El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

La sombra de Ai Shirasawa

El calor se instalaba en las aulas con la insistencia de un visitante no invitado. Las ventanas abiertas apenas aliviaban el sopor de la tarde, y el aire se movía con la lentitud de un recuerdo que se niega a desvanecerse. Tras la Golden Week, la rutina se había retomado con una cadencia tranquila, como si todos intentaran reconciliarse con la idea de que el año escolar apenas comenzaba.

Kaoru y Mizaki caminaban juntos por uno de los corredores del edificio antiguo. Él llevaba las manos en los bolsillos, distraído por un pensamiento que no se atrevía a nombrar; ella, en cambio, se enfocaba en mirar hacia adelante, cuidando de no romper la delicada tregua que ambos habían acordado tras el viaje al jardín.

Fue entonces cuando Haruka Kiryuuin, que parecía haber pasado días acechando tras la puerta, los interceptó con una carpeta bajo el brazo y una taza de té frío.

—¡Ah, justo a quienes quería ver! —exclamó, como si el universo los hubiera alineado con precisión de guion—. Club de literatura. Plazas abiertas, pocas responsabilidades y muchas oportunidades de ser misteriosos e interesantes.

Kaoru alzó una ceja, mientras Mizaki cruzaba los brazos con escepticismo. —¿Por qué insiste tanto con nosotros, Sensei? —preguntó ella.

—Porque los vi desde el primer día —respondió Haruka con una sonrisa que, por un momento, perdió su excentricidad—. Caminaban por este pasillo viejo como si buscaran algo que no está ahí. La literatura, chicos, es un refugio para quienes no saben qué hacer con lo que sienten.

El silencio que siguió fue breve pero pesado. Haruka dio media vuelta, dejando la invitación flotando en el aire junto al aroma de su té desabrido.

—Esa mujer… da un poco de miedo —admitió Mizaki, viendo cómo la profesora desaparecía por las escaleras. —Pero creo que tiene razón —murmuró Kaoru. —¿En qué? —En eso de no saber qué hacer con lo que uno siente.

Más tarde, el sol de mayo brillaba con una seguridad que a Mizaki le parecía casi injusta. Sentada en las escaleras laterales del edificio de artes, esperaba a Kaoru mientras observaba a Haruki conversar. Como siempre, él gesticulaba demasiado y se reía de sus propios chistes. Con Haruki, nada parecía tener importancia; era uno de esos chicos que flotaban por la vida sin miedo a hundirse.

Hasta que una voz, ligera pero afilada como un cristal, cortó el aire.

—¿Haruki Minase?

Haruki se giró de inmediato. Su risa se borró de golpe, dejando una expresión vacía que Mizaki nunca le había visto. Sus manos, que descansaban tras su nuca, bajaron lentamente, como si de pronto pesaran demasiado.

—¿Ai…?

Ai Shirasawa sabía que no debía estar allí. Su uniforme azul de la preparatoria femenina Tsukikage Jogakuin la delataba como una intrusa en cuanto cruzó el umbral de Usigaoka. Estaba prohibido visitar otras escuelas sin justificación, pero ella necesitaba verlo. Necesitaba comprobar si, después de tanto tiempo, él aún le importaba.

—Has cambiado un poco desde la última vez —dijo Ai, forzando un tono ligero que no lograba ocultar el temblor de sus manos. Su cabello negro azulado ahora le caía por debajo de los hombros y sus anteojos le daban un aire intelectual que contrastaba con la audacia de su presencia allí.

—No pensé que lo dijeras en serio —respondió Haruki, inusualmente serio.

Ai ladeó la cabeza, fijando su vista en Mizaki. Notó la cercanía, la forma en que la chica morena observaba a Haruki con una mezcla de curiosidad y protección. —Oh… perdón. No sabía que estabas con tu novia.

Haruki retrocedió un paso, cruzando los brazos en un gesto defensivo automático. —¿Eh? No, no es mi novia. Es Mizaki Tachibana… una amiga.

Ai la observó por un momento. Hasta que en su cabeza hizo un clic inmediato. —Ya la recordé. Es la chica que siempre llegaba antes de terminar nuestras clases. Siempre me pregunté cómo podía salir antes de su escuela y llegar a la nuestra a tiempo. —dijo haciendo una breve reverencia hacia Mizaki. —Llegar de Futagawa a Raimei no es un camino corto, precisamente.

Mizaki inclinó la cabeza en un saludo educado e incómodo porque la veían cuando iba a recoger a Kaoru. Había algo en la atmósfera, un "clima" que solo pertenecía a esos dos. Ai se acercó un poco más a Haruki y le susurró algo que Mizaki no alcanzó a oír, pero que hizo que el chico apartara la mirada por primera vez en su vida. Fue como si el sol bajara varios grados de golpe.

Mizaki apretó su botella de té, ahora tibio, sintiendo un desajuste extraño en el pecho. ¿Quién era esa chica? ¿Por qué el invulnerable Haruki parecía tan pequeño frente a ella?

Esa misma tarde, mientras Mizaki pensaba en lo ocurrido con la chica de la otra escuela, se topó con Kaoru. Él caminaba solo, con esa expresión de extravío que delataba que se había vuelto a perder entre los pasillos del edificio antiguo.

—¡Kaoru! —lo llamó ella, recuperando su tono neutro y seguro.

Él se detuvo. Por un momento entrecerró los ojos al no reconocerla, pero al hacerlo, su rostro se iluminó con un alivio. Para él, en medio de la niebla de su memoria, Mizaki seguía siendo el único faro.

—¿Podemos hablar, Kaoru? —preguntó ella, con una calma que le costaba mantener.

El chico aceptó sin dudar, aunque la confusión empañaba su mirada. Caminaron hasta un banco de madera bajo la luz declinante de la tarde. Permanecieron en silencio por unos minutos. Kaoru repasaba mentalmente los últimos días, preguntándose si había cometido algún error imperdonable, pero cuando abrió la boca para disculparse por inercia, ella lo interrumpió.




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