El calor del verano empezaba a colonizar los rincones de Hakodate. En el aire empezaba a flotar el zumbido eléctrico de las cigarras, y las páginas de los libros del club, amarillentas y húmedas parecían pesar el doble.
Yume Aihara, sin embargo, no sentía el peso del clima, sino el de los silencios. Había pasado un mes desde su confesión en el jardín Kōraku-en y el vacío seguía allí, ensanchándose. Su mente, traicionera, llenaba los huecos con respuestas que Kaoru no había dado: ¿Fue un error? ¿Me adelanté? ¿Y si no sabe cómo rechazarme sin romperme?
El miedo no era nuevo para Yume, pero esta vez venía disfrazado de esperanza, y eso lo hacía más peligroso. Cada vez que Kaoru intentaba acercarse, ella huía. Lo evitaba para no verle los ojos, para no preguntarse si esos destellos de memoria en él eran reales o solo espejismos. En su intento por protegerse, Yume estaba cometiendo el mismo error del pasado: retroceder antes de ser golpeada.
Kaoru no supo en qué momento exacto cambió el aire entre ellos. La calidez de mayo se había transformado en un frío de junio que no tenía nada que ver con la temperatura.
—No entiendo… —murmuró Kaoru una tarde después de clases, apretando la mochila contra el pecho mientras bajaba las escaleras junto a Mizaki—. ¿No dijo ella que me quería? ¿Qué hice mal?
—¿Hablas de Aihara-senpai? —Mizaki suspiró, con un dejo de resignación—. ¿Qué esperabas, Kaoru? ¿Que todo se arreglara en un instante? ¿Qué te devolviera lo que perdiste con solo decir “te amo”?
—No es eso. Es solo que… ¿no entiendo por qué se aleja?
—Tal vez porque tiene miedo —dijo Mizaki, deteniéndose en seco—. O porque no confía ni siquiera en lo que siente. Pero, Kaoru… si sigues yendo a mí cada vez que ella no te responde, no sé cuánto más voy a aguantarlo.
Él levantó la vista, sorprendido por el filo en la voz de su amiga.
—Tú no lo ves —continuó ella, sin mirarlo. —pero cada vez que buscas consuelo en mí, me arrancas un pedazo. No puedo negarme porque prometí apoyarte, pero ya basta. Decide qué vas a hacer. Si sigues atrapado entre lo que sientes y lo que esperas de ella, terminarás arrastrándome a mí también.
Kaoru se detuvo. “¿Qué hice mal?”. Se preguntaba. —Yo solo… —Trató de decir más, pero nada le salía de la garganta. Estiró su mano para detenerla, pero ella ya no estaba ahí.
Mizaki se quedó sola en la puerta del edificio, mirando cómo las gotas de una lluvia reciente formaban riachuelos hacia las alcantarillas. Sentía que su ánimo se escurría por allí mismo.
—Tachibana —la voz de Haruki la sacó de su trance. Él se acercaba con las manos en los bolsillos, pero sin su habitual sonrisa burlona—. No te vi en clase.
—No tenía ganas —respondió ella, seca. Pero la tensión acumulada era demasiada—. ¿Tú y Shirasawa…? Intuyo que hay algo entre ustedes…
Haruki parpadeó, perdiendo por completo su máscara despreocupada.
—Tú y Shirasawa… bueno, ya sabes. Se nota que hay historia con ella. Y no quiero que contigo me pase lo mismo que con ellos. No quiero ser siempre la que está en medio.
Mizaki no esperó respuesta. Cargó su mochila y lo dejó allí, confundido, con el eco de la "historia con Ai Shirasawa" flotando en el aire. pero para Haruki era todo lo contrario. Las palabras de Mizaki le hicieron mirar al cielo azul, con algunas nubes grisáceas restantes. Suspiró y le pidió a Mizaki que lo acompañara a un lugar cercano.
Tomando el tranvía cercano, llegaron a una vieja cafetería, oculta del bullicio del puerto y los puestos callejeros. El lugar se sentía nostálgico, con una mezcla de mesas antiguas con una vieja radio sobre la barra y tocando música tranquila moderna. Las bebidas eran modernas servidas en tazas antiguas. Ahí, Haruki, comenzó a hablar de una parte de su pasado que él creía olvidado.
Era mediados de marzo de hace dos años. El portón de la secundaria Hakodate Raimei mostraba a muchos estudiantes graduados mientras el frío les recordaba que los cerezos estaban a un mes de llegar. El cielo era gris oscuro y el viento hacía que los estudiantes se cubrieran detrás de bufandas y chaquetas gruesas.
Haruki y Ai caminaban con la tranquilidad de no querer llegar a la meta. Por tres años, él había sido su sombra más brillante. Había sido el que le pasaba los apuntes, el que conocía su marca favorita de leche de fresa y el que sabía interpretar sus silencios. Todos en Raimei daban por hecho que eran algo, pero ellos, atrapados en una zona de confort demasiado segura, nunca se atrevieron a ponerle nombre.
—¿Te acuerdas en primero? —preguntó Ai, con la voz ahogada por la bufanda mientras cruzaban el umbral del portón—. Cuando nos quedamos encerrados en el salón de música porque querías enseñarme aquel acorde que nunca te acordaste y terminamos temblando de frío hasta que llegó el conserje.
—Tú fuiste la que peor tocó esa vez —rio Haruki, metiendo las manos profundamente en los bolsillos para ocultar que le temblaban—. Yo solo quería que te quedaras un poco más.
—Me quedé tres años, Haru… —murmuró ella, deteniéndose frente a la parada del tranvía. El suelo aún tenía placas de hielo fino que crujían bajo sus zapatos—. Solo que... esperaba que tú me pidieras que no me fuera.
Esa era la verdad: habían pasado la secundaria esperando que el otro diera el paso. Ambos tuvieron miles de oportunidades en esas tardes de invierno donde el sol se ponía a las cuatro de la tarde. Pero el miedo a perder la "amistad perfecta" fue más fuerte que el deseo de ganar algo más.
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Editado: 26.08.2026