Mizaki seguía en el mismo escalón de la unidad departamental donde vivía con sus padres, con la mochila colgando de un solo hombro y el corazón martilleando contra sus costillas. “Tú me gustas”. La frase rebotaba en su cráneo como un proyectil que no encontraba sitio donde asentarse.
Conocía a Haruki desde hacía años, primero, como el guía de un desconcertado Kaoru al que llevaban a la puerta de entrada de Raimei para que ella lo llevara a casa. Siempre los había visto a ellos dos, pero nunca les prestó atención.
Después, cuando él entró a UsaKoko, se reconocieron y se hicieron amigos. Él era el bromista, aquel ruido necesario que llenaba los silencios. Pero todo lo que sabía de Haruki se había sacudido apenas el mes pasado, cuando descubrió que la chica que siempre lo acompañaba, a quien ella también llegó a pensar que era su novia, Ai Shirasawa.
Pero ahora, tras lo ocurrido en la cafetería, esa historia se sentía como una advertencia compartida. “No dejes que el tiempo te gane otra vez”.
Sintió un calor punzante subiendo por su cuello al recordar brevemente el final de esa confesión en la cafetería.
Haruki estaba pagando, sonriendo con esa mezcla de nervios y orgullo que lo caracterizaba tras haber soltado la bomba. Ella lo miró pasar, incapaz de articular palabra, con una única pregunta quemándole la garganta: ¿Por qué ahora? El cielo se empezó a cerrar, anunciado por algunos truenos en la lejanía del mar.
Al finalmente entrar a su casa, el cielo de Hakodate se rompió. Una lluvia repentina y violenta empezó a golpear los cristales de su habitación.
Mizaki se dejó caer en la cama sin siquiera encender la luz. Se sentía exhausta. Estaba cansada de ser el puerto seguro de Kaoru mientras él buscaba otro barco, y estaba aterrorizada por la posibilidad de que lo que Haruki le ofrecía fuera real.
Se cubrió los ojos con el antebrazo. En la oscuridad de su cuarto, las dos imágenes colisionaban: Kaoru hablando de Yume bajo el sol del descanso, y Haruki llamándola por su nombre, por primera vez, con una urgencia que todavía le hacía vibrar el pulso.
Mizaki suspiró, escuchando cómo la tormenta arreciaba. Por primera vez en mucho tiempo, el problema de Kaoru y Yume se sentía lejano, y el suyo propio era el que no la dejaba dormir.
Tras una larga noche de insomnio por la declaración, al día siguiente, dentro de Usigaoka transcurrió con una lentitud exasperante. Cada vez que ella se cruzaba con Haruki en los pasillos, el eco de la cafetería volvía a sonar. Y, para su propia incomodidad, Mizaki no podía borrar de su mente el brillo inusual en los ojos de él al decírselo. No era una broma como las que acostumbraba a hacer.
Durante el descanso, el contraste se volvió insoportable. Kaoru, sumido en su propia confusión, hablaba sin parar. Mizaki, sentada a su lado en el patio, intentaba prestar atención, pero sus pensamientos se movían en dos direcciones opuestas: las quejas cíclicas de Kaoru y las palabras frescas de Haruki.
—…y luego ella ni siquiera se detuvo a escucharme. Simplemente se fue. Le tuve que hablar a mi mamá para que fuera por mí… —decía Kaoru, con el tono de frustración de quien no entiende las reglas de un juego que él mismo empezó—. ¿Por qué Yume siempre hace eso?
Mizaki bajó la vista hacia sus manos. Una punzada de irritación, más afilada que de costumbre, le recorrió el pecho. Era como si, por más que intentara salir de esa sombra, el universo conspirara para devolverla al mismo punto: Yume Aihara.
—No sé, Kaoru. Quizá porque tú tampoco sabes lo que quieres —respondió, con una sequedad que la sorprendió.
Él la miró, parpadeando, desconcertado por el tono. —¿Qué?
—Nada —dijo ella, cruzándose de brazos—. Es solo que… algunas personas están ahí, justo frente a ti, y tú ni siquiera te das cuenta.
Kaoru frunció el ceño, confundido. —¿De qué hablas?
Mizaki apartó la vista. No quería explicar que esa frase era un dardo dirigido a ambos. No quería admitir que se sentía culpable porque, por primera vez, la imagen de Haruki en la cafetería estaba empezando a ganarle terreno a la voz de Kaoru.
Ella se levantó de su lugar y se dirigió a su salón al mismo tiempo que sonaba la campana de reinicio de clases.
—Vamos a tu salón —le había dicho a Kaoru quien se levantó confundido.
En las escaleras que llevaban a los salones de segundo grado, Haruki la esperaba. Estaba inclinado sobre la baranda, mirando hacia el patio donde los charcos de la lluvia nocturna aún reflejaban el cielo plomizo. Giró su cabeza apenas la escuchó. Estaba algo sonrojado por lo que pasó ayer.
—Buenos días —dijo él, con una voz que ya no buscaba la broma fácil.
Ella respondió con un leve movimiento de cabeza, apretando la correa de su obento, intacto, y sin detenerse. Lo único que quería era llegar al salón, sentarse y dejar de sentir que el aire le faltaba. No quería otra conversación que terminara con su pulso acelerado.
Pero Haruki no se movió; dio un paso firme para interceptarla justo antes del descansillo. El espacio en la escalera de Usigaoka se sintió de pronto minúsculo.
—Sobre lo de ayer… —empezó él, su tono era bajo, casi una confidencia.
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Editado: 26.08.2026