una punzada familiar en el pecho.

Haruki le ofreció su brazo a Mizaki con una sonrisa boba. —Entonces caminemos como "pareja" de apoyo. Es tradición en las salidas escolares, ¿no?

Mizaki entrecerró los ojos, debatiéndose entre la irritación y la gratitud. Al aceptar el brazo de Haruki, se dio cuenta de que el chico acababa de tomar un bando de forma silenciosa, despejando el camino para los otros dos.

El aire del Kōraku-en bañaba todo con un matiz onírico, como si el tiempo se hubiera suspendido para permitirles hablar. Yume y Kaoru caminaron en un silencio denso, apenas roto por el crujido de la grava y el viento suave que mecía los sauces. Los pétalos de cerezo caían como nieve ligera, cubriendo los bordes del camino con un rosa pálido que parecía sacado de un recuerdo borroso.

Al llegar al pequeño puente de piedra, lejos del bullicio de las cámaras desechables y las risas de los otros grupos, Yume se detuvo. Sus dedos se apretaron alrededor del pequeño conejo de tela que guardaba en el bolsillo de su falda; el amuleto que una anciana le había regalado tiempo atrás era ahora su único ancla.

—C… creí que Tachibana-san estaba contigo —murmuró ella, rompiendo el hielo con un hilo de voz. —Se fue con Haruki a ver unos patos al estanque de más adelante —respondió Kaoru, aceptando la galleta que ella le ofrecía—. Parece que hoy Haruki decidió que yo necesitaba un poco de aire fresco.

Yume respiró hondo, sintiendo que el aroma a madera antigua y pasto húmedo le llenaba los pulmones. Miró a Kaoru, que observaba los peces koi deslizarse bajo el agua.

—Este lugar… tú y yo veníamos aquí cuando éramos niños. ¿Recuerdas? —No del todo —admitió él, y su honestidad dolió más que un "no".

Yume dio un paso hacia él. Su voz tembló, cargada de una verdad que ya no podía contener.

—Aquel día, cuando ocurrió el accidente… yo fui quien lo causó. Corrí sin pensar, llorando, y tú me seguiste. He cargado con ese peso cada día desde entonces. Pero aun así… —hizo una pausa, tragando saliva.

—Aun si no recuerdas nada, si tu corazón ya no siente lo mismo, Kao... Me gustas desde hace mucho. Antes del accidente, antes de que todo se rompiera. Te amo.

Kaoru arqueó las cejas. De manera instintiva, tomó de las manos a Yume, como si quisiera darle el apoyo que no tuvo desde entonces.

El murmullo del agua llenó la quietud que siguió a su confesión. Kaoru no supo qué responder. En su pecho algo palpitaba con una fuerza violenta: una mezcla de confusión, una alegría inexplicable y un miedo antiguo que no lograba traducir en palabras. Las frases se le quedaron en la garganta, como si todavía no le pertenecieran.

Un grupo de estudiantes pasó cerca, rompiendo el hechizo. Yume no insistió; se limitó a sonreír con una tristeza dulce, como si aceptara que su verdad aún no tuviera puerto donde atracar. Caminaron de vuelta al grupo en silencio, sin tomarse de la mano, pero moviéndose en una sincronía que parecía más vieja que ellos mismos.




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